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viernes, 7 de febrero de 2025

Reseña sobre «Causas naturales» de Alfredo Herrera Flores


HERRERA FLORES, ALFREDO: CAUSAS NATURALES. AREQUIPA, LA TRAVESÍA EDITORA, 2019, 74 PP. 

 

Moisés Jiménez Carbajal[1]

 

 

Causas Naturales es el nombre del decimoprimer libro del poeta puneño Alfredo Herrera Flores. Publicada por La travesía Editora el año 2019, la obra se suma a libros ya consagrados del mismo autor, como Recital de Poesía (1990), Montaña de Jade (1995) o Mares (2002). La edición es materialmente novedosa, una especie de sobrecubierta negra muestra un luto aparente que reviste una cubierta de aves en un fondo blanco, una casa también se hace forma en ese centro; la contratapa muestra un camino de tonalidades rojas en un paisaje altiplánico; signos ya de entrada extensivos a la idea del título. Causas naturales, según podemos colegir del epígrafe inicial, es la metáfora con que el lenguaje periodístico y policial se refiere a la muerte que no fue por algún accidente o por la mano del hombre. No obstante, la idea es más compleja, la idea común es que una muerte por causas naturales «es el resultado de una enfermedad o un mal funcionamiento interno del cuerpo no causado directamente por fuerzas externas», pero el poeta extiende aún más la metáfora y consigna elementos que han sido parte constitutiva de una vida y que son, a su vez, parte constitutiva de una muerte.

Dos poemas largos son los dos grandes centros del libro, significativos por su calidad y por su singularidad no exenta de entereza. “Testamento elemental” tiene el tono genérico de los poemas de vejez, donde el poeta tensa la riqueza de su experiencia con el tiempo inexorable y su frágil instrumento en la palabra. Blanchot, en un texto también testamentario, escribe: «Todo lo que decimos no tiende si no a ocultar la única afirmación: que todo debe desaparecer y que no podemos permanecer fieles más que velando por este movimiento que desaparece, al que algo entre nosotros, algo que rechaza todo recuerdo, pertenece desde ahora». Alfredo Herrera vela este movimiento en la paradójica palabra «dejar», a diferencia de un objeto que un testamento deja, la palabra poética deja en la medida en que está afirmando que se deja a sí misma: «Dejo suspendido en su vuelo el colibrí, / Dejo la sopa caliente y los versos de Vallejo». El don del testamento es el propio testamento. La experiencia íntima e inabarcable del poeta es solo posible en el verso que rechaza todo recuerdo y, a la vez, nos lo regala en el fruto del poema: «Dejo la música que he escuchado durante las tardes, / las canciones de la abuela y los susurros de mi madre». Incluso la experiencia más interior se hace algo ajeno: «Dejo lo que no es mío, lo que fue y lo que pudo ser a quien lo necesite». El poema, así, se abre a una ausencia compartida y a la desaparición, cuya sustancia es la muerte: «Dejo mis palabras como antes dejé mis huesos». Y este sustantivo puebla todo el libro. El poeta habita el tiempo a través de la palabra, y habita también su dinámica de extinción e imagen. El modo patético y lúcido con que el poeta toma autoconciencia de esto es, en ciertas partes, memorable.

El segundo gran poema del libro es “Canciones para olvidar a Siylvia Plath”. El texto se divide en 16 partes y exacerba la poética de la insuficiencia de la palabra. El interlocutor es la poeta suicida norteamericana. La insuficiencia se nutre de la imposibilidad de una respuesta: «tú permanecerás bajo el signo inequívoco de la ausencia», y del conflicto insistente en la obra de ella sobre la relación entre palabra y soledad y muerte. «La muerte, Sylvia, la vida / baja por tus ojos como yo por tus palabras». Pero más que a la obra misma, lo que el poeta recuerda de ella es el gesto definitivo que le otorgó un relieve luminoso; no exactamente el suicidio, sino la vida en estado de suicidio: «Morir/ Es un arte, como cualquier otra cosa / Yo lo hago excepcionalmente bien». Es así que la palabra y su carencia enciende su falta bajo el signo de la muerte, y las causas naturales, pasan a tomar forma a través de ella; ese es, de algún modo, la lección de Plath: «Más transparente que un relámpago tu recuerdo nos persigue».

La existencia acecha con su insistencia, y al final, las causas naturales son los signos que irremediablemente tenemos que cargar. Más allá de la palabra, el poeta recuerda (y en su recuerdo contempla) los lugares y momentos, las causas naturales y su condición de referente. La casa: «somos la casa y su mesa y la leche»; las estrellas: «estrella celeste de pandereta y sombrero»; el río: «nadie hay que resuelva el enigma de todas las formas del río»; la noche: «ella toca la noche invisible /como lo haría con un poema»; las cordilleras: «Cordillera, patria, lejanía de las piedras, en tus entrañas vive la canción, la palabra»: todos estos significantes eslabonan una cadena donde la causa está ausente, pero la voluntad melancólica —con su neblinosa intensidad— está muy presente. «Emprendo el camino de regreso» se dice en el último poema, y «olvidarlo todo», para vivir su propia muerte como predicaba Rainer María Rilke.

Para acabar, he de decir que el gran testimonio y visión que plantea el libro no lo hace exento de irregularidad y predilección por exponer imágenes más que por presentarlas, tampoco exento de alguna insistencia retórica obnubilada por el verso libre.

 

 

 

Causas Naturales (2019)
de Alfredo Herrera Flores





[1] Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Ha publicado Opalia (2019), Kazimir (2019), Réquiem (2022) y Papeles del dodo (Epilepsias) (2022).

lunes, 5 de febrero de 2024

Reseña sobre «Doble acento para un naufragio» de Yuleisy Cruz Lescano

 

CRUZ LESCANO, YULEISY: DOBLE ACENTO PARA UN NAUFRAGIO/ DUPLO SOTAQUE PARA UM NAUFRÁGIO. PENICHE: EDIÇÕES FANTASMA, 2023, 160 PP.

 

 

Edward Álvarez Yucra[1]

 

 

El movimiento es indispensable para darle vida a un poema si por él comprendemos la manifestación orgánica de un artefacto estético; en este caso, literario. La vibración de los sonidos en la escritura y la continuidad de las imágenes ensamblan la profundidad de la cual participamos al leerlo. Tal vez el título, quizá una estrofa o simplemente un par de versos resuenan cual goce en la mente de quién es partícipe. Y es que, a partir de una primera impresión, basta con recibir el impacto de una rosa entre todo el racimo de palabras. Hay poemas superiores a otros, así como hay poemas peores que otros. Esto solo apunta a un aspecto clave del quehacer poético: las dificultades de mantener la simetría del movimiento.

Naturalmente, no es fácil sostener el movimiento de un poema largo, así como no es fácil condensar todo el movimiento en un poema corto. Los estilos encuentran su forma según los potenciales del escribidor. Tal vez esto es muy perceptible en la poesía germinal, aquella ubicada entre el inicio de un trayecto y la peculiaridad de una anécdota. Los prospectos suelen optar por una de estas dos vitalidades, pueden velar por el crecimiento de su obra o simplemente asumir su brevedad. Por el momento, no es pertinente debatir cómo influye una decisión u otra en la calidad de lo escrito, lo fundamental está en enfocar Doble acento para un naufragio de Yuleisy Cruz Lescano desde estas consideraciones.

Si debo ser franco, muchos potenciales de este libro se devanean entre altibajos que interfieren en la plenitud del movimiento. Temas que lindan con lo trillado, figuras poco ingeniosas y ritmos desiguales retumban entre la nada minúscula cantidad de cuarenta y cinco poemas. Es aquí cuando cabe imaginar que los fragmentos más bellos de estas piezas pudieron encontrar una mejor versión a la cual integrarse. Piénsese en el tercer poema titulado “Presagio”: «He cerrado muchos ojos/ muchas bocas/ pero nunca he abierto la ventana/ para dejar que un alma vuele hacia el cielo»[2]. Los versos iniciales antelan un avance más panorámico y sutil, pero las imágenes son interrumpidas de forma abrupta por una segunda persona que mata la emotividad creciente: «Mi amor, / quisiera y espero/ que vuelva la mía primero». La poesía puede jactarse de tocar las subjetividades, pero no de manera tan predecible, al menos no de este modo si se trata de manejar la intensidad del lenguaje.

Otro defecto puede notarse en el dificultoso control de la rima. Ciertamente, antes debo elogiar el esfuerzo de recobrar una sensibilidad sonora tan menoscabada por la cultura audiovisual y las transformaciones del versolibrismo. El ritmo que ofrece la rima no es más que un desafío enorme y rara vez asumido por poetas jóvenes; una sensibilidad que asimile con éxito esta orfebrería no abunda en nuestros días. Ahora bien, el poemario toma el reto, pero no consigue grandes resultados. Por poner un ejemplo, “Libro olvidado” es un poema que intenta integrar la rima en su continuidad, pero flaquea en su ritmo: «Sirve una llave/ para surcar puertas abiertas, / un reloj despertador/ para madrugar despiertas/ indicación de un paraíso»[3]. La llave dista de alcanzar eufonía con el despertador; probablemente son objetos oportunos en la atmósfera retratada, mas no puede verse la misma pertinencia para la rima. Esto supone las complicaciones de despertar una consciencia sonora en una época audiovisual. La rima tiene los riesgos de hacer notar por mucho la cacofonía.

Un aspecto más que deja mucho que desear es la linealidad que abandona las expectativas estéticas y se desvía en la demanda social. Véase el poema “Teatro de libertad”: «Llora sangre dorada una estrella, / mientras Lujain Al-Hatlhoul grita/ “basta”/ culpable de ser mujer/ joven, moderna, fuerte y bella»[4]. Los trozos de literalidad en un poema no son cosa fácil de manipular, al igual que la rima, tienen dificultades en su estilo para evitar volverse en un panfleto o en información mediática. Cuando las palabras no alcanzan, buscamos la poesía; pero cuando nosotros no alcanzamos para la poesía, esta nos devuelve a las palabras. En este poema se da el caso, dada la descripción vana del motivo central y el sujeto aludido. No basta con denunciar la injusticia, hace falta extenderla desde sus efectos trascendentales.

Hasta este punto, los bajos han sido bastantes; no así, los altos sacan a flote esta obra. Por poco tal vez, pero he de matizarlos del mismo modo; o siguiendo el título, lo que conviene ahora es observar el segundo acento del naufragio.

Retomando la cadencia rimada, tal parece que piezas como “Déjame” y “Nave” se afinan lo suficiente para transmitir con sutileza, por un lado, el ideal de paz: «Déjame soñar por tu alma, / déjame serena en posible calma, / en medio de verde y azul pérdida, / déjame durmiendo sobre la vida/ con los ojos libres a la fugaz corriente, / con estrellas desveladas en la frente»[5]. Y por otro, la tribulación del avance en la travesía marina: «Las penurias son alianzas/ del tiempo que se abate/ contra el remo quebrado/ en el arrecife enfadado, / que combate y combate»[6]. En efecto, los deseos del bienestar solo tienen probabilidad de concretarse al asumir el dolor que conlleva realizarlos; esta es una figuración recurrente de la metáfora del viaje, en este caso, marítimo. Añadamos también que los retratos del duelo no sirven solo para compartir congoja; antes bien, empujan el desengaño para perfilar de modo realista el bienestar propio.

El cuidado de uno mismo es ajeno a los fines egoístas. La poeta lo clarifica en “Ego” con un retrato análogo al mito de Narciso: «y el hombre a sí mismo halagando/ con signos venenosos sin reflejo/ se mira en el espejo/ es solo Ego que olvida/ las semillas escondidas/ en un cajón»[7]. Como es de esperarse, el exceso de ego promete la soledad y, con ella, la extinción de un futuro que pueda ser sembrado. “Humanidad” complementa dicha idea con el anhelo de convertir el deseo en deber dentro de la existencia, «donde el sentir no es todavía mano, / mas un presagio lejano, / que empieza a moverse en el aire»[8]. La individualidad cerrada se abre a través de la generalidad del deseo, pero para que esto funcione, el deseo requiere integrar a los individuos más allá de la libertad absoluta de un sujeto en sí y para sí.

Aparte de la cadencia sonora, hay poemas que recobran imágenes de ternura, cuyo desarrollo otorga las claves de esta poética. “Mi refugio” sopesa la crueldad de la vida al contrastar con las ambiciones colosales o las heridas más profundas. Más que huir hacia una torre de marfil, el poema habla de guardar la felicidad que habita en los detalles, pues habrá momentos en los que ellos podrán resguardarnos. Esto es venir de menos a más: «Mi refugio es tan pequeño, / se pierde dentro de una sonrisa, / en una taza de café caliente, / con una voz chiflada entre los dientes, / respira cosas escondidas/ que los otros no ven»[9]. Con este supuesto, ya no sorprende la pasividad y el consuelo que transmiten dos de sus poemas más rescatables: “Deseo” y “Sin quejas”. Las figuras de ambos son poco comunes; el primer poema juega con la imagen del perro, mientras el segundo elogia la ancianidad.

Los dos poemas confiesan la necesidad de encontrar lo auténtico y perennizarlo hasta el fin de los tiempos: «Quiero adoptar un perro/ que sea solo mío, / para no ser de nadie, / de ninguna raza, / de ningún dueño»[10]. El can sopesa los dolores de la soledad, su compañía funciona como una alteridad disponible que le permite a la voz del poema explorar y reconocer sus bondades. Aceptando que el yo se reconoce gracias al otro, la presencia de este animal doméstico figura como el ente que conduce al ser. Por tanto, una vez descubierto el ser, la cuestión es aprender a contemplarlo. Para hacerlo se requiere lentitud y se encuentra más vigente que nunca en la vejez: «¿Cómo te puedes quejar de la vejez?/ Te da tiempo/ para contemplar los retratos de nubes, / mientras esperas sentada/ en el umbral del horno/ de tostar el mundo»[11]. Las quejas son dispensables una vez alcanzada la serenidad que nos consuela ante la muerte.

Como apunte final, debo recordar que el movimiento de esta poesía aún sigue en ciernes, lo cual no determina fracaso alguno, sino aciertos muy limitados que vale la pena mencionar. La belleza de lo simple, al igual que otras, necesita tiempo para madurar, pero por lo pronto, Yuleisy Cruz Lescano ofrece algunas rosas de este resplandor. Un amigo me dijo una vez: «una expresión sincera merece una respuesta sincera»; eso es lo mínimo que puede tener un poema para comenzar a moverse y, a su vez, es lo mínimo que necesita un poema para ser comentado. Esperemos que este resplandor logre superar los obstáculos que lo eclipsan; todavía hay mucho florecimiento por delante.

 

 

Doble acento para un naufragio (2023)
de Yuleisy Cruz Lescano





[1] Es Bachiller en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa y director de la revista Nuveliel. Obtuvo el primer lugar en los Juegos Florales de la misma universidad en la categoría de Ensayo (2018). Ha participado como ponente en diversos eventos académicos tanto a nivel nacional como internacional. Asimismo, ha colaborado con ensayos y reseñas en diferentes revistas y plataformas virtuales. Actualmente cursa la Maestría en Humanidades de la Universidad Católica San Pablo.

[2] Cruz Lescano, Y. (2023). Doble acento para un naufragio/ Duplo sotaque para um naufrágio. Peniche: Edições Fantasma, p. 20.

[3] Ibídem, p, 24.

[4] Ibídem, p. 76.

[5] Ibídem, p. 36.

[6] Ibídem, p. 38.

[7] Ibídem, p. 82.

[8] Ibídem, p. 120.

[9] Ibídem, p. 132.

[10] Ibídem, p. 88.

[11] Ibídem, p. 98.

martes, 16 de enero de 2024

Reseña sobre «Los juegos verdaderos» de Edmundo de los Ríos

 

DE LOS RÍOS, EDMUNDO: LOS JUEGOS VERDADEROS. AREQUIPA, SURNUMÉRICA SAC, 2017, 281 PP.[1]

 

 

Carlos Garcell Vera[2]

 

 

El siglo XX tiene muchas razones para ser recordado, especialmente en la literatura. La presencia de conflictos bélicos y protestas estudiantiles, en su desarrollo, han tenido consecuencias polémicas en la sociedad latinoamericana. Entre ellas, es infranqueable la presencia de la Revolución Cubana, cuya influencia marcó al continente sobremanera. En este sentido, la literatura peruana encontró un terreno fértil en la novela y la poesía social. La rebeldía se enraizó profundamente en la generación del 60, tanto a nivel nacional como regional. Así, a vísperas de la década del 70 y durante la consagración de los escritores del boom, surge la novela más trascendental del arequipeño Edmundo De los Ríos.

La obra consiguió una mención honrosa en el certamen Casa de las Américas (1968), publicándose instantáneamente en México y Cuba. Está compuesta de tres narraciones, las diferentes estaciones de una vida. El protagonista carece de nombre, pues puede ser cualquier personaje de la collera del barrio. El anonimato, de esta manera, no encuentra problemas para postularse como una identidad colectivizada, sin individuos.

La infancia de un grupo de amigos –Los halcones negros– abarca el primer relato; su estructura se asemeja a los relatos de collera, al estilo reynosiano: juegos infantiles, el descubrimiento de la sexualidad, personajes marginales, etc. En esta parte, se podrá encontrar una exposición breve y puntual de la sociedad arequipeña pasada. En la segunda, asume la voz del narrador uno de los niños, ya crecido. Con una beca universitaria en manos, se propone viajar hacia México con su mejor amigo. Las dudas y el miedo acechan continuamente, pues el viaje de estudios es una excusa que, con el cauce de la narración, irá desvelando una historia subyacente.

La novela narra –producto del pulso revolucionario– la aparición de guerrillas pequeñas a lo largo de Latinoamérica, centralizadas en México. Así, el protagonista y su compañero deciden emprender la travesía para cambiar la realidad sociopolítica del Perú, ideal extendido en la comunidad universitaria. El narrador entiende las consecuencias y trata de huir, pero las sombras de sus compañeros y del compromiso social son más fuertes. En este punto, resulta difícil eludir la presencia de otra obra con pocas afinidades, pero muy semejante en la complicada relación que existe entre el deber y los sentimientos, Memorias de un soldado desconocido: “Para el partido no existía el perdón. Muerte o fidelidad. Debíamos cumplir estrictamente la tarea encomendada por el partido. Y volver a nuestro pueblo como los espartanos, con el escudo o sobre nuestro escudo”. La imponente y sombría silueta del deber se interpone a los deseos individuales y pretende suprimirlos. En otras palabras, surge tanto la deshumanización como el desprendimiento. Ambas son las que provocan el conflicto en el protagonista: ¿Vale la pena sacrificarlo todo? ¿Se puede sacrificar todo sin siquiera dudarlo?

Luego de dolidas despedidas y mentiras a los parientes, el viaje inicia. Así, ya frustrada la experiencia revolucionaria, llegamos al último relato de la novela. El protagonista se encuentra vegetando en la cárcel, recuerda su experiencia en las reyertas y el cuerpo inerte de su amigo flotando en los cauces de un río. Como una epifanía, surge el desengaño. Retumban su infancia y juventud continuamente, dando la ilusión de una retrotopía que reemplaza el idilio frustrado. Aun así, no aparta sus deseos, pero en sus pensamientos y el entorno deja de existir la proyección de un porvenir mediante la revolución. La pulsión juvenil y sus conflictos han devenido en la degradación humana, que se manifiesta en la podredumbre de la cárcel y su estado agonizante. Las memorias, las mentiras y los reclamos silenciosos configuran una narración en tropel, vivaz y descarnada.

Los últimos delirios recaen en la salvación o traslado del presidiario, cuyos últimos pensamientos se dan entre la realidad, la supervivencia y los recuerdos. Así, se completa el tránsito de lo que, en principio, parece perfilarse como una novela de revolución hacia una novela antihistórica. Tal vez el aspecto más representativo de esto sea la circularidad del tiempo. La forma lineal, progresiva y factual, como se solía definir a la historia, es trastocada. El estado agonizante del presidario se filtra en la narración, provocando un devenir constante de recuerdos, relatos diferentes y autoengaños en una suerte de aleación caótica. Cabe resaltar que los elementos antihistóricos también se presentaron sutilmente al principio de la obra. Se puede observar en la primera página: “Se movilizan las patas, los traseros de rata, los ojos, las huellas. Semejan un murmullo sordo, persistente –procesión de Viernes Santo, por las calles fantasmagóricas del Señor de la Caña–“. Esto no es un elemento fortuito, pues esta narración organiza las anteriores y las manipula, presentándolas de manera fragmentaria intencionalmente.

La novela, además de acertar en la prosa y las técnicas narrativas –como el monólogo interior constantemente utilizado–, ha sido un caso excepcional en el país y en el continente. A diferencia de otras obras latinoamericanas, que han tratado el tema de las revoluciones desde una visión aparentemente consensuada, en Los juegos verdaderos la crítica se dispara en diversos ángulos, sin reglas ni convenciones. Claramente, el contexto político del país fue una preocupación continua, pero los medios de protesta y disconformidad también. Por ello, la novela genera una sensación de discordancia con la ideología imperante en su contexto.

Por último, cabe reconocer la obra de Edmundo De los Ríos y no perder de vista su espacio en la literatura arequipeña. Es frecuente hallar este tipo de casos disonantes entre grietas y agujeros, escondidos del canon. Más allá de un acto de justicia, es una necesidad sociocultural, posiblemente ontológica; una objeción al panorama narrativo nacional, que llega a ser homogeneizante. Así, tal vez, dejen de existir los “autores y obras extrañas” escondidos entre manuscritos amarillentos y bibliotecas.

 


 

Los juegos verdaderos (2017) de
Edmundo de los Ríos[3]





[1] Reseña publicada por primera vez en Nuveliel. Revista de literatura y humanidades. Año 2. Nro 2, pp. 77-80.

[2] Es Bachiller en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín. Miembro del comité editorial de Nuveliel. Revista de literatura y humanidades (Arequipa, 2019-presente), donde también ejerce de reseñador de obras literarias y entrevistador. Fue organizador y ponente en: I Coloquio Internacional de Estudiantes de Literatura UNSA (2020) y II Coloquio Internacional de Estudiantes de Literatura UNSA (2021), realizados en homenaje a los escritores arequipeños contemporáneos Teresa Ruiz Rosas y Oswaldo Chanove respectivamente. También ha participado en la organización y presentación de libros, eventos culturales y un concurso en Homenaje a César Atahualpa Rodríguez, realizado en septiembre del 2022. Actualmente es estudiante de la Maestría en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana de la Universidad Internacional de la Rioja.

Reseña sobre «La medusa» de Augusto Aguirre Morales

 

AGUIRRE MORALES, AUGUSTO: LA MEDUSA.

AREQUIPA, LA TRAVESÍA E. I. R. L, 2019, 91 PP.[1]

 

 

Fidel Augusto Huachohuillca Leguía[2]

 

 

En 1916 se publicó la primera y única edición (hasta hace poco) de La medusa, una novela corta o también conocida como noveleta que, a pesar de su singularidad, pasó durante mucho tiempo desapercibida para el canon literario peruano. Sin embargo, no lo fue para la comunidad intelectual, existen notas referidas en diarios como La República hechos por el nobel Mario Vargas Llosa y el reconocido antropólogo y escritor Rodrigo Montoya. Asimismo, su autor, Augusto Aguirre Morales (1888, Arequipa) mantuvo una profunda amistad con intelectuales de la talla de Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui, contemporáneos suyos con los cuales conformó una generación abocada a la exploración y manifestación de nuevas formas estéticas dentro de la literatura.

Tuvo que pasar un poco más de un siglo para que las nuevas generaciones puedan disfrutar de la reedición de La medusa. Es gracias a La Travesía Editora que es posible llevar a cabo una loable labor en el rescate de esta obra literaria y estimular el interés en el resto de la producción literaria de Aguirre Morales. Existen muy pocas referencias que hagan posible un balance sobre este libro, por ello resulta sumamente pertinente que se redescubra un texto que formó parte de los cimientos del género narrativo moderno en el Perú.

Esta reedición contiene un prólogo, 16 capítulos y un epílogo, solo la última parte es la única añadida en este nuevo tiraje de 500 ejemplares. El libro cuenta con una hermosa portada que luce un ambiente marino y en el extremo superior se visualiza una medusa que parece recibir un resplandeciente color por parte del reflejo que muestra el ocaso del sol. Mientras en la contraportada se puede leer una breve apreciación del escritor limeño Gustavo Faverón. De igual manera, contiene una solapa en la que se puede observar una corta semblanza del autor arequipeño que se alude a su participación en los periódicos de su época, su amistad con Valdelomar y se hace menciones a sus demás textos literarios, de los cuales aún se conserva cierto conocimiento.

Por lo demás, se mantiene la dedicatoria y prólogo redactado por Augusto Aguirre Morales. Igualmente, es imposible deprenderse de esa sensación que nos transmite el narrador al adentrarnos en un mundo que encierra terribles episodios, los mismos que suscitan inquietudes en el protagonista, y que, por si no fuera poco, se van relatando la mayor parte de la historia en primera persona. Dicho personaje funge como verdugo de la voz narrativa, pues, el desempeño de cada palabra puede parecernos una catarsis, pero también es una reminiscencia a las acciones del enunciador. Por lo tanto, depende de cómo lo entendamos, la escritura puede significar un descargo de las emociones resguardadas en la psiquis de quien relata los hechos o, por otro lado, puede conllevar al acto de revivir momentos turbadores que más bien sopesan en el narrador. Producto de ello da como resultado esta particular noveleta en la que se perciben matices psicológicos, filosóficos y poéticos.

El narrador-protagonista vive en medio de una crisis existencial que se percibe a través de las constantes cavilaciones que emite y dan cuenta de la pequeñez que esta encarna ante el vasto universo del cual forma parte. Del mismo modo, hay una especie de historia paralela que vincula al protagonista con una mujer que viene a ser la persona amada y anhelada por él, pero ella vive junto a su bebé y un hombre que la maltrata cada vez que se le presenta la ocasión. No cabe duda de que lo más atrayente es el tema que se cuece en el texto, pues a pesar de alternar características colindantes entre la reflexión y la descripción, se concibe, además, un sentido pesimista de la vida.

El primer capítulo inicia con la siguiente frase: “La vida es una espiral eterna de tentáculos de medusa”[3], a partir de ahí se denota el vínculo de la vida con este animal invertebrado habitante de los mares. Pero, ¿qué tiene que ver una medusa con la vida? ¿qué relación guarda lo uno con lo otro? Una primera impresión puede captar el carácter sensorial que despliega la medusa, el tener una piel (si así podemos decirlo) bastante sensible lo hace un animal perceptivo a los movimientos de otros seres marinos con los que habita en el océano. Aquello puede dejar entrever la fragilidad del ser humano frente al mundo, mejor dicho, aún, el hombre no se puede comparar con la infinidad que presenta el universo. Además, claro está, el otro tipo de sensibilidad al que se puede aludir es la que tiene que ver con los dotes artísticos, pues algo que caracteriza al artista es su capacidad de creación ya sea a través de la escritura, la pintura, la escultura, etc. Así, ambas sensibilidades, la de la medusa y la del artista, son necesarias para sus sobrevivencias.

El carácter conceptual de la obra de Augusto Aguirre Morales se encuentra esgrimido por la reflexión del narrador ante lo que la “medusa” significa para él. Su nimiedad ante la vastedad que el universo se encuentra en reiteradas ocasiones. Se produce la concientización del protagonista y la crisis existencial no se hace esperar para hacerse cada vez más latente. Mientras, en un plano paralelo, su acercamiento a lo femenino se evidencia en el lenguaje que utiliza al referirse a ella, transmite un carácter afectivo. Los rasgos de deseo, sublimación y apreciación estética nos evocan el “enamoramiento” que siente el protagonista. Por lo tanto, resulta posible comprender dos dimensiones: uno reflexivo y uno afectivo.

El plus de esta edición viene de la mano de Fidel Ydme. Un epílogo que nos devela un poco más el sentido que encierra La medusa. Si bien, en su momento, Augusto Aguirre Morales fue considerado como un importante pilar del movimiento Colónida, aparte de ser un amigo íntimo de Abraham Valdelomar, se desconoce que sucedió luego, pues, “quién sabe qué circunstancias se interponen, para que la última entrega de nuestro autor quede insospechadamente distanciada de los estudios sobre aquel increíble año”[4].

Ydme presenta algunas ideas relacionadas al Decadentismo, un movimiento literario que imperaba a fines del siglo XIX en Europa y luego tuvo su paso por Hispanoamérica. Sin embargo, “por sí misma [la corriente decadentista], no pudo ser novedosa para el autor en cuanto influencia, ni para el movimiento Colónida que lo incluye”[5]. Si bien, uno de los propósitos de los estudios literarios es poder sistematizar los textos, además de brindarnos un panorama donde se encuentren clasificados debido a su género o corriente a la que pertenecen; La medusa –sostiene Ydme– comparte particularidades con el Decadentismo. Las novelas dentro de este movimiento “dota[n] a sus protagonistas de un sistema de valores, en cuya faceta conviven actitudes enfermizas, emociones exacerbadas o [un] confinamiento metafísico propio, por exclusión al colectivo”[6].

De esta manera, mediante rasgos puntuales se establece una proximidad con las características que presenta la novela corta de Aguirre Morales. Sin duda alguna, el sentido metafórico es prevalente en la narración del protagonista, pero al tener como premisa que la medusa es lo equivalente a la misma realidad, ¿nos lleva a pensar que resulta un elemento nocivo? Son pocas las referencias bibliográficas a esta excepcional obra, no obstante, vale la pena que las investigaciones no se hagan de esperar y nos brinden nuevas perspectivas de interpretación que enriquezcan nuestra tradición literaria.

 

 

 

La medusa (2019)[7]





[1] Versión corregida. Reseña publicada por primera vez en Nuveliel. Revista de literatura y humanidades. Año 2. Nro 2, pp. 81-84.

[2] Es Bachiller en Literatura por la UNMSM. Ha participado como ponente en el VII Congreso Nacional de Escritores de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción y en el Coloquio Interdisciplinario Imágenes y palabras: estudios críticos a los discursos literarios y cinematográficos. Actualmente es integrante del cineclub Voyeur Salvaje y forma parte de un grupo de investigación de ética y literatura (Gdeseyl) en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM.

[3] Aguirre Morales, A. (2019). La medusa. Arequipa: La Travesía Editora, p. 13.

[4] Ibídem, p. 83.

[5] Ibídem, p. 84.

[6] Ibídem, p. 85.

Reseña sobre «AIRESDELSUR» de Goyo Torres Santillana

 

TORRES SANTILLANA, GOYO: AIRESDELSUR. CUERPOS DE REFLEXIÓN CRÍTICA. AREQUIPA, QUIMERA EDITORES, 2017, 270 PP.[1]

 

 

Mauro Quispe Navarro[2]

 

 

El libro nos ofrece un panorama de la crítica literaria realizada en nuestra ciudad, práctica que, como afirma el autor, no la respalda una institucionalidad sólida. En ese sentido, AIRESDELSUR es una iniciativa notable al reunir, en un solo bloque, textos dispersos que permanecían ocultos en publicaciones especializadas; sin ninguna posibilidad de contacto con un público más amplio. Contribuye a visibilizar una disciplina que, si bien ha tenido pocos cultores, sobresale por su continuidad y calidad, y que se ha desarrollado en paralelo a la capitalina, centro cultural hegemónico y excluyente. La compilación se divide en tres secciones tituladas “Itinerario”, “Desde las entrañas” y “Palabras territoriales”. A continuación, expondremos cada una.

En “Itinerario”, Goyo Torres abre el compendio con un monográfico titulado “¿Qué es la crítica literaria?”. En este se interroga sobre la especificidad de la disciplina crítica. Para resolverlo, se remonta a los orígenes. Con un estilo didáctico, expone los tránsitos de la reflexión, desde Aristóteles pasando por el romanticismo y el giro epistémico que implicó el estructuralismo y su devenir posestructuralista. Así mismo, esquematiza la diferencia entre el saber y el hacer literario, propuesta que esclarece el error común de confundir la práctica artística con los estudios literarios. Estos se dividen, como lo desarrolla Torres, en tres: la historiografía, la crítica y la teoría literaria. Saberes que no se oponen, al contrario, sus fronteras se difuminan con el fin de presentar una reflexión holística del fenómeno literario.

La segunda parte del análisis presenta una visión panorámica de la disciplina crítica en el país. Torres se cuestiona sobre la identidad conflictiva de una sociedad heterogénea como la nuestra, conflicto que se refleja en sus prácticas culturales. Por lo tanto, ¿se debe hablar de una crítica peruana o limeña? Como centro cultural del país, ha extendido su identidad criolla como lo nacional. Este centralismo excluyente se ha instituido en desmedro de una articulación sólida. En esta línea, Riva Agüero será quien inaugure, de forma sistemática, los estudios literarios. A este le seguirá Sánchez, cuya obra estará marcada por el paradigma positivista. De esta época datarán los tantos volúmenes historiográficos. La figura de Mariátegui aparece en efecto, crítico lúcido, de quien Torres destacará la clasificación propuesta en los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Una segunda generación seguirá la propuesta metodológica de la escuela estilística. Paralelamente, un tercer grupo reflexionará sobre el fenómeno literario en su dimensión social y cultural, tomando el paradigma estructuralista y sociológico; tendrá como mayor representante a Antonio Cornejo Polar. Por último, la corriente posestructuralista agrupará a personajes como Miguel Ángel Huamán, López Maguiña, García Bedoya, entre otros.

Completa el artículo una propuesta de periodización de la crítica literaria en Arequipa. Siguiendo los paradigmas que ha guiado la reflexión literaria, plantea cuatro periodos: crítica impresionista, crítica estructuralista, modernización y posestructuralismo. El primero se extiende desde el siglo XIX hasta la década de 1970; el segundo hasta 1995; el tercero hasta el 2000 y el cuarto hasta nuestros días. Apreciamos cómo el fenómeno literario discurre hacia su profesionalización: si en sus inicios la crítica se desarrollaba en el espacio periodístico, conformada por una élite letrada o arraigada en la disciplina histórica y jurídica –los casos de Francisco Mostajo y Juan Guillermo Carpio Muñoz–; poco a poco, sin abandonar este espacio, se irá configurando un grupo proveniente de las aulas agustinas, especialistas en estudios literarios.

Estos, al migrar a la capital, se convertirán en referentes importantes de la disciplina literaria, hablamos de Raúl Bueno, Enrique Ballón Aguirre y los hermanos Antonio y Jorge Cornejo Polar. Justamente Antonio fundará la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, órgano académico que congregará y difundirá la producción crítica nacional y los estudios latinoamericanos. Marcados por la impronta de sus maestros, se conformará un grupo que ejercerá cátedra en la facultad de letras y propiciará su renovación académica, introduciendo nuevos paradigmas epistémicos como el estructuralismo y la sociocrítica; entre sus representantes destacan Willard Díaz y Tito Cáceres Cuadros.

Para concluir, acorde con la periodización trazada, Torres identifica una cuarta generación que adoptará la corriente posestructuralista como teoría interpretativa. La mayoría de sus integrantes hicieron estudios de posgrado en el extranjero. Cabe mencionar la migración a nuevos espacios geoculturales como una constante para la renovación de los estudios literarios. Así mismo, el cambio de los formatos divulgativos: de la sección periodística se pasará a las revistas especializadas y a las tesis de licenciatura y posgrado, estas últimas sin mayor difusión.

La sección “Desde las entrañas” reúne cinco trabajos críticos, inscritos, según la periodización, en el período impresionista y estructuralista. El primero “La poesía en Arequipa”, ensayo de Francisco Mostajo, es una revisión historiográfica de los orígenes coloniales de la poesía arequipeña. Entre sus valoraciones estéticas y datos biográficos, reclama la ausencia de archivos que atesoren las producciones de dicho período. Considerando la escuela barroca de la metrópoli y las referencias a su impronta en sus colonias, se interroga sobre el valor estético de los “gongoristas en Arequipa”, interrogante sin resolver debido a la ausencia de un acervo material. Al texto de Mostajo le sucede “Palma: un caso de intertextualidad y comparatismo” de Tito Cáceres Cuadros. Desde un marco estructuralista, con las propuestas sobre la intertextualidad de Gerard Genette, analiza la tradición “Muerte en vida”, tejiendo relaciones entre el relato de Palma y la tradición de la Monja Gutiérrez. Aunque Tito Cáceres pertenece a una generación de críticos arequipeños del siglo XX, la distancia entre su ensayo y el de Mostajo llama a la reflexión sobre ese vacío de ochenta años.

El tercer ensayo “La poesía arequipeña de la generación del 80” de Juan Alberto Osorio hace un inventario completo de vates arequipeños. Resalta la importancia de las revistas literarias locales en la difusión de propuestas poéticas, publicaciones que representaron espacios de reflexión y encuentro, verdaderos dispositivos culturales. En trece entradas, Osorio analiza las características poéticas de esta generación, advierte la poca presencia de mujeres, el desapego de lo andino y la relevancia de lo urbano como espacio poético. En el cuarto trabajo: “Nueva lectura de los Perros hambrientos”, Willard Díaz realiza una lectura narratológica de la obra de Ciro Alegría. A través de los presupuestos de Bremond y Greimas, evidencia la estructura cíclica de la novela.

Concluye la sección, César Delgado Díaz del Olmo. De su libro Diálogo de los mundos: ensayos sobre el Inca Garcilaso, se selecciona el prólogo y un fragmento del primer capítulo. El estudio está dirigido a develar la estructura profunda de los Comentarios Reales, pues, a ese nivel, subyace un proyecto de nación. Con un marco asentado en la teoría psicoanalítica y la simbología antropológica, propondrá una lectura novedosa del proyecto garcilasista, una identidad marcada por el mestizaje y el bastardismo. En el momento de su publicación, el libro de Díaz del Olmo renovó la crítica académica “plagada de hispanismos y esteticismos”, según afirma José Antonio Mazzzotti, puesto que se aleja del carácter europeo y renacentista de Garcilaso.

“Palabras territoriales” es la última sección que reúne diversos artículos académicos, los cuales se caracterizan por su escritura especializada y su agudeza analítica. Además, evidencian el carácter interdisciplinario de los nuevos estudios literarios, principio de la apertura epistémica de la segunda mitad del siglo XX. Los textos fueron presentados en congresos académicos o forman parte de proyectos de mayor envergadura. El primer artículo, “Rosa cuchillo. Desencuentros entre mito e ideología política” de Carlos Caballero, aborda la novela de Oscar Colchado desde la teoría decolonial. En ella, como afirma el autor, analizará el encuentro conflictivo entre el discurso del proyecto político revolucionario de PCP-SL y el discurso mítico-religioso de las comunidades andinas. De este modo, sostiene que la novela de Colchado Lucio hace una relectura geocultural del discurso revolucionario del PCP-SL. Para ello, utilizará los principios teóricos de Rodolfo Kush sobre la ubicación geocultural de los sistemas de pensamiento y reflexiones de las teorías poscoloniales y decoloniales. Es interesante cómo cuestiona la lectura de Ubilluz, de carácter monológico, y que, como muchos otros, no tomaron en cuenta la peculiaridad problemática de los contextos de enunciación en los marcos teóricos.

El siguiente artículo “Trazando sonidos. Espacios de conflicto en las literaturas de tradición oral” de Jhonatan Corzo reflexionará sobre la ambigüedad conceptual dentro de los estudios sobre la oralidad y la especificidad del objeto aún no resuelta. Para ello analizará los espacios en conflicto entre la oralidad y la escritura, espacios en los que la oralidad ocupa un lugar subalterno al momento de estudiarla, difundirla, definirla y acercar sus producciones a los conceptos de arte y cultura. Por lo tanto, dado su carácter marginal dentro de una episteme y marco teórico letrado, que ajusta su especificidad a marcos occidentales, su abordaje –como afirma el autor– siempre tendrá una raíz equívoca. En el tercer artículo, “La influencia de la alquimia en Borges y Ribeyro: en búsqueda de un centro epigramático y un enigma inexistente”, Pierina Moscoso expone las relaciones intertextuales entre los cuentos “Silvio en el rosedal” de Julio Ramón Ribeyro y “El aleph” de Jorge L. Borges. Mediante las categorías de la literatura comparada, demostrará las relaciones no solo temáticas y conceptuales, sino también estructurales.

Jorge Monteza en “José María Arguedas y el diálogo intercultural a través del arte” reflexiona sobre el lenguaje artístico-ficcional de Arguedas como una estrategia comunicativa que permite el diálogo cultural en conflicto, entre la modernidad y el mundo andino. Cierra la sección, y el libro, el artículo de Goyo Torres, “Escribir desde el cuerpo: narrativas de violencia y crueldad en tres testimonios del conflicto armado interno en el Perú, año 1980-2000. Los cuerpos de la memoria”. En tres testimonios de víctimas, recopilados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el autor expondrá las estrategias discursivas de los mismos para constituirse en discursos de denuncia, reivindicación y memoria oral. Resalta el papel de las corporalidades representadas en ellos para afianzar los fundamentos testimoniales, discursos de resistencia que disputan con el poder la construcción de la memoria nacional.

La publicación de AIRESDELSUR. Cuerpos de reflexión crítica contribuye a completar el panorama de la crítica literaria peruana con una muestra de trabajos que cuestionan las lecturas canónicas y abren caminos nuevos a la reflexión. No obstante, pierde algo de vigor en su voluntad revisionista con el escaso número de artículos sobre literatura regional. A excepción de Mostajo y Osorio, persiste una carencia que dificulta ampliar los estudios concernientes a la producción literaria en Arequipa u otros espacios afines. En síntesis, sin que esta observación le quite méritos al libro, Goyo Torres ha iniciado un debate al que, esperemos, se sumen otras voces.







[1] Versión corregida. Reseña publicada por primera vez en Nuveliel. Revista de literatura y humanidades. Año 2. Nro 2, pp. 59-64.

[2] Es bachiller en Literatura y Lingüística. Prepara su tesis de licenciatura sobre la novela de Susana Guzmán, En mi noche sin fortuna. Ha participado en coloquios de estudiantes de Literatura de la PUCP y UNFV. Así mismo, formó parte del comité organizador del I Coloquio de estudiantes de Literatura UNSA 2020).

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