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lunes, 5 de octubre de 2026

Katherine Medina Rondón. Identidad y poesía bajo sospecha

 

IDENTIDAD Y POESÍA BAJO SOSPECHA

 

[Entrevista a Katherine Medina Rondón[1]
sobre su libro Malecón Missouri]

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 




 


¿Por qué tuvieron que pasar siete años después de Papiros mágicos (2019) para que Malecón Missouri viera la luz?

 

Porque entre un libro y otro pasó la vida. Hubo una mudanza, la pandemia, una operación y el silencio. El primer poema lo escribí en medio de las cajas, y después tuve que esperar a entender qué había hecho visible esa mudanza.

Al principio creí que escribía sobre irme de un lugar a otro, y no era eso. La mudanza fue el detonante de algo mucho más antiguo que ya estaba ahí, sin nombre. Los libros no se pueden apurar, y este necesitaba que yo dejara de escribir sobre lo que me pasaba y aprendiera a quedarme dentro de la pregunta.

Y en ese silencio poético no estuve quieta. Estuve traduciendo, primero a Vittoria Aganoor, con Flores al borde de los abismos (2022), y después a Antonia Pozzi, con Canto salvaje (2025). Fueron años de vivir dentro de otra voz, de aprender cómo respira un verso ajeno, qué calla, dónde se quiebra. Dos mujeres italianas que escribieron desde el borde, donde el deseo y la soledad se vuelven una forma de lucidez.

También publiqué Coraje (2023), mi libro infantil, que fue otro tipo de escritura, más luminosa, más directa, pensada para una lectora que todavía estaba aprendiendo a mirar el mundo. Escribirlo me obligó a decir las cosas con claridad y sin adorno, y fue casi un respiro entre tanta densidad.

Mirando atrás, no fueron años vacíos. Traducir y escribir para niñas y niños me enseñó a escuchar antes de decir, y esa escucha entró en Malecón Missouri. Cuando por fin volví a mi propia voz, ya no era la de Papiros mágicos. Tardó siete años en madurar, y buena parte de esa maduración ocurrió en otras voces y en otras lenguas.

 

¿Qué te convenció para elegir el título?

 

El título es una dirección. Aparece al final del poema «Anoche, mientras el sueño», cuando despierto en el departamento nuevo y descubro que del verso que soñé solo quedó una anotación en papel de liar. Todo lo demás se había borrado. Y a mis preguntas, el poema responde con una dirección: Malecón Missouri.

Me convenció porque una dirección dice dónde vive alguien y deja sin decir quién es. Es el dato mínimo de un hogar, el que se le da a un camión de mudanza, y deja intacta la pregunta que me ocupa. El libro se escribió desde esa incongruencia. Tenía un domicilio y no tenía una respuesta.

Además, me gusta el choque de las dos palabras. Malecón pertenece a nuestra legua y a nuestras costas, y Missouri suena a otro río, a otra lengua, a otra geografía. Juntas no se funden y se quedan una al lado de la otra. El título es una grieta en miniatura, y en esa grieta cabe todo el libro.

 

El libro abre con un epígrafe de uno de tus escritores de cabecera: «Me pregunto, gracias a la distancia que ahora tomo de mi vida, si este pronunciado gusto por el silencio no tiene su origen en la dificultad que, desde siempre, fue mía, de sentirme de algún lado». Edmond Jabès, en estas palabras preliminares, esboza muy bien la duda que viene en el primer poema y, me parece, va a movilizar todo el libro. Me gustaría reproducirla para que la respondas: «¿Qué es un hogar?»

 

No puedo responderla, y lo digo sin adornos. Este no es un libro que llega a una respuesta. Lo que sí puedo decir es qué no es un hogar. No es una casa, ni un departamento en un piso dieciséis, y tampoco es la promesa de que todo tiene su lugar.

Hoy, si tengo que arriesgar algo, diría que mi hogar está hecho de lenguaje y no de certezas. Es el único lugar donde, hasta ahora, he logrado sostenerme sin pedir disculpas. Por eso la pregunta nunca termina de cerrarse, y aprendí a habitarla sin la necesidad de cerrarla. Quizá eso sea lo más cercano que tengo a una casa, una pregunta con la ventana abierta.

 

¿Arequipa es parte de ese lenguaje que habitas? ¿Cómo ves tu relación con la ciudad? En diferentes ocasiones has lanzado comentarios críticos sobre ella, incluso esto se nota con creces en tu primer libro. ¿Por qué Arequipa pese a todo?

 

Arequipa forma parte de ese lenguaje, aunque a veces me hable con otro acento. Es la ciudad donde vivo, donde enseño, donde restauro, y donde amo.

Mis comentarios críticos vienen de la exigencia, y la exigencia es una forma de apego. A mi parecer, Arequipa se cuenta a sí misma con un relato muy cómodo de pureza y de linaje, el de la ciudad blanca, orgullosa y autosuficiente, y ese relato deja fuera mucho de lo que la compone, la herencia andina, la lengua quechua, la diversidad que casi nunca se menciona. Es el mismo mecanismo que cuestiono en el libro cuando hablo del mestizaje. Una ciudad que se resuelve en una imagen tranquilizadora pierde, en esa resolución, a buena parte de su gente.

¿Por qué Arequipa pese a todo? Porque la crítica sin pertenencia se vuelve desdén, y prefiero la crítica que se queda a vivir en el sitio que cuestiona. Además, la ciudad tiene una historia que todavía no hemos terminado de leer.

 

Hay unos versos en el cuarto poema que me dejan pensando en la presencia gravitante del dolor en la obra de todo artista. Naturalmente, es una obviedad, creo yo, imaginar toda una trayectoria poética que esté ajena al dolor, es parte de nuestra naturaleza humana. En los últimos versos de aquel poema figura lo siguiente: «Cristo no tiene cicatrices/ pienso/ y es en la cicatriz/ donde reside la memoria del dolor:/ azul de marruecos/ caoba/ hueso». ¿Qué lugar ocupa el dolor en Malecón Missouri? ¿Qué es aquella cicatriz que motiva la memoria?

 

El dolor es inherente al ser humano y atraviesa el libro, pero lo que me importa es lo que deja: la cicatriz. En el poema de los cuadros pienso en un Cristo que sangra, que tiene las llamas y las espinas, pero que no tiene cicatrices. Sangra, pero no recuerda, porque la memoria del dolor vive en la cicatriz y no en la herida. Una herida abierta todavía es presente. La cicatriz, en cambio, es lo que cerró y sigue diciendo que pasó.

Mi cicatriz es la identidad no resuelta. Crecí escuchando que el mestizaje era una síntesis feliz, una reconciliación de las partes en algo nuevo y coherente. Hoy creo que esa idea es una ficción cómoda, promete una identidad resuelta y produce lo contrario, porque anula las identidades que lo componen sin darnos ninguna a cambio. Una identidad lisa, reconciliada, sin cicatrices, es una identidad falsa, y por eso preferí quedarme con las marcas.

De ahí vienen los últimos versos. Azul de marruecos, caoba y hueso son los colores de las paredes de mi infancia. Esa es mi cicatriz. Ahí está guardada mi memoria.

 

Entonces, el Cristo más análogo sería el que ha resucitado y les pide a los apóstoles que toquen las cicatrices en cada palma.

 

Exacto, y creo que esa imagen completa el poema mejor que yo. El Cristo del cuadro que cuelga en la casa de mi infancia es el del corazón en llamas, rodeado de espinas y de sangre, un Cristo anterior a la cicatriz.

El que resucita vuelve con las heridas a la vista y le pide a Tomás que meta la mano en su costado. La resurrección no le borra las marcas, las conserva como prueba de que lo vivido ocurrió. Ahí aparece también el tacto, que para mí es el sentido de la memoria. Tomás necesita tocar para creer, y tocar una cicatriz es leer una historia que su portador ya no necesita contar.

 

¿Cómo describirías la relación con tu abuela y tus padres? Cuesta trabajo no aludir a tu vida personal después de leer el libro.

 

Con mi abuela, la relación es de ausencia. Ella falleció antes de que yo naciera. Nunca la conocí. De ella me queda una radiola y la vajilla, y entre sus piezas una fuente de porcelana que se estrelló contra el piso durante la mudanza, quizás una de las pocas herencias tangibles que tengo. Por eso en el poema le hablo como a alguien que no está: «quizás si estuvieras aquí para enseñarme qué es un hogar». Escribo desde la nostalgia de algo que no viví, y quizás esa sea la forma más pura de herencia.

Con mis padres hay amor y también una brecha que el libro registra sin acusar. Mi madre aparece con las rodillas que ya no la sostienen, y mi padre esquiva las huellas de una tierra que nunca llegó a ser suya. Ninguno de los dos tiene la llave de la casa, y eso en el libro significa que ninguno pudo darme un hogar. Vengo de orígenes distintos, y esa mezcla no se resolvió en mí como una síntesis sino como un panteón, donde cada historia queda junto a la otra sin fundirse del todo.

 

Claro, entiendo que no se funden absolutamente porque siempre hay un grado de singularidad en cada uno. Pero. ¿qué dirías que heredaste del lado materno y del lado paterno?

 

Son dos linajes que cruzaron la distancia y que en mí se quedaron lado a lado. De mi madre heredé la vasija remendada. En el libro, ella me lleva nueve meses dentro de una vasija cuyos bordes fueron arreglados con lo que pudo alcanzar, cenizas, cal, restos tibios de antiguas intenciones. De ella heredé la resiliencia, y quizás de ahí viene el oficio de reparar con lo que hay, que con los años se volvió también mi profesión.

De mi padre heredé la extranjería. Él avanza con pasos calculados sobre una tierra que nunca llegó a ser suya y esquiva las huellas que intentaron anclarse. De ahí me viene la sensación de estar siempre de visita y quizás también el italiano, esa lengua a la que he vuelto una y otra vez, como quien regresa a una casa que apenas conoció.

En el libro hablo de una retama que envejeció mal porque el miedo calcinó sus raíces, y un abuelo que hilaba lana de alpaca recordando un credo que ya nadie nombra. Heredé de ambos lo que se dijo y también lo que se calló, que pesa más. Lo que me tocó fue decidir qué hacer con ese tejido, y elegí no alisarlo.

 

En Mínima celeste (2016) hay una pareja que toma un viaje espiritual. En este último libro hay un poema en el que resurge la imagen del viaje en compañía de alguien; ese acompañante es Vasilich, si no me equivoco. Y. además, hay una alusión directa a La Paz (Bolivia) y al Illimani. ¿El viaje, en este caso, sirve para confrontar las cicatrices en la memoria? ¿Este viaje es análogo al viaje espiritual de tu tercer poemario?

 

En ambos poemarios aparece un viaje, pero cada uno responde a una pregunta distinta. Mínima celeste está escrito en un lenguaje marino. El viaje es espiritual, cierto, y se hace como una travesía que busca una elevación. En Malecón Missouri la breve alusión al viaje sirve para medir distancias y también para tomar distancia. Se mide la que hay entre el altiplano y un departamento en el piso dieciséis, entre Malecón Missouri y La Paz. Y se toma la que hace falta para mirar las cicatrices sin quedar dentro de ellas, que es la misma distancia que Jabès nombra en el epígrafe.

En Malecón Missouri, el viaje no confronta las cicatrices en el sentido de curarlas. Lo que hace es cambiar el ángulo desde el que las miro. En el autobús, con Vasilich a mi lado, el paisaje andino se detiene: el chofer frena, yo freno, y ese movimiento nos devuelve la línea del horizonte. Pero el horizonte recuperado no lo resuelve todo, porque «nadie puede ver la luz por sí mismo». Él ve algo que yo no puedo ver, y esa distancia entre dos miradas, que el viaje no cierra, también es una cicatriz.

Frente al Illimani encuentro por un instante mi rostro «renaciendo en el espejo del mundo». Pero es un instante y no una respuesta, y por eso el viaje no cierra la pregunta del libro, solo la mueve de lugar.

 

¿Si hubiese respuesta, la poesía se termina? ¿No crees que hay un punto en el que la poesía se acaba?

 

Un poema sí se termina, y lo hace cuando el lenguaje sucumbe. La poesía, en cambio, no se agota con una respuesta, porque las respuestas en poesía duran lo que dura un poema. Un gorrión, una chispa, un instante. Después hay que volver a preguntar.

Si hubiera una respuesta definitiva, creo que no habría poesía. Por eso las certezas demasiado limpias me hacen desconfiar, porque en un libro de poemas suenan a cierre de cuentas. Y aun así hay un final que me interesa, el del silencio.

 

En una entrevista con Bruno Pólack, allá en el 2018, suscribiste que los nuevos poetas son voces absolutamente insulares y muchas veces desconocidas. ¿Todavía lo ves así?

 

Sí, aunque ahora la insularidad es menos de desconocimiento y más de circuito. Hay más visibilidad, pero eso no es lo mismo que lectura, y muchas voces valiosas de las regiones siguen quedando fuera de Lima, de los fondos y de la crítica. Sigo pensando que Lima no es el Perú y que necesitamos fondos para que publiquen los jóvenes, no solo en narrativa sino también en poesía y ensayo, géneros que no se someten al sistema como lo hace la novela.

Lo que sí cambió es que hay más refugios. Casas editoriales como Alastor, colecciones como Música Ficta y lectores atentos como mi editor hacen que la isla no esté tan sola.

 

¿Te consideras una poeta insular? ¿Hay algún parentesco con tus contemporáneos?

 

Soy insular por temperamento y por la pregunta que me ocupa. Una identidad que no se funde en una sola cosa es una isla, y mi libro trata de eso. Pero ser insular no es ser solitaria. Presenté este libro acompañada por escritoras que admiro, y fue también un acto conjunto. Kadir Kevin y Jasmín Carmina le dieron cuerpo visual, y mi editor, Julio Isla, lo sostuvo con su lectura atenta.

Mi parentesco con mis contemporáneos no es de escuela sino de preguntas. Con varios comparto la sospecha de que el lenguaje no alcanza y la obstinación de usarlo igual. Por eso prefiero pensar que formamos un archipiélago, islas distintas que se miran de lejos.

 

Esa sospecha cae en una paradoja mística: usar el lenguaje para comunicar una revelación pese a lo equívoco o inane de este para referirla. Casi un acto de fe. Por supuesto, en este caso no es una revelación divina, es una revelación vital que singulariza la voz de cada poeta.

 

Sí, es un acto de fe. Escribir supone creer en un instrumento que uno sabe insuficiente. Sabemos que la palabra no alcanza y de todos modos la usamos para decir lo que no se deja decir. Si hubiera certeza de que alcanza, no haría falta la fe, y si no hubiera esperanza de que alcanza, no escribiríamos.

El poema «Anoche, mientras el sueño» lo muestra bien. Un verso aparece en sueños, se pierde al despertar y de él queda una anotación en papel de liar, «3B». Sigo creyendo en esa huella mínima. Confío en que un rastro tan pequeño puede conducirme a la revelación y, de hecho, me conduce a una dirección, a un lugar donde vivir.

Coincido contigo en que la revelación es vital y no divina. Lo que se me revela es un modo de estar en el mundo, y por eso singulariza la voz. Cada poeta da testimonio de una luz distinta y nadie puede ver la luz por sí mismo, como digo en el poema del autobús. Hace falta que otro la lea.

 

Por lo menos en cinco entrevistas diferentes has acudido a Tzvetan Todorov para plantear un holismo que te ha llevado a enlazar tu quehacer creativo con diferentes campos artísticos. Y, por otro lado, al menos en dos entrevistas, también has retomado el pensamiento de Ana Rossetti para recalcar la indispensable relación entre el poeta y el lenguaje. El parentesco que me viene entre ambos autores es cierta idea de libertad que hay en la poesía. ¿Dirías que siempre has buscado la libertad en la poesía? ¿Para dónde nos lleva dicha libertad?

 

Sí, aunque no siempre supe nombrarlo. De Todorov tomo la idea de que la poética abarca todo lo que el ser humano crea, y por eso mi trabajo no se queda en el poema. Mantengo una relación estrecha con las artes visuales, hace poco inauguré en la Alianza Francesa de Cusco mi primera individual de grabado, Cuerpos indóciles: instintos y deseos. También conjugo la restauración de arte con la escritura, porque restaurar es otra manera de leer, ya que exige la misma paciencia ante lo que el tiempo dañó y la misma ética de no borrar la huella de lo vivido. Por eso Malecón Missouri vive entre el poema y la imagen, con el trabajo visual de Jasmín y Kevin. Y de Rossetti tomo la idea de que el poeta deja que el lenguaje hable en él, que es otra forma de entender la creación como algo que nos excede.

La libertad que busco es la de plantear preguntas incómodas. Eso supone no obedecer al discurso de la síntesis armoniosa, ni al mercado, ni a mi antigua voz. Esa libertad me llevó a un lugar donde no hay respuestas cerradas.

 

Es ahí cuando sabemos que la poesía siempre está en una constante búsqueda de la verdad.

 

Búsqueda, sí, aunque creo que la poesía busca una verdad que no se deja poseer. Cuando un poema cree haberla encontrado se vuelve consigna. Lo más que logra es una verdad provisional, la que cabe en una línea y dura un segundo, y precisamente por eso hay que seguir escribiendo.

 

En una entrevista con Úrsula Alvarado, precisamente cuando trajo a colación las ideas del daimon de William Blake y el inconsciente colectivo de Carl Jung para pedirte que definas la procedencia creativa de Papiros mágicos, declaraste que su lugar de origen «es como una gran conciencia universal donde la belleza y la verdad están hermanadas, donde el placer estético se funde con el poeta, entonces no hay como distinguir si el poeta es instrumento del lenguaje». ¿Hasta qué punto esta idea puede o no considerarse metafísica o mística?

 

Es metafísica, pero es una metafísica con una tensión que el libro hace visible. En la conciencia universal de la que hablé a propósito de Papiros mágicos, la belleza y la verdad se hermanan y el poeta se disuelve en el lenguaje, hasta que ya no se distingue quién es instrumento de quién. Esa es una lógica de la fusión.

En Malecón Missouri me ocurre lo contrario con mi identidad, porque me niego a esa misma lógica. Mi rostro es «un panteón de historia, quebrado, desigual», no un crisol, y un panteón conserva la diferencia de lo que reúne sin reducirla a unidad.

Por eso puedo fundirme con el lenguaje sin fundirme conmigo. El lenguaje me recibe, pero no me borra, y el poema es el lugar donde me sostengo, mi única unión posible. Dudo en llamarla mística, porque la mística, en su sentido clásico, aspira a una revelación y a una reconciliación con lo absoluto, y yo no busco ninguna de las dos. Lo mío es una metafísica de lo mínimo, sin trascendencia que me redima ni síntesis que me absuelva, donde durante un segundo la belleza y la verdad coinciden en una línea, como en el poema «Podría empezar la vida»: «una chispa, un instante, apenas un gorrión».

 

¿Esta metafísica de lo mínimo se asemeja a un panteísmo en interminable dialéctica? ¿Una energía en movimiento perpetuo que excede la materia?

 

Hay algo de eso, aunque con matices. Mis poemas están llenos de elementos que ejercen de cuerpo del mundo, el polvo que somos, la brisa, el río, el Illimani, el ande que describo como la piel de la tierra. Hay un sentimiento de continuidad entre lo humano y lo que lo rodea, y creo que me llega tanto de la lectura como de vivir en un territorio donde la montaña y los volcanes todavía se nombran como a alguien sintiente.

Interminable dialéctica también, pero con una condición. Mi dialéctica no desemboca en síntesis. Hay tesis y antítesis, la casa y la mudanza, la pertenencia y la distancia, y ninguna se resuelve en un tercer término feliz. Es el mismo rechazo al mestizaje como reconciliación que recorre el libro, llevado a la metafísica. Todo se rompe, se remienda y vuelve a romperse, y ese vaivén es lo único perpetuo que reconozco.

Sobre una energía que excede la materia, dudo. Mi libro es terco con lo material. Hay porcelana, lana de alpaca, tela, una vasija remendada con cal y cenizas. La memoria vive en la cicatriz, y la cicatriz es un hecho de la carne. Si algo excede la materia, lo reconozco en ella, en la grieta de la fuente y en el tejido que quema al tacto. Quizás por mi oficio de restauradora de arte creo que lo invisible deja huellas físicas y que el trabajo consiste en leerlas con paciencia.

 

Antes de terminar, quisiera saber tu opinión sobre la tradición de poetas mujeres que tiene Arequipa desde el siglo XX. ¿Qué piensas de Blanca del Prado, Adela Montesinos, Carmela Núñez Ureta, Brunilda Joyce, Mercedes Delgado, Esther Villafuerte, Luz Vilca o Mirtha Núñez? Puedes mencionar otros nombres, desde luego; solo estoy tanteando algunos del siglo anterior.

 

Siento gratitud y también cierta deuda. Gratitud, porque sin ellas yo no tendría una genealogía donde apoyarme. Deuda, porque muchas fueron leídas con descuido, reducidas a «poesía femenina» o dejadas fuera de las antologías, y a mi generación le toca editarlas, estudiarlas y volver a leerlas.

De todas, quizás la que más ha calado en mí es Rosa del Carpio. Llegó a mí por las manos de su sobrino, a quien llevo entre mis afectos y con quien me unen lustros de amistad, de esos que no se miden en años sino en lo que hemos sobrevivido juntos. Él fue la mano tendida cuando la noche ocupaba toda la casa, y ella vino con él, como llegan las cosas que amamos, sin ruido y para quedarse. Por eso su poesía nunca fue para mí solo un objeto de estudio. La recibí primero como un regalo y solo después la leí con la atención de la crítica, desde lo biopolítico y lo decolonial, y esa lectura me confirmó lo que ya intuía, que Rosa del Carpio hace poesía social, una poesía que mira de frente lo colectivo y entiende que la palabra poética también es una forma de intervenir en el mundo. Eso me importa porque me recuerda que la poesía puede ser a la vez íntima y política, y que no tiene que elegir entre ambas. De ahí que estudiarla me enseñara que la deuda con una poeta no se paga solo con la admiración ni con la lectura atenta, sino también devolviéndole el lugar que siempre debió tener.

 

¿Hay un próximo libro en ciernes? ¿O acaso viene otra pausa antes del canto?

 

No hay poemario nuevo en ciernes. Sin embargo, en cuanto a la pausa, creo que esta vez no serán siete años. Esos años me enseñaron que el silencio también trabaja, pero ahora tengo varios frentes abiertos a la vez. Me encuentro preparando la traducción de Senso, de Camillo Boito, y continúo con la labor académica, pronto publicaré un libro sobre los autorretratos del pintor Jaime Antillaque. Como ha sido habitual, mis libros maduran en otras voces antes de volver a la mía.

El siguiente llegará cuando se agoten los otros lenguajes. Por ahora he vuelto a las artes visuales y preparo una nueva exposición que espero ver montada en esta ciudad. Aunque, propensa como soy a los cambios inesperados, quizá el próximo año me instale por unos buenos meses en Almería, en Marruecos y en La Paz.

 

 

 

 

5 de octubre del 2026











[1] Katherine Medina Rondón (Arequipa, 1994) es Magíster en Ciencias de la Educación con mención en Educación Superior por la Universidad Nacional de San Agustín, institución en la que también obtuvo la Licenciatura en Literatura y Lingüística. Es Licenciada en Conservación y Restauración de Arte por la Escuela Nacional de Arte Carlos Baca Flor y especialista en Lenguaje Fotográfico por el Centro de la Imagen de Lima.
Su práctica abarca la investigación, la escritura creativa y las artes visuales. En el campo de la investigación y la crítica, ha publicado Identidad: Una representación de "Mujeres de Abya Yala" de Duina Rodríguez (Editorial UNSA, 2024), obra que articula su reflexión sobre el arte contemporáneo peruano y sus vínculos con la identidad, el cuerpo y el territorio. Como poeta, es autora de Murmullos y volantes (Aletheya, 2012), Amor en cuatro actos y otros cortejos (Casatomada, 2013), Mínima celeste (Transtierros, 2016), Disidencia (Cascahuesos, 2018), Papiros mágicos (Vallejo & Co. / Sol Negro, 2019) y Malecón Missouri (Alastor, 2026), junto al libro infantil Coraje (Jukucha, 2023). Su obra ha sido incluida en festivales y antologías internacionales como el 28° Festival Internacional de Poesía de Medellín (Prometeo, 2018), el 5° Festival Caravana de Poesía (Amarti, 2018), Tea Party III. Muestra dinámica de poesía latinoamericana (Cinosargo, 2014), Aliados, dosis de poesía para tiempos inciertos (Dendro Ediciones, 2020) y Voces de la poesía peruana (Parihuana, 2021). Como traductora, ha llevado al español las antologías de dos poetas italianas: Flores al borde de los abismos de Vittoria Aganoor (Sol Negro, 2022) y Canto salvaje de Antonia Pozzi (Alastor, 2025). Su trayectoria en las artes visuales incluye diversas muestras colectivas, la muestra bipersonal Comisura (Centro Cultural Casa Blanca, 2016) y la muestra personal Cuerpos indóciles: instintos y deseos (Galería Blanco y Negro, Alianza Francesa de Cusco, 2026).

lunes, 12 de enero de 2026

J. J. Maldonado. Desrealizando el realismo peruano

 

DESREALIZANDO EL REALISMO PERUANO

 

[Entrevista a J. J. Maldonado[1]
sobre su libro E-mails con Roberto Bolaño]

 

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 





 

Comencemos por deshilachar el asunto de la autoficción. Ciertamente, J. J. Maldonado aparece en cinco cuentos de diez en todo el libro. Sin embargo, al igual que Dante figura en la Divina comedia (1816) sin haber recorrido la geografía católica y al igual que Borges figura en «El Aleph» (1945) sin haber experimentado la omnisciencia; este J. J. Maldonado tiene experiencias directas con Enrique Vila-Matas, Alejandro Zambra, Antonio Cisneros, Han Kang y Pierre Michón sin haberlos conocido del modo narrado. En una entrevista para Infobae y otra para Diario Viral, ya mencionaste que este reflejo tuyo es concebido desde la exageración. ¿Esto lo haces solo para reírte con los autores y no de ellos?

 

En parte sí, en parte no. Me interesaba romper, en principio, la línea que divide la ficción de lo aparentemente real; es decir, difuminar ese espacio, ponerlo en tensión, aprovechando mi «yo» autobiográfico, quien aparece como un J. J. Maldonado con todos mis datos. Aunque, ciertamente, no soy yo, sino una exageración de mí mismo, al igual que exagerados son los perfiles de los escritores que aparecen en el libro. Esto, desde luego, es un artificio narrativo para despistar al lector. En E-mails con Roberto Bolaño, los personajes se están tomando el pelo todo el tiempo. Y supongo que esa es una forma en la que el tal J. J. Maldonado de la ficción se ríe junto a los escritores protagonistas. Pero también es una forma de poder politizar un poco el texto, porque yo estoy convencido de que el humor también es un artefacto político.

Y sí, mi intención iba un poco por allí. Deseaba quitarle la solemnidad a cierta literatura peruana, sobre todo a la literatura escrita por gente de mi edad que, a veces, parecen escribir muy serios y ceñudos, encorsetados incluso. Ya estaba un poco aburrido de eso. A veces la pretensión de escribir «libros que hablen del Perú» o «de nuestro tiempo» o «de las clases sociales» endurece mucho al escritor peruano y no le deja soltarse, jugar en paz. Ese es, sin duda, un lastre del realismo genérico, ese realismo que tanto mal le ha hecho a nuestra tradición y que, hasta el día de hoy, se sigue emulando. Una de las formas de atentar contra esa solemnidad literaria es a través del humor. Por eso, como dices, yo me río junto a los escritores que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño. Me burlo un poco de ellos, pero ellos también se burlan un poco de mí.

 

Goyo Torres Santillana, un narrador arequipeño, me dijo en una entrevista que: «Mientras haya algo que criticar, mientras la sociedad tenga deudas por saldar, el realismo seguirá vigente».

 

Pero no solo el realismo, también el fantasy, el western, el policial, lo fantástico o lo absurdo pueden hablar ―incluso mejor que el realismo― de los problemas de una sociedad, porque estas aproximaciones no se quedan en la foto, sino que trabajan con la deformación, con la alegoría, con el monstruo, con la paranoia, con la desmesura imaginativa como claves para entender los imaginarios de nuestro presente. En el Perú, de hecho, se está explorando cada vez más esa vía en los últimos años, pese a que el canon siga aferrado al realismo como si fuera la única forma «seria» de escribir. Por ejemplo, pienso en los cuentos de la antología lovecraftiana Nada humano sobrevive aquí (2025) que publicó Alexis Iparraguirre, o ese festejo imaginativo que es Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (2025) de Gianni Biffi, o Minimosca (2024) de Gustavo Faverón, o Fieras (2023) de Mariangela Ugarelli, o Criaturas virales (2025) de Dany Salvatierra. Son literaturas que hablan mejor de nuestra sociedad que propuestas inscritas en el calco o «retrato» de la realidad más plana e inmediata. Supongo que por eso me sorprende ver a tantos escritores de mi edad insistiendo aún en un realismo tradicional, casi de manual, cuando estamos en el siglo XXI y ya ha recorrido mucha agua debajo del puente de la literatura. Eso a veces delata estanco, falta de lecturas y una idea demasiado tímida de la escritura.

 

¿Qué autores de nuestra tradición literaria peruana nos ayudarían a sacudirnos un poco de las raíces tan hendidas del realismo?

 

Yo diría que con leer a los cronistas de indias, basta y sobra. ¿No te parece que mucho de lo que escriben Garcilaso o Guamán Poma atenta contra la idea de realismo? Agregaría también el Manuscrito de Huarochirí (1608) y la poesía de Eguren.

 

«Si no es usted capaz de exagerar, es improbable que pueda escribir ficciones» ¿Qué opinas de esta sentencia de John D. Fitzgerald?

 

Yo opino que estaba exagerando.

 

Rodrigo Fresán, Mario Vargas Llosa, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor y Roberto Bolaño ocupan los relatos del resto del libro. En ellos, hay una dosis mayor de humor negro y de humor violento a diferencia de los otros cinco relatos del conjunto, salvo quizá el de Pierre Michón. ¿Esta es la clave para salir del realismo biográfico que aparentemente sugieren? ¿Es a través de estos toques hiperbólicos que escapas de la crónica o la referencialidad?

 

Yo utilizo mucho la imaginación para escribir. Mi biografía o mi «mundo real» nunca me han aportado demasiado material para la literatura. En E-mails con Roberto Bolaño, aparece, sí, un tal J. J. Maldonado que, como yo, ha vivido en Europa, ha tenido una maestría en escritura creativa, ha publicado, se relaciona con escritores, tiene cierta edad y ciertas características parecidas a las mías; pero ese J. J. Maldonado es otro, totalmente otro. Solo me sirve como dispositivo narrativo para engañar o despistar mejor. El resto es imaginación. Un J. J. Maldonado que se transforma por completo en Zambra, por ejemplo, o que intenta asesinar a Han Kang tras haberla plagiado en quechua, o que se va en busca de Pierre Michon en Montauban, o que hace invocaciones vudú con Antonio Cisneros, es una verdadera joya. Y desde luego, ese J. J. no soy yo. Creo que ese J. J. Maldonado es más interesante, mucho más audaz, mejor lector y, sobre todo, más intuitivo. A veces también es más violento, aunque siempre termina de mal en peor. De modo que cuando llevo al máximo la imaginación, ese protagonista se hiperboliza y puede hacer cosas extraordinarias como escribir La clase de griego (2011) en quechua, por ejemplo. Cuando ese estado invade el texto, escapo definitivamente de las formas de la crónica y de toda suerte de autoreferencialidad.

 

¿Cómo defines la «imaginación»? Esta palabra es interesantísima, con ella has caracterizado a la oleada contemporánea de escritores que se apartan un poco de la tradición realista del país.

 

Lo defino como un espacio de libertad, el patio trasero en donde se puede hacer las travesuras más interesantes y desmesuradas que no se permiten en las zonas solemnes y aburridas. 

 

Al conversar con Giovanni Puccio Vega, mencionaste que te orientabas a una especie de metarrealismo pop. ¿Dirías que está presente también en este nuevo libro de cuentos? ¿O has decidido tomar distancia de esa tendencia?

 

La crítica ha dicho que mi libro es muy pop, así que creo que me ha sido imposible escapar de esa búsqueda, la cual es muy natural para mí, porque todo el rato estoy consumiendo contenido pop y basura digital como foros, creepypastas o videos absurdos. Más bien, me ha asombrado que algunos digan que E-mails con Roberto Bolaño es un libro elitista. Pero, para mí, escritores como Roberto Bolaño, Mario Vargas Llosa, Mariana Enriquez o Han Kang forman parte de la cultura pop. Además, yo he escrito dos libros de ensayo sobre temas que están fuera de toda élite como el anime y el manga. Me refiero a mis libros Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (2024) y Una galaxia pop llamada One Piece (2025). En ese sentido, creo que la cultura pop siempre estará presente en lo que yo escriba ―directa o indirectamente―, porque lo pop está dentro de mi manera de vivir, dentro de mi manera de ver el mundo. ¿O no te parece muy pop que el fantasma de un Roberto Bolaño creepy mande e-mails y pida packs eróticos a una de sus groupies literarias?

 

Sí, por supuesto. En ese Bolaño noto más que nada una traducción de su concepto a través del estilo caricaturesco que manejas con base en el metarrealismo. Y es que, al igual que la metafísica habla de algo que está más allá de la física, noto que el realismo que esbozas va más allá de la realidad y trae a mi mente las series animadas, el anime y los videojuegos.

 

Es que yo no diría que lo mío es realismo. Pero si quieres ir por allí, y para darte el gusto, diría que entonces es un hiperralismo, es decir, un realismo exagerado, acelerado, llevado hasta sus extremos solo con la intención de deformarlo y crear, así, otra suerte de realidad, una realidad alterada y llena de tensión, con espacios por donde se cuela lo fantástico o lo absurdo, incluso, lo cósmico. Y, en efecto, eso se relaciona mucho con los animes, los mangas, el cómic, las creepypastas y los videojuegos que consumo. Creo que estas narrativas marginales me han enseñado más como escritor que los propios libros o talleres literarios.

 

En el relato de Vila-Matas y el de Rodrigo Fresán hay una cierta intención de ahondar en conceptos personales y literarios, digamos que ahondas en sus poéticas. En el caso de Vila-Matas, el punto de vista y, en el caso de Fresán, la idea de Big Crack.

 

Yo creo que Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán son escritores de estilo. Es decir, sus libros narran la búsqueda o la reverberación del estilo. Eso, desde luego, los vuelve conceptuales en muchos sentidos. Y yo, que los he leído muy bien, me aproveché de eso para escribir relatos sobre ellos a partir del estilo y del concepto. El lector atento se dará cuenta que ambos textos son homenajes directos no solo a sus personas, sino también a sus formas de escribir y a sus obsesiones literarias. Estoy muy contento de que la mayoría de los lectores hayan recibido muy bien los cuentos «¿A quién mira Enrique Vila-Matas?» y «Rodrigo Fresán en Big Crack». Aparecen mucho como los favoritos.

 

Y, en suma, ¿qué es el punto de vista? ¿Qué es la Big Crack?

 

Prefiero no dar una respuesta a eso. Que sea el lector quien saque sus propias conclusiones al respecto. 

 

¿Desde cuándo te apasiona la idea del doble? Los cuentos que aluden a Zambra y Kang trabajan esa idea de la duplicación, pues, en el caso del chileno, hay una suplantación del escritor por parte del protagonista. En el de la coreana, hay una coincidencia o una acusación de plagio por la publicación de La clase de griego, la cual, en la historia, ha sido escrita antes por el personaje central.

 

No estoy muy seguro desde cuándo. Pero me interesaba tener en E-mails con Roberto Bolaño un lado A y un lado B del concepto del doppelganger. Me refiero a ensayar un cuento sobre la manera física del doble, de un otro «yo», como en el caso de J. J. Maldonado y Zambra, por ejemplo; y sobre la manera artística y mental, que es el caso del doble textual, donde aparece un manuscrito titulado La clase de quechua, que es, digamos, un doppelganger de La clase de griego de Han Kang. De esa manera, fui trabajando ambos cuentos y quedaron muy bien. Recién ahora me doy cuenta de que también soy un escritor muy conceptual. Y la culpa de eso lo tiene la ingente cantidad de ensayos que trago a diario. Pero prometo cambiar la dieta pronto.  

 

¿Tus ensayistas favoritos? Compártenos un poco de esa dieta.

 

Son muchos. Pero te puedo dar los nombres y títulos de lo que estoy leyendo ahora mismo para evitar la ansiedad. Mito y archivo (1990) de Roberto González Echevarría; Metáfora y memoria (2016) de Cynthia Ozick y Las políticas de la nostalgia (2022) de Grafton Tanner, vía Alpha Decay.

 

Los peruanos que participan de estas biografías apócrifas son Antonio Cisneros y Mario Vargas Llosa. Presuntamente, buscas ventilar su vida privada en la ficción, pero, ¿lo que tratas de hacer, en realidad, es bajarlos a tierra para que recordemos que eran personas tan imperfectas como nosotros? ¿Tal vez enfocarlos desde el humor y la ironía para verlos más allá del olimpo literario?

 

Yo quería hacer una biografía alternativa de los escritores que aparecen en el libro. Una suerte de catálogo sobre sus vidas secretas.  Pero claro: «secretas» en el sentido literario, no en el sentido notarial. No me interesa ventilar la vida privada de los escritores como si esto fuera una columna de chismes; me interesa el efecto de verdad que produce el «chisme» cuando entra a la ficción, esa zona gris donde el lector dice «esto podría haber pasado» y, por lo mismo, se ilusiona un poco. Y sí, creo que el humor me ayudó a poder acercarme mejor a ellos, en especial a los escritores peruanos que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño. Cisneros y Vargas Llosa ―por distintas razones― han quedado convertidos en estatuas: uno, por el aura del poeta; el otro, por el aparato del Nobel. A mí me da más curiosidad la grieta que la estatua. En ese sentido, el humor y la ironía que aplico en los textos no los «rebajan», al contrario, creo yo que los devuelven a su condición más interesante, a su condición de personas, es decir, de seres contradictorios, brillantes a ratos, ridículos a ratos, y casi siempre demasiado humanos. 

 

Las historias se nutren de varias intertextualidades con las obras de los escritores. Es normal por el aura paródica de estos relatos, pero, tal vez, podrías comentar un poco de estos entrelazamientos narrativos con los casos de Mariana Enríquez y Fernanda Melchor.

 

En esos dos casos fui bastante explícito, casi descarado, y eso me gustaba. Con Mariana Enríquez tomé el personaje y el ambiente de su cuento «La casa de Adela» (2012) como si estuviera escribiendo un fanfic: entrar a esa atmósfera ―la casa como imán oscuro, el barrio en Lanús, la lógica de lo siniestro cotidiano— y hacerla trabajar para mi propio cuento con Mariana Enriquez como amiga de Adela, pero también de la narradora del relato. Algo parecido sucedió con mi relato sobre Fernanda Melchor. Fanfic en estado puro. La idea siempre fue meterlas a ellas dentro de su propio universo, junto a sus personajes, y encima aterrorizar con eso. La gracia es que. en E-mails con Roberto Bolaño, el homenaje parezca una travesura, y la travesura termine pareciendo una amenaza velada.

 

¿Dirías que esta forma de crear el fanfic es millennial?

 

Por supuesto que no. Existe la escritura del fanfic desde las épocas bíblicas. Es algo que siempre ha estado en la historia de la literatura. Por ejemplo, ¿qué es si no la versión fanfic de Don Quijote que hizo Alonso Fernández de Avellaneda y que obligó a Cervantes a escribir su segundo tomo? De millennial no tiene nada el fanfic.

 

¿En alguna ficción futura J. J. Maldonado conocerá a Diosito de El amor es un perro que ruge desde los abismos (2021)?

 

En la novela que estoy escribiendo ahora, en un capítulo que está en la página 453 del Word, J. J. Maldonado se topa con Diosito y se mandan una buena escena psicodélica donde uno de ellos empieza a interactuar con Cormac McCarthy. Pero Diosito solo aparece como un personaje MacGuffin, o sea, entra en escena un rato y luego, tras crear la excusa narrativa, ya deja de tener mayor protagonismo.

 

En el relato de Pierre Michon, hay una suerte de apadrinamiento que mueve la historia. Y claro, viene de la admiración que produce el escritor francés en J. J. Maldonado, pero lo que resulta de este vínculo es el contagio de la enfermedad literaria, de aquella locura que experimenta Michon y asume Maldonado en el cuento. ¿Piensas que hay actitudes rescatables o ejemplares de los escritores de tu libro que podríamos seguir?

 

Por el bien de todo joven escritor, yo espero que no sigan a ninguno de ellos. Al contrario, escapen, huyan, manténganse alejados con un cartel que diga: «Aquí no se permiten escritores».

 

En tu entrevista con Jaime Cabrera para Lee por Gusto, mencionaste que escribir es una excusa para capitalizar tiempo en soledad.

 

Bueno, eso lo dije yo porque a mí me gusta estar solo, me gusta la soledad y que me dejen en paz. Pero a veces la gente cree que eso es malo, que uno está loco; y la mejor manera para justificar esa búsqueda de soledad, es sofisticar el concepto a través del ejercicio de la escritura. Porque cuando uno escribe, el otro siente que estás haciendo algo, “produciendo algo”, y así trata de entenderte y dejarte en paz. De esa manera puedo ganar unas tres o cuatro horas sin que nadie me moleste o quedarme solo el fin de semana sin que parezca demasiado raro. Escribo para que nadie se meta con mis espacios de soledad. 

 

En el relato sobre Bolaño, hay una especie de catarsis sentimental, al mismo tiempo que una parodia de sus deseos morbosos. ¿Aquí intentas exhibir el lugar que adquiere la literatura como panacea emotiva, pero desde el humor negro?

 

Yo creo que Roberto Bolaño siempre tuvo mucho humor en su literatura, aunque mucha de ella no lo parezca a simple vista. Pero pienso que Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), incluso su poesía, su obra en general, está llena de un tóxico y terrible humor negro, donde se burla de todos a diestra y siniestra: de la literatura, de los lectores, de los escritores, de los editores, de todos; no queda títere con cabeza. Entonces, lo mínimo que tenía que hacer era devolverle el gesto: retratarlo como una fuerza oscura y juguetona, capaz de convertir la literatura en una broma incómoda. Porque Bolaño, al final, siempre supo que la literatura era una suerte de ajuste de cuentas. Y a mí me interesaba ese punto exacto donde una cosa se confunde con la otra, y lo único que queda es reírse para no ponerse solemne. Creo que a él le habría gustado mucho este libro. Estoy seguro que Roberto Bolaño se reirá alguna vez conmigo en el infierno.

 

Alberto Buendía Matamoros le dio una crítica a tu libro diferente de muchas otras. ¿Cómo sueles tomar la crítica en general? ¿Qué le aconsejarías a un escritor emergente sobre la recepción de la crítica?

 

Mi único consejo sería contarle una anécdota de Cormac McCarthy. Como muchos saben, el autor de Meridiano de sangre (1985) era muy ajeno al mundo mediático y le gustaba vivir como un ermitaño. Casi no daba entrevistas ni respondía a los correos de los periodistas. Pero un día leyó una reseña sobre un libro suyo en The New York Times y le pidió a su agente el correo de ese crítico literario para mandarle una carta. Según el crítico de The New York Times, esta carta solo tenía dos palabras: «FUCK YOU!»  

 

 

 

 

11 de enero de 2026











[1] J. J. Maldonado (Lima, Perú). Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Magíster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Es autor de  E-mails con Roberto Bolaño  (Seix Barral, 2025), El amor es un perro que ruge desde los abismos (Planeta, 2021) y del ensayo Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (Fondo Editorial UCV, 2024). También ha publicado el conjunto de cuentos Quien golpea primero golpea dos veces (2020) y el estudio Una galaxia pop llamada One Piece (2025). Libros suyos han sido editados en Chile, España y Argentina. Tiene publicaciones en revistas como Jot Down, Granta, Buensalvaje y Caretas. En 2015 ganó el Premio Narrador Joven del Perú.

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