DESREALIZANDO EL REALISMO PERUANO
[Entrevista
a J. J. Maldonado[1]
sobre su libro E-mails con Roberto Bolaño]
Por Edward
Álvarez Yucra
Comencemos por deshilachar el asunto
de la autoficción. Ciertamente, J. J. Maldonado aparece en cinco cuentos de
diez en todo el libro. Sin embargo, al igual que Dante figura en la Divina comedia (1816) sin haber
recorrido la geografía católica y al igual que Borges figura en «El Aleph» (1945)
sin haber experimentado la omnisciencia; este J. J. Maldonado tiene experiencias
directas con Enrique Vila-Matas, Alejandro Zambra, Antonio Cisneros, Han Kang y
Pierre Michón sin haberlos conocido del modo narrado. En una entrevista para Infobae y otra para Diario Viral, ya mencionaste que este reflejo tuyo es concebido
desde la exageración. ¿Esto lo haces solo para reírte con los autores y no de
ellos?
En parte sí, en
parte no. Me interesaba romper, en principio, la línea que divide la ficción de
lo aparentemente real; es decir, difuminar ese espacio, ponerlo en tensión,
aprovechando mi «yo» autobiográfico, quien aparece como un J. J.
Maldonado con todos mis datos. Aunque, ciertamente, no soy yo, sino una
exageración de mí mismo, al igual que exagerados son los perfiles de los
escritores que aparecen en el libro. Esto, desde luego, es un artificio
narrativo para despistar al lector. En E-mails con Roberto Bolaño, los personajes se están tomando el
pelo todo el tiempo. Y supongo que esa es una forma en la que el tal J. J.
Maldonado de la ficción se ríe junto a los escritores protagonistas. Pero
también es una forma de poder politizar un poco el texto, porque yo estoy
convencido de que el humor también es un artefacto político.
Y sí, mi
intención iba un poco por allí. Deseaba quitarle la solemnidad a cierta literatura
peruana, sobre todo a la literatura escrita por gente de mi edad que, a veces,
parecen escribir muy serios y ceñudos, encorsetados incluso. Ya estaba un poco
aburrido de eso. A veces la pretensión de escribir «libros que hablen del Perú»
o «de nuestro tiempo» o «de las clases sociales» endurece mucho al escritor
peruano y no le deja soltarse, jugar en paz. Ese es, sin duda, un lastre del
realismo genérico, ese realismo que tanto mal le ha hecho a nuestra tradición y
que, hasta el día de hoy, se sigue emulando. Una de las formas de atentar
contra esa solemnidad literaria es a través del humor. Por eso, como dices, yo
me río junto a los escritores que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño.
Me burlo un poco de ellos, pero ellos también se burlan un poco de mí.
Goyo Torres Santillana, un narrador
arequipeño, me dijo en una entrevista que: «Mientras haya algo que criticar,
mientras la sociedad tenga deudas por saldar, el realismo seguirá vigente».
Pero no solo el realismo, también el fantasy,
el western, el policial, lo fantástico o lo absurdo pueden hablar
―incluso mejor que el realismo― de los problemas de una sociedad, porque estas
aproximaciones no se quedan en la foto, sino que trabajan con la deformación,
con la alegoría, con el monstruo, con la paranoia, con la desmesura imaginativa
como claves para entender los imaginarios de nuestro presente. En el Perú, de
hecho, se está explorando cada vez más esa vía en los últimos años, pese a que
el canon siga aferrado al realismo como si fuera la única forma «seria» de
escribir. Por ejemplo, pienso en los cuentos de la antología lovecraftiana Nada
humano sobrevive aquí (2025) que
publicó Alexis Iparraguirre, o ese festejo imaginativo que es Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (2025) de
Gianni Biffi, o Minimosca (2024)
de Gustavo Faverón, o Fieras (2023) de Mariangela Ugarelli, o Criaturas virales (2025) de Dany Salvatierra. Son
literaturas que hablan mejor de nuestra sociedad que propuestas inscritas en el
calco o «retrato» de la realidad más plana e inmediata. Supongo que por eso me
sorprende ver a tantos escritores de mi edad insistiendo aún en un realismo
tradicional, casi de manual, cuando estamos en el siglo XXI y ya ha recorrido
mucha agua debajo del puente de la literatura. Eso a veces delata estanco,
falta de lecturas y una idea demasiado tímida de la escritura.
¿Qué autores de nuestra tradición
literaria peruana nos ayudarían a sacudirnos un poco de las raíces tan hendidas
del realismo?
Yo diría que con
leer a los cronistas de indias, basta y sobra. ¿No te parece que mucho de lo
que escriben Garcilaso o Guamán Poma atenta contra la idea de realismo?
Agregaría también el Manuscrito de Huarochirí (1608) y la poesía de Eguren.
«Si
no es usted capaz de exagerar, es improbable que pueda escribir ficciones» ¿Qué opinas de esta sentencia de John D. Fitzgerald?
Yo opino que
estaba exagerando.
Rodrigo Fresán, Mario Vargas Llosa,
Mariana Enríquez, Fernanda Melchor y Roberto Bolaño ocupan los relatos del
resto del libro. En ellos, hay una dosis mayor de humor negro y de humor
violento a diferencia de los otros cinco relatos del conjunto, salvo quizá el
de Pierre Michón. ¿Esta es la clave para salir del realismo biográfico que
aparentemente sugieren? ¿Es a través de estos toques hiperbólicos que escapas
de la crónica o la referencialidad?
Yo utilizo mucho
la imaginación para escribir. Mi biografía o mi «mundo real»
nunca me han aportado demasiado material para la literatura. En E-mails con
Roberto Bolaño, aparece,
sí, un tal J. J. Maldonado que, como yo, ha vivido en Europa, ha tenido una
maestría en escritura creativa, ha publicado, se relaciona con escritores,
tiene cierta edad y ciertas características parecidas a las mías; pero ese J.
J. Maldonado es otro, totalmente otro. Solo me sirve como dispositivo narrativo
para engañar o despistar mejor. El resto es imaginación. Un J. J. Maldonado que
se transforma por completo en Zambra, por ejemplo, o que intenta asesinar a Han
Kang tras haberla plagiado en quechua, o que se va en busca de Pierre Michon en
Montauban, o que hace invocaciones vudú con Antonio Cisneros, es una verdadera
joya. Y desde luego, ese J. J. no soy yo. Creo que ese J. J. Maldonado es más
interesante, mucho más audaz, mejor lector y, sobre todo, más intuitivo. A
veces también es más violento, aunque siempre termina de mal en peor. De modo
que cuando llevo al máximo la imaginación, ese protagonista se hiperboliza y
puede hacer cosas extraordinarias como escribir La clase de griego (2011)
en quechua, por ejemplo. Cuando ese estado invade el texto, escapo
definitivamente de las formas de la crónica y de toda suerte de
autoreferencialidad.
¿Cómo defines la «imaginación»? Esta
palabra es interesantísima, con ella has caracterizado a la oleada
contemporánea de escritores que se apartan un poco de la tradición realista del
país.
Lo defino como
un espacio de libertad, el patio trasero en donde se puede hacer las travesuras
más interesantes y desmesuradas que no se permiten en las zonas solemnes y
aburridas.
Al conversar con Giovanni Puccio
Vega, mencionaste que te orientabas a una especie de metarrealismo pop. ¿Dirías
que está presente también en este nuevo libro de cuentos? ¿O has decidido tomar
distancia de esa tendencia?
La crítica ha
dicho que mi libro es muy pop, así que creo que me ha sido imposible escapar de
esa búsqueda, la cual es muy natural para mí, porque todo el rato estoy
consumiendo contenido pop y basura digital como foros, creepypastas o
videos absurdos. Más bien, me ha asombrado que algunos digan que E-mails con
Roberto Bolaño es un libro elitista. Pero, para mí, escritores como Roberto
Bolaño, Mario Vargas Llosa, Mariana Enriquez o Han Kang forman parte de la
cultura pop. Además, yo he escrito dos libros de ensayo sobre temas que están
fuera de toda élite como el anime y el manga. Me refiero a mis libros Narrativa
mesiánica: animes al rescate de la ficción (2024) y Una galaxia pop llamada One Piece (2025). En ese sentido, creo
que la cultura pop siempre estará presente en lo que yo escriba ―directa
o indirectamente―, porque lo pop está dentro de mi manera de vivir, dentro de mi manera de
ver el mundo. ¿O no te parece muy pop que el fantasma de un Roberto Bolaño creepy mande e-mails y pida packs
eróticos a una de sus groupies literarias?
Sí, por supuesto. En ese Bolaño noto
más que nada una traducción de su concepto a través del estilo caricaturesco
que manejas con base en el metarrealismo. Y es que, al igual que la metafísica
habla de algo que está más allá de la física, noto que el realismo que esbozas
va más allá de la realidad y trae a mi mente las series animadas, el anime y
los videojuegos.
Es que yo no
diría que lo mío es realismo. Pero si quieres ir por allí, y para darte el
gusto, diría que entonces es un hiperralismo, es decir, un realismo exagerado,
acelerado, llevado hasta sus extremos solo con la intención de deformarlo y
crear, así, otra suerte de realidad, una realidad alterada y llena de tensión,
con espacios por donde se cuela lo fantástico o lo absurdo, incluso, lo
cósmico. Y, en efecto, eso se relaciona mucho con los animes, los mangas, el
cómic, las creepypastas y los videojuegos que consumo. Creo que estas
narrativas marginales me han enseñado más como escritor que los propios libros
o talleres literarios.
En el relato de Vila-Matas y el de
Rodrigo Fresán hay una cierta intención de ahondar en conceptos personales y
literarios, digamos que ahondas en sus poéticas. En el caso de Vila-Matas, el
punto de vista y, en el caso de Fresán, la idea de Big Crack.
Yo creo que
Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán son escritores de estilo. Es decir, sus
libros narran la búsqueda o la reverberación del estilo. Eso, desde luego, los
vuelve conceptuales en muchos sentidos. Y yo, que los he leído muy bien, me
aproveché de eso para escribir relatos sobre ellos a partir del estilo y del
concepto. El lector atento se dará cuenta que ambos textos son homenajes
directos no solo a sus personas, sino también a sus formas de escribir y a sus
obsesiones literarias. Estoy muy contento de que la mayoría de los lectores
hayan recibido muy bien los cuentos «¿A quién mira Enrique Vila-Matas?»
y «Rodrigo Fresán en Big Crack». Aparecen mucho como los favoritos.
Y, en suma, ¿qué es el punto de
vista? ¿Qué es la Big Crack?
Prefiero no dar
una respuesta a eso. Que sea el lector quien saque sus propias conclusiones al
respecto.
¿Desde cuándo te apasiona la idea del
doble? Los cuentos que aluden a Zambra y Kang trabajan esa idea de la
duplicación, pues, en el caso del chileno, hay una suplantación del escritor
por parte del protagonista. En el de la coreana, hay una coincidencia o una
acusación de plagio por la publicación de La
clase de griego, la cual, en la historia, ha sido escrita antes por el
personaje central.
No estoy muy
seguro desde cuándo. Pero me interesaba tener en E-mails con Roberto Bolaño un
lado A y un lado B del concepto del doppelganger. Me refiero a ensayar
un cuento sobre la manera física del doble, de un otro «yo», como en el caso de J. J.
Maldonado y Zambra, por ejemplo; y sobre la manera artística y mental, que es
el caso del doble textual, donde aparece un manuscrito titulado La clase de
quechua, que es, digamos, un doppelganger de La clase de griego de
Han Kang. De esa manera, fui trabajando ambos cuentos y quedaron muy bien.
Recién ahora me doy cuenta de que también soy un escritor muy conceptual. Y la
culpa de eso lo tiene la ingente cantidad de ensayos que trago a diario. Pero
prometo cambiar la dieta pronto.
¿Tus ensayistas favoritos?
Compártenos un poco de esa dieta.
Son muchos. Pero
te puedo dar los nombres y títulos de lo que estoy leyendo ahora mismo para
evitar la ansiedad. Mito y archivo (1990) de Roberto González Echevarría; Metáfora y memoria (2016) de Cynthia Ozick y Las
políticas de la nostalgia (2022) de
Grafton Tanner, vía Alpha Decay.
Los peruanos que participan de estas
biografías apócrifas son Antonio Cisneros y Mario Vargas Llosa. Presuntamente,
buscas ventilar su vida privada en la ficción, pero, ¿lo que tratas de hacer,
en realidad, es bajarlos a tierra para que recordemos que eran personas tan
imperfectas como nosotros? ¿Tal vez enfocarlos desde el humor y la ironía para
verlos más allá del olimpo literario?
Yo quería hacer
una biografía alternativa de los escritores que aparecen en el libro. Una
suerte de catálogo sobre sus vidas secretas.
Pero claro: «secretas» en el sentido literario, no en el sentido notarial. No me interesa
ventilar la vida privada de los escritores como si esto fuera una columna de
chismes; me interesa el efecto de verdad que produce el «chisme» cuando entra a la ficción,
esa zona gris donde el lector dice «esto podría haber pasado» y, por lo mismo, se ilusiona
un poco. Y sí, creo que el humor me ayudó a poder acercarme mejor a ellos, en
especial a los escritores peruanos que aparecen en E-mails con Roberto
Bolaño. Cisneros y Vargas Llosa ―por distintas razones― han quedado convertidos en
estatuas: uno, por el aura del poeta; el otro, por el aparato del Nobel. A mí
me da más curiosidad la grieta que la estatua. En ese sentido, el humor y la
ironía que aplico en los textos no los «rebajan», al contrario, creo yo que los devuelven a su
condición más interesante, a su condición de personas, es decir, de seres
contradictorios, brillantes a ratos, ridículos a ratos, y casi siempre
demasiado humanos.
Las historias se nutren de varias
intertextualidades con las obras de los escritores. Es normal por el aura
paródica de estos relatos, pero, tal vez, podrías comentar un poco de estos
entrelazamientos narrativos con los casos de Mariana Enríquez y Fernanda
Melchor.
En esos dos
casos fui bastante explícito, casi descarado, y eso me gustaba. Con Mariana
Enríquez tomé el personaje y el ambiente de su cuento «La casa de Adela»
(2012) como
si estuviera escribiendo un fanfic:
entrar a esa atmósfera ―la casa como imán oscuro, el barrio en Lanús, la lógica de lo siniestro
cotidiano— y hacerla trabajar para mi propio cuento con Mariana Enriquez como
amiga de Adela, pero también de la narradora del relato. Algo parecido sucedió
con mi relato sobre Fernanda Melchor. Fanfic
en estado puro. La idea siempre fue meterlas a ellas dentro de su propio
universo, junto a sus personajes, y encima aterrorizar con eso. La gracia es que.
en E-mails con Roberto Bolaño,
el homenaje parezca una travesura, y la travesura termine pareciendo
una amenaza velada.
¿Dirías que esta forma de crear el fanfic es millennial?
Por supuesto que
no. Existe la escritura del fanfic desde las épocas bíblicas. Es algo
que siempre ha estado en la historia de la literatura. Por ejemplo, ¿qué es si
no la versión fanfic de Don Quijote que hizo Alonso Fernández de
Avellaneda y que obligó a Cervantes a escribir su segundo tomo? De millennial
no tiene nada el fanfic.
¿En alguna ficción futura J. J.
Maldonado conocerá a Diosito de El amor es un perro que ruge desde los
abismos (2021)?
En la novela que
estoy escribiendo ahora, en un capítulo que está en la página 453 del Word, J.
J. Maldonado se topa con Diosito y se mandan una buena escena psicodélica donde
uno de ellos empieza a interactuar con Cormac McCarthy. Pero Diosito solo
aparece como un personaje MacGuffin, o sea, entra en escena un rato y luego,
tras crear la excusa narrativa, ya deja de tener mayor protagonismo.
En el relato de Pierre Michon, hay
una suerte de apadrinamiento que mueve la historia. Y claro, viene de la
admiración que produce el escritor francés en J. J. Maldonado, pero lo que
resulta de este vínculo es el contagio de la enfermedad literaria, de aquella
locura que experimenta Michon y asume Maldonado en el cuento. ¿Piensas que hay
actitudes rescatables o ejemplares de los escritores de tu libro que podríamos
seguir?
Por el bien de
todo joven escritor, yo espero que no sigan a ninguno de ellos. Al contrario,
escapen, huyan, manténganse alejados con un cartel que diga: «Aquí
no se permiten escritores».
En tu entrevista con Jaime Cabrera
para Lee por Gusto, mencionaste que escribir es una excusa para capitalizar
tiempo en soledad.
Bueno, eso lo
dije yo porque a mí me gusta estar solo, me gusta la soledad y que me dejen en
paz. Pero a veces la gente cree que eso es malo, que uno está loco; y la mejor
manera para justificar esa búsqueda de soledad, es sofisticar el concepto a
través del ejercicio de la escritura. Porque cuando uno escribe, el otro siente
que estás haciendo algo, “produciendo algo”, y así trata de entenderte y
dejarte en paz. De esa manera puedo ganar unas tres o cuatro horas sin que
nadie me moleste o quedarme solo el fin de semana sin que parezca demasiado
raro. Escribo para que nadie se meta con mis espacios de soledad.
En el relato sobre Bolaño, hay una
especie de catarsis sentimental, al mismo tiempo que una parodia de sus deseos
morbosos. ¿Aquí intentas exhibir el lugar que adquiere la literatura como
panacea emotiva, pero desde el humor negro?
Yo creo que Roberto Bolaño siempre tuvo mucho humor
en su literatura, aunque mucha de ella no lo parezca a simple vista. Pero
pienso que Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), incluso su poesía, su obra
en general, está llena de un tóxico y terrible humor negro, donde se burla de
todos a diestra y siniestra: de la literatura, de los lectores, de los escritores,
de los editores, de todos; no queda títere con cabeza. Entonces, lo mínimo que
tenía que hacer era devolverle el gesto: retratarlo como una fuerza oscura y
juguetona, capaz de convertir la literatura en una broma incómoda. Porque
Bolaño, al final, siempre supo que la literatura era una suerte de ajuste de
cuentas. Y a mí me interesaba ese punto exacto donde una cosa se confunde con
la otra, y lo único que queda es reírse para no ponerse solemne. Creo que a él le
habría gustado mucho este libro. Estoy seguro que Roberto Bolaño se reirá
alguna vez conmigo en el infierno.
Alberto Buendía Matamoros le dio una
crítica a tu libro diferente de muchas otras. ¿Cómo sueles tomar la crítica en
general? ¿Qué le aconsejarías a un escritor emergente sobre la recepción de la
crítica?
Mi único consejo
sería contarle una anécdota de Cormac McCarthy. Como muchos saben, el autor de Meridiano
de sangre (1985) era
muy ajeno al mundo mediático y le gustaba vivir como un ermitaño. Casi no daba
entrevistas ni respondía a los correos de los periodistas. Pero un día leyó una
reseña sobre un libro suyo en The New York Times y le pidió a su agente
el correo de ese crítico literario para mandarle una carta. Según el crítico de
The New York Times, esta carta solo tenía dos palabras: «FUCK
YOU!»
11 de enero de 2026
[1] J. J.
Maldonado (Lima, Perú). Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu
Fabra de Barcelona. Magíster en Estudios Avanzados en Literatura Española e
Hispanoamericana por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Es autor
de E-mails con Roberto Bolaño (Seix Barral,
2025), El amor es un perro que ruge desde los abismos (Planeta,
2021) y del ensayo Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (Fondo
Editorial UCV, 2024). También ha publicado el conjunto de cuentos Quien golpea
primero golpea dos veces (2020) y el estudio Una galaxia pop
llamada One Piece (2025). Libros suyos han sido editados en Chile,
España y Argentina. Tiene publicaciones en revistas como Jot Down,
Granta, Buensalvaje y Caretas. En 2015 ganó el Premio
Narrador Joven del Perú.


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