lunes, 12 de enero de 2026

J. J. Maldonado. Desrealizando el realismo peruano

 

DESREALIZANDO EL REALISMO PERUANO

 

[Entrevista a J. J. Maldonado[1]
sobre su libro E-mails con Roberto Bolaño]

 

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 





 

Comencemos por deshilachar el asunto de la autoficción. Ciertamente, J. J. Maldonado aparece en cinco cuentos de diez en todo el libro. Sin embargo, al igual que Dante figura en la Divina comedia (1816) sin haber recorrido la geografía católica y al igual que Borges figura en «El Aleph» (1945) sin haber experimentado la omnisciencia; este J. J. Maldonado tiene experiencias directas con Enrique Vila-Matas, Alejandro Zambra, Antonio Cisneros, Han Kang y Pierre Michón sin haberlos conocido del modo narrado. En una entrevista para Infobae y otra para Diario Viral, ya mencionaste que este reflejo tuyo es concebido desde la exageración. ¿Esto lo haces solo para reírte con los autores y no de ellos?

 

En parte sí, en parte no. Me interesaba romper, en principio, la línea que divide la ficción de lo aparentemente real; es decir, difuminar ese espacio, ponerlo en tensión, aprovechando mi «yo» autobiográfico, quien aparece como un J. J. Maldonado con todos mis datos. Aunque, ciertamente, no soy yo, sino una exageración de mí mismo, al igual que exagerados son los perfiles de los escritores que aparecen en el libro. Esto, desde luego, es un artificio narrativo para despistar al lector. En E-mails con Roberto Bolaño, los personajes se están tomando el pelo todo el tiempo. Y supongo que esa es una forma en la que el tal J. J. Maldonado de la ficción se ríe junto a los escritores protagonistas. Pero también es una forma de poder politizar un poco el texto, porque yo estoy convencido de que el humor también es un artefacto político.

Y sí, mi intención iba un poco por allí. Deseaba quitarle la solemnidad a cierta literatura peruana, sobre todo a la literatura escrita por gente de mi edad que, a veces, parecen escribir muy serios y ceñudos, encorsetados incluso. Ya estaba un poco aburrido de eso. A veces la pretensión de escribir «libros que hablen del Perú» o «de nuestro tiempo» o «de las clases sociales» endurece mucho al escritor peruano y no le deja soltarse, jugar en paz. Ese es, sin duda, un lastre del realismo genérico, ese realismo que tanto mal le ha hecho a nuestra tradición y que, hasta el día de hoy, se sigue emulando. Una de las formas de atentar contra esa solemnidad literaria es a través del humor. Por eso, como dices, yo me río junto a los escritores que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño. Me burlo un poco de ellos, pero ellos también se burlan un poco de mí.

 

Goyo Torres Santillana, un narrador arequipeño, me dijo en una entrevista que: «Mientras haya algo que criticar, mientras la sociedad tenga deudas por saldar, el realismo seguirá vigente».

 

Pero no solo el realismo, también el fantasy, el western, el policial, lo fantástico o lo absurdo pueden hablar ―incluso mejor que el realismo― de los problemas de una sociedad, porque estas aproximaciones no se quedan en la foto, sino que trabajan con la deformación, con la alegoría, con el monstruo, con la paranoia, con la desmesura imaginativa como claves para entender los imaginarios de nuestro presente. En el Perú, de hecho, se está explorando cada vez más esa vía en los últimos años, pese a que el canon siga aferrado al realismo como si fuera la única forma «seria» de escribir. Por ejemplo, pienso en los cuentos de la antología lovecraftiana Nada humano sobrevive aquí (2025) que publicó Alexis Iparraguirre, o ese festejo imaginativo que es Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (2025) de Gianni Biffi, o Minimosca (2024) de Gustavo Faverón, o Fieras (2023) de Mariangela Ugarelli, o Criaturas virales (2025) de Dany Salvatierra. Son literaturas que hablan mejor de nuestra sociedad que propuestas inscritas en el calco o «retrato» de la realidad más plana e inmediata. Supongo que por eso me sorprende ver a tantos escritores de mi edad insistiendo aún en un realismo tradicional, casi de manual, cuando estamos en el siglo XXI y ya ha recorrido mucha agua debajo del puente de la literatura. Eso a veces delata estanco, falta de lecturas y una idea demasiado tímida de la escritura.

 

¿Qué autores de nuestra tradición literaria peruana nos ayudarían a sacudirnos un poco de las raíces tan hendidas del realismo?

 

Yo diría que con leer a los cronistas de indias, basta y sobra. ¿No te parece que mucho de lo que escriben Garcilaso o Guamán Poma atenta contra la idea de realismo? Agregaría también el Manuscrito de Huarochirí (1608) y la poesía de Eguren.

 

«Si no es usted capaz de exagerar, es improbable que pueda escribir ficciones» ¿Qué opinas de esta sentencia de John D. Fitzgerald?

 

Yo opino que estaba exagerando.

 

Rodrigo Fresán, Mario Vargas Llosa, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor y Roberto Bolaño ocupan los relatos del resto del libro. En ellos, hay una dosis mayor de humor negro y de humor violento a diferencia de los otros cinco relatos del conjunto, salvo quizá el de Pierre Michón. ¿Esta es la clave para salir del realismo biográfico que aparentemente sugieren? ¿Es a través de estos toques hiperbólicos que escapas de la crónica o la referencialidad?

 

Yo utilizo mucho la imaginación para escribir. Mi biografía o mi «mundo real» nunca me han aportado demasiado material para la literatura. En E-mails con Roberto Bolaño, aparece, sí, un tal J. J. Maldonado que, como yo, ha vivido en Europa, ha tenido una maestría en escritura creativa, ha publicado, se relaciona con escritores, tiene cierta edad y ciertas características parecidas a las mías; pero ese J. J. Maldonado es otro, totalmente otro. Solo me sirve como dispositivo narrativo para engañar o despistar mejor. El resto es imaginación. Un J. J. Maldonado que se transforma por completo en Zambra, por ejemplo, o que intenta asesinar a Han Kang tras haberla plagiado en quechua, o que se va en busca de Pierre Michon en Montauban, o que hace invocaciones vudú con Antonio Cisneros, es una verdadera joya. Y desde luego, ese J. J. no soy yo. Creo que ese J. J. Maldonado es más interesante, mucho más audaz, mejor lector y, sobre todo, más intuitivo. A veces también es más violento, aunque siempre termina de mal en peor. De modo que cuando llevo al máximo la imaginación, ese protagonista se hiperboliza y puede hacer cosas extraordinarias como escribir La clase de griego (2011) en quechua, por ejemplo. Cuando ese estado invade el texto, escapo definitivamente de las formas de la crónica y de toda suerte de autoreferencialidad.

 

¿Cómo defines la «imaginación»? Esta palabra es interesantísima, con ella has caracterizado a la oleada contemporánea de escritores que se apartan un poco de la tradición realista del país.

 

Lo defino como un espacio de libertad, el patio trasero en donde se puede hacer las travesuras más interesantes y desmesuradas que no se permiten en las zonas solemnes y aburridas. 

 

Al conversar con Giovanni Puccio Vega, mencionaste que te orientabas a una especie de metarrealismo pop. ¿Dirías que está presente también en este nuevo libro de cuentos? ¿O has decidido tomar distancia de esa tendencia?

 

La crítica ha dicho que mi libro es muy pop, así que creo que me ha sido imposible escapar de esa búsqueda, la cual es muy natural para mí, porque todo el rato estoy consumiendo contenido pop y basura digital como foros, creepypastas o videos absurdos. Más bien, me ha asombrado que algunos digan que E-mails con Roberto Bolaño es un libro elitista. Pero, para mí, escritores como Roberto Bolaño, Mario Vargas Llosa, Mariana Enriquez o Han Kang forman parte de la cultura pop. Además, yo he escrito dos libros de ensayo sobre temas que están fuera de toda élite como el anime y el manga. Me refiero a mis libros Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (2024) y Una galaxia pop llamada One Piece (2025). En ese sentido, creo que la cultura pop siempre estará presente en lo que yo escriba directa o indirectamente, porque lo pop está dentro de mi manera de vivir, dentro de mi manera de ver el mundo. ¿O no te parece muy pop que el fantasma de un Roberto Bolaño creepy mande e-mails y pida packs eróticos a una de sus groupies literarias?

 

Sí, por supuesto. En ese Bolaño noto más que nada una traducción de su concepto a través del estilo caricaturesco que manejas con base en el metarrealismo. Y es que, al igual que la metafísica habla de algo que está más allá de la física, noto que el realismo que esbozas va más allá de la realidad y trae a mi mente las series animadas, el anime y los videojuegos.

 

Es que yo no diría que lo mío es realismo. Pero si quieres ir por allí, y para darte el gusto, diría que entonces es un hiperralismo, es decir, un realismo exagerado, acelerado, llevado hasta sus extremos solo con la intención de deformarlo y crear, así, otra suerte de realidad, una realidad alterada y llena de tensión, con espacios por donde se cuela lo fantástico o lo absurdo, incluso, lo cósmico. Y, en efecto, eso se relaciona mucho con los animes, los mangas, el cómic, las creepypastas y los videojuegos que consumo. Creo que estas narrativas marginales me han enseñado más como escritor que los propios libros o talleres literarios.

 

En el relato de Vila-Matas y el de Rodrigo Fresán hay una cierta intención de ahondar en conceptos personales y literarios, digamos que ahondas en sus poéticas. En el caso de Vila-Matas, el punto de vista y, en el caso de Fresán, la idea de Big Crack.

 

Yo creo que Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán son escritores de estilo. Es decir, sus libros narran la búsqueda o la reverberación del estilo. Eso, desde luego, los vuelve conceptuales en muchos sentidos. Y yo, que los he leído muy bien, me aproveché de eso para escribir relatos sobre ellos a partir del estilo y del concepto. El lector atento se dará cuenta que ambos textos son homenajes directos no solo a sus personas, sino también a sus formas de escribir y a sus obsesiones literarias. Estoy muy contento de que la mayoría de los lectores hayan recibido muy bien los cuentos «¿A quién mira Enrique Vila-Matas?» y «Rodrigo Fresán en Big Crack». Aparecen mucho como los favoritos.

 

Y, en suma, ¿qué es el punto de vista? ¿Qué es la Big Crack?

 

Prefiero no dar una respuesta a eso. Que sea el lector quien saque sus propias conclusiones al respecto. 

 

¿Desde cuándo te apasiona la idea del doble? Los cuentos que aluden a Zambra y Kang trabajan esa idea de la duplicación, pues, en el caso del chileno, hay una suplantación del escritor por parte del protagonista. En el de la coreana, hay una coincidencia o una acusación de plagio por la publicación de La clase de griego, la cual, en la historia, ha sido escrita antes por el personaje central.

 

No estoy muy seguro desde cuándo. Pero me interesaba tener en E-mails con Roberto Bolaño un lado A y un lado B del concepto del doppelganger. Me refiero a ensayar un cuento sobre la manera física del doble, de un otro «yo», como en el caso de J. J. Maldonado y Zambra, por ejemplo; y sobre la manera artística y mental, que es el caso del doble textual, donde aparece un manuscrito titulado La clase de quechua, que es, digamos, un doppelganger de La clase de griego de Han Kang. De esa manera, fui trabajando ambos cuentos y quedaron muy bien. Recién ahora me doy cuenta de que también soy un escritor muy conceptual. Y la culpa de eso lo tiene la ingente cantidad de ensayos que trago a diario. Pero prometo cambiar la dieta pronto.  

 

¿Tus ensayistas favoritos? Compártenos un poco de esa dieta.

 

Son muchos. Pero te puedo dar los nombres y títulos de lo que estoy leyendo ahora mismo para evitar la ansiedad. Mito y archivo (1990) de Roberto González Echevarría; Metáfora y memoria (2016) de Cynthia Ozick y Las políticas de la nostalgia (2022) de Grafton Tanner, vía Alpha Decay.

 

Los peruanos que participan de estas biografías apócrifas son Antonio Cisneros y Mario Vargas Llosa. Presuntamente, buscas ventilar su vida privada en la ficción, pero, ¿lo que tratas de hacer, en realidad, es bajarlos a tierra para que recordemos que eran personas tan imperfectas como nosotros? ¿Tal vez enfocarlos desde el humor y la ironía para verlos más allá del olimpo literario?

 

Yo quería hacer una biografía alternativa de los escritores que aparecen en el libro. Una suerte de catálogo sobre sus vidas secretas.  Pero claro: «secretas» en el sentido literario, no en el sentido notarial. No me interesa ventilar la vida privada de los escritores como si esto fuera una columna de chismes; me interesa el efecto de verdad que produce el «chisme» cuando entra a la ficción, esa zona gris donde el lector dice «esto podría haber pasado» y, por lo mismo, se ilusiona un poco. Y sí, creo que el humor me ayudó a poder acercarme mejor a ellos, en especial a los escritores peruanos que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño. Cisneros y Vargas Llosa por distintas razones han quedado convertidos en estatuas: uno, por el aura del poeta; el otro, por el aparato del Nobel. A mí me da más curiosidad la grieta que la estatua. En ese sentido, el humor y la ironía que aplico en los textos no los «rebajan», al contrario, creo yo que los devuelven a su condición más interesante, a su condición de personas, es decir, de seres contradictorios, brillantes a ratos, ridículos a ratos, y casi siempre demasiado humanos. 

 

Las historias se nutren de varias intertextualidades con las obras de los escritores. Es normal por el aura paródica de estos relatos, pero, tal vez, podrías comentar un poco de estos entrelazamientos narrativos con los casos de Mariana Enríquez y Fernanda Melchor.

 

En esos dos casos fui bastante explícito, casi descarado, y eso me gustaba. Con Mariana Enríquez tomé el personaje y el ambiente de su cuento «La casa de Adela» (2012) como si estuviera escribiendo un fanfic: entrar a esa atmósfera la casa como imán oscuro, el barrio en Lanús, la lógica de lo siniestro cotidiano— y hacerla trabajar para mi propio cuento con Mariana Enriquez como amiga de Adela, pero también de la narradora del relato. Algo parecido sucedió con mi relato sobre Fernanda Melchor. Fanfic en estado puro. La idea siempre fue meterlas a ellas dentro de su propio universo, junto a sus personajes, y encima aterrorizar con eso. La gracia es que. en E-mails con Roberto Bolaño, el homenaje parezca una travesura, y la travesura termine pareciendo una amenaza velada.

 

¿Dirías que esta forma de crear el fanfic es millennial?

 

Por supuesto que no. Existe la escritura del fanfic desde las épocas bíblicas. Es algo que siempre ha estado en la historia de la literatura. Por ejemplo, ¿qué es si no la versión fanfic de Don Quijote que hizo Alonso Fernández de Avellaneda y que obligó a Cervantes a escribir su segundo tomo? De millennial no tiene nada el fanfic.

 

¿En alguna ficción futura J. J. Maldonado conocerá a Diosito de El amor es un perro que ruge desde los abismos (2021)?

 

En la novela que estoy escribiendo ahora, en un capítulo que está en la página 453 del Word, J. J. Maldonado se topa con Diosito y se mandan una buena escena psicodélica donde uno de ellos empieza a interactuar con Cormac McCarthy. Pero Diosito solo aparece como un personaje MacGuffin, o sea, entra en escena un rato y luego, tras crear la excusa narrativa, ya deja de tener mayor protagonismo.

 

En el relato de Pierre Michon, hay una suerte de apadrinamiento que mueve la historia. Y claro, viene de la admiración que produce el escritor francés en J. J. Maldonado, pero lo que resulta de este vínculo es el contagio de la enfermedad literaria, de aquella locura que experimenta Michon y asume Maldonado en el cuento. ¿Piensas que hay actitudes rescatables o ejemplares de los escritores de tu libro que podríamos seguir?

 

Por el bien de todo joven escritor, yo espero que no sigan a ninguno de ellos. Al contrario, escapen, huyan, manténganse alejados con un cartel que diga: «Aquí no se permiten escritores».

 

En tu entrevista con Jaime Cabrera para Lee por Gusto, mencionaste que escribir es una excusa para capitalizar tiempo en soledad.

 

Bueno, eso lo dije yo porque a mí me gusta estar solo, me gusta la soledad y que me dejen en paz. Pero a veces la gente cree que eso es malo, que uno está loco; y la mejor manera para justificar esa búsqueda de soledad, es sofisticar el concepto a través del ejercicio de la escritura. Porque cuando uno escribe, el otro siente que estás haciendo algo, “produciendo algo”, y así trata de entenderte y dejarte en paz. De esa manera puedo ganar unas tres o cuatro horas sin que nadie me moleste o quedarme solo el fin de semana sin que parezca demasiado raro. Escribo para que nadie se meta con mis espacios de soledad. 

 

En el relato sobre Bolaño, hay una especie de catarsis sentimental, al mismo tiempo que una parodia de sus deseos morbosos. ¿Aquí intentas exhibir el lugar que adquiere la literatura como panacea emotiva, pero desde el humor negro?

 

Yo creo que Roberto Bolaño siempre tuvo mucho humor en su literatura, aunque mucha de ella no lo parezca a simple vista. Pero pienso que Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), incluso su poesía, su obra en general, está llena de un tóxico y terrible humor negro, donde se burla de todos a diestra y siniestra: de la literatura, de los lectores, de los escritores, de los editores, de todos; no queda títere con cabeza. Entonces, lo mínimo que tenía que hacer era devolverle el gesto: retratarlo como una fuerza oscura y juguetona, capaz de convertir la literatura en una broma incómoda. Porque Bolaño, al final, siempre supo que la literatura era una suerte de ajuste de cuentas. Y a mí me interesaba ese punto exacto donde una cosa se confunde con la otra, y lo único que queda es reírse para no ponerse solemne. Creo que a él le habría gustado mucho este libro. Estoy seguro que Roberto Bolaño se reirá alguna vez conmigo en el infierno.

 

Alberto Buendía Matamoros le dio una crítica a tu libro diferente de muchas otras. ¿Cómo sueles tomar la crítica en general? ¿Qué le aconsejarías a un escritor emergente sobre la recepción de la crítica?

 

Mi único consejo sería contarle una anécdota de Cormac McCarthy. Como muchos saben, el autor de Meridiano de sangre (1985) era muy ajeno al mundo mediático y le gustaba vivir como un ermitaño. Casi no daba entrevistas ni respondía a los correos de los periodistas. Pero un día leyó una reseña sobre un libro suyo en The New York Times y le pidió a su agente el correo de ese crítico literario para mandarle una carta. Según el crítico de The New York Times, esta carta solo tenía dos palabras: «FUCK YOU!»  

 

 

 

 

11 de enero de 2026











[1] J. J. Maldonado (Lima, Perú). Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Magíster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Es autor de  E-mails con Roberto Bolaño  (Seix Barral, 2025), El amor es un perro que ruge desde los abismos (Planeta, 2021) y del ensayo Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (Fondo Editorial UCV, 2024). También ha publicado el conjunto de cuentos Quien golpea primero golpea dos veces (2020) y el estudio Una galaxia pop llamada One Piece (2025). Libros suyos han sido editados en Chile, España y Argentina. Tiene publicaciones en revistas como Jot Down, Granta, Buensalvaje y Caretas. En 2015 ganó el Premio Narrador Joven del Perú.

martes, 25 de noviembre de 2025

Zoila Vega Salvatierra. Paradojas de la identidad en una sinfonía

 

PARADOJAS DE LA IDENTIDAD EN UNA SINFONÍA

 


[Entrevista a Zoila Vega Salvatierra[1]
sobre su libro Cantan al hablar]

 

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 




 


Hay seis puntos de vista en tu novela que están dirigidos por distintos pianos. Sin embargo, las historias que entran a tallar terminan adoptando el protagonismo. Entre ellas, está una que nos remite a la Orquestal de Arequipa y nos deja ver su auge y decadencia. Si bien en otras entrevistas has mencionado que hay un canto de nostalgia al rememorar este cambio de sensibilidad, el cual es notable en dicha historia, ¿no crees que hay algo por rescatar de ese pasado para el presente? Los tiempos no volverán a ser precisamente lo mismos, pero, ¿acaso hay actitudes, hábitos o aportes de aquel pasado musical que cabe recobrar a través de lo descrito en tu novela?

 

Claro que lo creo y, por eso, todos los pianos cierran sus historias con un dejo de esperanza y optimismo. Casi todos dicen la palabra «gracias» de alguna forma o se enfrentan al futuro con entereza, con valentía o con una buena dosis de estoicismo. Salvo el Yamaha, son pianos históricos y, a veces, el peso de su pasado determina su visión. No son ingenuos. Aun así, se consideran afortunados.

 

¿Aquellos tiempos eran mucho más duros que los actuales? ¿De esa situación les viene esa forma de ser estoica?

 

Yo creo que, si vives una larga vida, terminas por asumir algun tipo de posición filosófica ante la existencia. Unos se ponen sibaritas, otros practican el estoicismo y otros predican el epicureísmo. No sé si la vida de antes fue dura, pero la actual lo es. Quizás por eso Marco Aurelio se ha puesto de moda.

 

Es cuanto menos curiosa la conclusión del piano de la Orquestal, quien históricamente fue un regalo del presidente Legía: «La paz política trajo decadencia artística. Terrible paradoja». Y es que, muchas veces pareciera que la música está ligada netamente al ocio o a los pasatiempos, pero aquí me parece que remarcas las implicancias ideológicas que puede tener todo arte. Precisamente, los siguientes presidentes, al no hallarse contrariados con Arequipa, dispensan del apoyo que le puedan dar para su producción musical; no les resulta prioritario. ¿El artista no solo necesita la paz para crear o interpretar? ¿También necesita la guerra?

 

Solo una aclaración: el piano fue un regalo de Odría, en la década de los 50. Fue una licencia que yo me tomé el darle a Odría la iniciativa de regalar un piano. No sé exactamente a quién se le ocurrió, pero sí es cierto que el auspicio a la ópera fue el pretexto para intentar congraciarse con la ciudad. Es decir, fue un gesto político e interesado. También fue licencia mía el sesgar lo suficiente la narración para hacer parecer que ahí empezaba el abandono del Estado, pero, en realidad, la orquesta por esas épocas era una organización privada y no se esperaba que recibiera ayuda. Esta llegó diez años después, cuando el Estado aceptó gerenciarla y con el paso del tiempo eso permitió su supervivencia.

No, no creo que los artistas necesiten de medios estresantes para surgir. De hecho, en mis estudios históricos, encuentro una constante: en el campo de la creación y la interpretación, cuando más estable y próspera es la situación financiera, social, cultural y existe paz interna, se da mayor diversidad y empuje en la música. Por ejemplo, en la etapa de la prosperidad guanera, en la década de los 50 y en los últimos treinta años. Pero, por supuesto, no puedo generalizar.

 

En una entrevista con Johnny Padilla, mencionaste que cuando más estresada estás con tu lado musical, más escribes.

 

Ah, porque llevo una vida intelectual algo embrollada. Recuerdo que, en los descansos de los ensayos de la orquesta, llevaba mi cuaderno y me ponía a escribir mis novelas de aventuras espaciales o de princesas a caballo era una adolescente muy inquieta. Cuando estudiaba dirección orquestal en México, terminé mi primera novela impublicable de 800 páginas y durante la redacción de mi última tesis reescribí por completo otra novela imposible. Ahora que estoy más dedicada a la musicología, se repite el patrón. Hasta he inventado dos personajes: Musa la inspiración literaria y Epifanía el rigor intelectual de la investigación―, que se pelean por mi tiempo. Algunas de sus aventuras las publiqué en Facebook en los días en que no podía escribir mucho. Hay períodos en que Epifanía toma el control, pero entonces me siento oprimida, vacía. Y cuando Musa funciona a todo vapor, podrían echarme del trabajo.

 

Una de las historias más trágicas fue la de Roberto, un muchacho de pocos recursos que empezó a innovar la música en privado al unir melodías nativas y populares con otras de la música clásica. Él encarna el genio romántico, tan apasionado y destructivo, que incluso linda con la locura. Y, además, dicha locura también tiene relación con el estatus social, ya que Roberto se enamora de una chica que le resulta inalcanzable por su pobreza; por lo que entiendo que los caminos de la música demandan ciertos sacrificios y riesgos que pueden sacar lo más brillante y lo más desastroso de cada uno.

 

Pues lo has entendido mucho mejor que yo misma. Los artistas también son seres humanos, así que tienen dentro de ellos lados luminosos y ––parafraseando una novela mía–– cavernas tenebrosas en sus maneras de ser.

 

Y es un poco insólito cómo su piano aboga por él luego de cometer una locura. Se aferra con mucho afecto a la figura de su amo, incluso cuando ya no puede estar con él. Tanto la historia de Rönisch como la del Bechstein son las que más resaltan por ese grado de fidelidad. ¿Diría que los objetos, en este caso los pianos, más que tener una historia propia, son atravesados por las historias de sus amos? ¿Su vida es, en realidad, la vida de los otros? Lo pregunto considerando que son entes inmóviles y deben someterse a lo que suceda en su alrededor, no operan de una forma que les permita escribir su propia historia pese a tener consciencia.

 

Es verdad, no tienen «agencia», iniciativa. Y, aun así, resisten desde su silencioso mundo interno interesante paradoja, porque un piano no es silencioso. Reconstruyen su pasado, lo verbalizan ante un entrevistador invisible que es el novelista. Pero su simple presencia es un acto de resistencia, creo yo. Es más, ese piano acaba de ser restaurado y se le ha asegurado varias décadas más de vida, así que su historia continúa.

 

Mencioné el caso de Roberto porque he notado un contraste con Elena, quien no se encuentra en la misma situación económica y desarrolla un aprendizaje casi ininterrumpido, salvo por ser una fugitiva del teclado. La música, hasta cierto punto, está condicionada por esa capacidad de solvento. Para escribir, uno puede comenzar con una pluma y un papel, pero para hacer música, primero es indispensable adquirir un instrumento que cuesta mucho más de lo que cuestan los materiales de trabajo de un escritor.

 

A menos que seas cantante y ya traigas incorporado el instrumento contigo. Pero puedes hacer música con un par de cucharas o un cajón de fruta, tus manos o cualquier cosa que se te ponga a mano. Pero, en algunas formas de música, sí, se demanda cierto gasto y no es solo por el instrumento. Los repuestos, el mantenimiento del instrumeno, los métodos y partituras ––aún cuando existen las prácticas de pirateo y el PDF––, las lecciones; son el gasto corriente de un músico y no hablo solo del que ejerce música de tradición escrita.

No estoy segura si es menos onerosa la escritura. El papel y la pluma también tienen un costo diferente, pero, si bien leer es gratis, los libros no lo son; y ese es el insumo principal de un escritor. Además, está el asunto de cuánto cuesta generar una idea original y plasmarla por escrito. No me atrevo a presupuestar eso.

 

Es curioso cómo pareciera que todos quieren tener un piano en el siglo XX pese a su situación económica; de algún modo, deseaban acceder a ese cosmopolitismo y modernidad que representaba. Hoy, parece inconcebible esa necesidad de producir música para tenerla en casa. Pero, tal vez, más que solo reducir su uso al de reproducir música y compararlo con la radio, ¿piensa que acceder al piano también era acceder a profundizar en la música? ¿Comprenderla en su composición y complejidad?

 

Sí, es verdad. El piano apareció en un periodo de la historia en que las personas estaban más comprometidas con la producción sonora, porque se veían obligadas a hacer música por sí mismas, aunque no fueran músicos profesionales. La tecnificación, la grabación acabó con esa necesidad y democratizó el acceso a la música. No obstante, veo un regreso, en el sector educativo a un ideal renacentista sobre la importancia de la música en la formación de niños y adolescentes, aunque no se vuelvan músicos profesionales y el piano, al igual que otros instrumentos, sigue estando presente.

 

También hay cierto humor en los pasajes que relatas. Tanto en la ocasión en la que un piano se escandaliza porque un desconocido del público lo empieza a tocar sin consentimiento como en el encontronazo que tiene Don José con uno de sus estudiantes en un año que lindan con los 80.  Pese a que José viene de la famosa revolución del 50 y simpatizó con perspectivas afines a la ideología que parece promulgar su alumno en una década diferente, su visión sobre el arte es radicalmente opuesta y eso produce una suerte de persecución algo caricaturesca. ¿Por qué enfocar una situación tan polémica con ese humor?

 

Porque no puedo evitarlo. En mi casa siempre se contaba esa escena con un humor socarrón mi padre fue testigo. Con el tiempo, me di cuenta de que esas pugnas partidarias que significaron tanto para sus protagonistas; cincuenta o sesenta años después, no servían para nada. Las pasiones vertidas en tales diatribas, vistas por alguien que ha vivido tantos años como el piano, se vuelven meros episodios anecdóticos en la vorágine del tiempo y no queda más que contarlos con un tono, en apariencia, indiferente. Admito que lo hice para salpimentar un poco el relato de Rönisch que, de otra manera, se volvería un poco antipático, con tanta amargura a cuestas.

 

¿Piensas que la literatura peruana es muy seria? ¿No hemos cultivado mucho el humor?

 

Pues no lo sé. Los escritos de Felipe Pardo y Aliaga, las Tradiciones (19872) de Palma, el teatro de Manuel Ascensio Segura y de Yerovi, los cuentos de Manuel Beingolea y hasta Pantaleón y las Visitadoras (1973) de Vargas Llosa son ejemplos geniales de una visión crítica del mundo en tono de humor. César Vega Herrera también ha escrito desde el teatro en ese tono, y creo que ese es un rasgo de familia. La ironía, la comedia y la sátira son muy serias; es necesario saber hacerlas.

 

En cuanto a la historia de los alemanes que fueron deportados, la imagen de Óskar mueve esa trama sentimental, resumida en la melancolía que expresa su piano al extrañarlo a él y a su familia luego de ser deportados a causa de la Segunda guerra mundial.  Esta melancolía está arraigada al origen, pues el piano reafirma muchas veces su estirpe germana y la de sus dueños. Incluso, después, asume que tendría que alejarse de casa con la seguridad de que estará bajo el cuidado de otros alemanes. ¿En él hay un ejemplo del amor a las raíces? ¿O es acaso una suerte de retrato del nacionalismo alemán?

 

Un poco de todo lo que mencionas, pero tambien un desprecio soterrado a lo que lo rodea. Si no está con alemanes, no está bien acompañado y eso también es un rasgo de sus dueños, que arrastran un fuerte prejuicio y un sentimiento de superioridad que luego se estrella contra la realidad. Son ciudadanos peruanos privilegiados, pertenecientes a la élite comercial, con un claro poder económico y una posición de prestigio en una sociedad que valora mucho al europeo. Pero todo eso se hace trizas ante una arbitrariedad del país que es suyo. No se merecían de ninguna manera lo que les pasó y esa ascendencia europea de la que tanto se jactaban fue la razón de su caída.

En la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX llegaron al Perú ingenieros, profesores, intelectuales y comerciantes alemanes que tuvieron una contribución innegable en la vida peruana en muy diversos aspectos y que estaban muy orgullosos de sus orígenes, lo cual es muy natural. En algunos, no digo que en todos, la necesidad de alternar estrictamente dentro de su lengua y su comunidad de compatriotas los llevó a formas exageradas de endogamia y exclusivismo en su trato y relaciones. Confieso que reflejo algo de eso en la personalidad de Bechstein, pero también es una forma de defender la identidad, sobre todo cuando esta se ve amenazada por el trauma de haber sufrido una cirugía mayor, como la que le sucede a él. No olvidemos que él narra sus recuerdos desde su presente, cuando ya es un «piano bipolar». Eso influye en el tono de su discurso.

 

Sí, esa me parece una analogía muy clara con la humanidad. El cuerpo nunca, o casi nunca, permanece intacto a lo largo del tiempo, los achaques o cambios radicales en él revelan cómo nos ha tratado la vida. Lo mismo sucede con este piano, que se ve sometido a una suerte de operación para salvar su voz, pero esta termina perdiendo su acento alemán. En él está la paradoja de la identidad, algo siempre cambia y algo permanece. En tu caso, ¿cómo llevas tu identidad arequipeña?

 

Pues soy una arequipeña muy atípica. No cumplo con varios de los requisitos que se supone debe cumplir un «verdadero arequipeño», pero sí me siento orgullosa de haber nacido aquí. Me interesa todo lo que se refiere a la ciudad, especialmente su historia. Corrección: una visión crítica de su historia. Desde mi trabajo musicológico, me interesa adentrarme en los mitos identitarios y analizarlos profundamente, especialmente para evitar que ciertas taras, ciertas injusticias, se prolonguen en el tiempo. Cuando las identidades se tornan excluyentes, es hora de explicar por qué el sentido de pertenencia no puede ser empleado para dividir, o peor, para discriminar. 

 

Juegan, además, dos imágenes tutelares que contrastan mucho. Está la del viejo Nico y su ayudante José, y está la del profesor Cecilio y la joven Elena. En el primer caso, hay una enseñanza mezquina y agresiva acerca de cómo reparar los pianos; en el segundo caso, si bien el maestro reafirma su autoridad varias veces de manera estricta, no pierde la paciencia para sacar el máximo potencial de su alumna.  Y es curioso que tanto José como Elena terminen profesionalizándose en la música, solo que uno lo hace totalmente al romper su vínculo con el viejo Nico y la otra lo hace mostrándole gratitud a Cecilio, al punto que retoma clases con él ya habiendo pasado muchos años sin verlo.

 

Sí, es un paralelo interesante y refleja dos formas de aprendizaje musical muy diferentes entre sí.

 

En otras ocasiones, has mencionado que Elena es como tu alter ego, una creación autoficcional. No es que quiera tomar tan en serio la ficción, pero ya que la retratas de esa manera, ¿dirías que esa imagen estricta y paciente de un profesor de música es el tipo de educación con la que te has formado?

 

Pues, si hablamos de lo musical, me formé con todo tipo de ejemplos. Desde los que me hicieron amar mi trabajo hasta los que me hacían temblar las piernas. Con el tiempo rechacé los estilos autoritarios e impositivos y me incliné por los racionales y analíticos y he tratado de construir mi propio discurso pedagógico desde esa perspectiva. Es lo que mejor me ha funcionado para aprender y para enseñar.

 

Casi al final, tal vez en uno de los pasajes más decisivos y dramáticos para la Orquestal, el loco Guillermo reúne músicos para mantener vivo el ensamble y tratar de conmover al presidente de la república tocando para él en persona. Es ahí cuando interpretan el himno de Arequipa de modo inesperado y dejan una sensación de arraigamiento que los ha salvado.  En una entrevista para Libros a mí, dijiste que el que ama corrige y eso te lleva a poner las cosas de manera más crítica, por lo que no idealizas tus raíces, pero, ¿la identidad, el saber de dónde venimos, nos puede salvar a veces en la vida?

 

Existe un cuento de un escritor norteamericano, creo que es Twain, no estoy segura, que habla de dos jóvenes que viven en un pueblo pequeño y que se consideran enemigos a muerte. Para huir de las rivalidades, uno de ellos se va a la gran ciudad a cambiar de vida y el otro lo sigue para continuar la pelea, pero al segundo le pasan tantas cosas en la urbe, se desorienta tanto y se confunde tanto, que, cuando encuentra a su antiguo enemigo, lo saluda como a un hermano: lo único que conoce en ese infierno de gente y modernidad. Ese ejemplo ilustra bien cómo cambiamos nuestras afiliaciones y nuestro sentido de pertenencia según nuestras necesidades y las demandas del entorno. Es una estrategia de adaptación.

 

Sin identidad, uno no sobrevive.

 

Exactamente. La identidad te da un lugar en un grupo. Somos seres sociales. Necesitamos del grupo para poder sobrevivir.

 

Justo al final, hay un alegato de parte de uno de los pianos que se refiere a la música como una de las formas de conquistar lo inmaterial y alcanzar la inmortalidad por un breve instante. ¿Consideras que esto también es la literatura? ¿O la defines de forma diferente?

 

Pues no lo sé, no lo había pensado. Para mí, escribir o contar ––que a veces es casi lo mismo–– es una forma de sentir absoluta libertad y abstraerme del mundo real, de problemas reales o de procesarlos, de hacerlos solucionables. Independientemente de si guste o no lo que escriba, el sumergirme en mi propio universo, en mi propio tiempo, ya sea mientras escribo, o en la historia que he creado mientras releo y corrijo, es una de mis más grandes alegrías, aunque debo dosificarlas porque a veces el pozo se «seca» y me quedo sin gasolina.

Cuando toco, puedo perder la noción del tiempo porque debo tomar micro decisiones en cada segundo y eso vuelve la interpretación, si no interminable, por lo menos, intensa. Cuando digo que cada interpretación es «una Ilíada y una Odisea juntas», estoy reflejando mis propios sentimientos cuando ejecuto mi instrumento, aunque lo hago desde el violín y no desde el piano. Además, la música solo existe cuando suena, y para eso debes tocar y tocar y tocar. No es la misma interpretación repetida. Cada experiencia es única aún cuando construyas una versión propia.

 

¿Escribir es más que un pasatiempo? ¿No piensas mucho en el lector al hacerlo?

 

Nunca lo he visto como un pasatiempo. Es algo que necesito hacer, como respirar o comer. Siempre tengo que usar la palabra de alguna manera, o contar algo. Cuando enseño redacción a mis estudiantes y les digo «ponte en el lugar del lector cuando corrijas. Cerciórate de que él/ella entienda exactamente lo que quieres decir». Yo hago eso cuando corrijo. Al escribir solo es lo que yo digo, pero después, me pongo en el lugar del lector y busco causar determinada impresión. Si consigo el efecto deseado, entonces sé que voy por buen camino. Pero, por supuesto, es como jugar tenis de mesa conmigo misma.

 

Encuentro algo curioso en que representes la música con la narrativa. Usualmente, uno creería que la música se lleva mejor con la poesía, pues tienen una relación muy estrecha. Sin embargo, al ser tu primera novela sobre este tema, me parece que aprovechaste la naturaleza sonora de la música clásica y sinfónica, a la par que no te involucraste mucho con aspectos líricos de las composiciones. ¿Para una próxima novela tienes en mente integrar el lado más poético de la música? ¿Tal vez con intertextualidades que remitan a la letra de canciones o citas directas de ellas?

 

No lo sé. Yo soy muy aficionada a la música lírica, a la ópera y al teatro musical, así que para mí la música cantada tiene el doble valor de lo sonoro y de lo poético. El tiempo dirá. Nunca digas nunca. De niña, mi padre se sentaba conmigo a leer poemas y en mis trabajos musicológicos me ha tocado analizar los textos de cantatas, tonadillas y villancicos. Así que es muy posible.

 

¿Qué opinas de la literatura local? ¿Qué escritores de Arequipa, del hoy y del ayer, te parecen destacables?

 

Mariano Ambrosio Cateriano fue un fino escritor. María Nieves y Bustamante, no solo como novelista, sino como articulista, tuvo una prosa muy elegante. Melgar me gusta como poeta, especialmente en sus versos más sencillos, pero hay otros poetas como César Atahualpa Rodríguez, Guillermo Mercado o mi papá, Alberto Vega; y no porque sea mi papá, pero tiene una lírica muy sencilla, muy conmovedora lo siento, quizás sea porque lo he leído desde muy pequeña que me gusta tanto.

 

 

 

 

 

25 de noviembre del 2025











[1] Zoila Vega Salvatierra (Arequipa, 1973). Música y musicóloga de profesión, ha publicado varios libros y artículos sobre la música sur peruana de los siglos XVIII al XX, así como varias novelas entre las que se cuentan Cápac Cocha (2006), Acuarelas (2013), Las Saucedo (2015), El molle y el sauce (2017) y Cantan al Hablar (2025).   Actualmente es profesora de investigación musical de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa y docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú en niveles de pregrado y posgrado.


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