lunes, 5 de octubre de 2026

Katherine Medina Rondón. Identidad y poesía bajo sospecha

 

IDENTIDAD Y POESÍA BAJO SOSPECHA

 

[Entrevista a Katherine Medina Rondón[1]
sobre su libro Malecón Missouri]

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 




 


¿Por qué tuvieron que pasar siete años después de Papiros mágicos (2019) para que Malecón Missouri viera la luz?

 

Porque entre un libro y otro pasó la vida. Hubo una mudanza, la pandemia, una operación y el silencio. El primer poema lo escribí en medio de las cajas, y después tuve que esperar a entender qué había hecho visible esa mudanza.

Al principio creí que escribía sobre irme de un lugar a otro, y no era eso. La mudanza fue el detonante de algo mucho más antiguo que ya estaba ahí, sin nombre. Los libros no se pueden apurar, y este necesitaba que yo dejara de escribir sobre lo que me pasaba y aprendiera a quedarme dentro de la pregunta.

Y en ese silencio poético no estuve quieta. Estuve traduciendo, primero a Vittoria Aganoor, con Flores al borde de los abismos (2022), y después a Antonia Pozzi, con Canto salvaje (2025). Fueron años de vivir dentro de otra voz, de aprender cómo respira un verso ajeno, qué calla, dónde se quiebra. Dos mujeres italianas que escribieron desde el borde, donde el deseo y la soledad se vuelven una forma de lucidez.

También publiqué Coraje (2023), mi libro infantil, que fue otro tipo de escritura, más luminosa, más directa, pensada para una lectora que todavía estaba aprendiendo a mirar el mundo. Escribirlo me obligó a decir las cosas con claridad y sin adorno, y fue casi un respiro entre tanta densidad.

Mirando atrás, no fueron años vacíos. Traducir y escribir para niñas y niños me enseñó a escuchar antes de decir, y esa escucha entró en Malecón Missouri. Cuando por fin volví a mi propia voz, ya no era la de Papiros mágicos. Tardó siete años en madurar, y buena parte de esa maduración ocurrió en otras voces y en otras lenguas.

 

¿Qué te convenció para elegir el título?

 

El título es una dirección. Aparece al final del poema «Anoche, mientras el sueño», cuando despierto en el departamento nuevo y descubro que del verso que soñé solo quedó una anotación en papel de liar. Todo lo demás se había borrado. Y a mis preguntas, el poema responde con una dirección: Malecón Missouri.

Me convenció porque una dirección dice dónde vive alguien y deja sin decir quién es. Es el dato mínimo de un hogar, el que se le da a un camión de mudanza, y deja intacta la pregunta que me ocupa. El libro se escribió desde esa incongruencia. Tenía un domicilio y no tenía una respuesta.

Además, me gusta el choque de las dos palabras. Malecón pertenece a nuestra legua y a nuestras costas, y Missouri suena a otro río, a otra lengua, a otra geografía. Juntas no se funden y se quedan una al lado de la otra. El título es una grieta en miniatura, y en esa grieta cabe todo el libro.

 

El libro abre con un epígrafe de uno de tus escritores de cabecera: «Me pregunto, gracias a la distancia que ahora tomo de mi vida, si este pronunciado gusto por el silencio no tiene su origen en la dificultad que, desde siempre, fue mía, de sentirme de algún lado». Edmond Jabès, en estas palabras preliminares, esboza muy bien la duda que viene en el primer poema y, me parece, va a movilizar todo el libro. Me gustaría reproducirla para que la respondas: «¿Qué es un hogar?»

 

No puedo responderla, y lo digo sin adornos. Este no es un libro que llega a una respuesta. Lo que sí puedo decir es qué no es un hogar. No es una casa, ni un departamento en un piso dieciséis, y tampoco es la promesa de que todo tiene su lugar.

Hoy, si tengo que arriesgar algo, diría que mi hogar está hecho de lenguaje y no de certezas. Es el único lugar donde, hasta ahora, he logrado sostenerme sin pedir disculpas. Por eso la pregunta nunca termina de cerrarse, y aprendí a habitarla sin la necesidad de cerrarla. Quizá eso sea lo más cercano que tengo a una casa, una pregunta con la ventana abierta.

 

¿Arequipa es parte de ese lenguaje que habitas? ¿Cómo ves tu relación con la ciudad? En diferentes ocasiones has lanzado comentarios críticos sobre ella, incluso esto se nota con creces en tu primer libro. ¿Por qué Arequipa pese a todo?

 

Arequipa forma parte de ese lenguaje, aunque a veces me hable con otro acento. Es la ciudad donde vivo, donde enseño, donde restauro, y donde amo.

Mis comentarios críticos vienen de la exigencia, y la exigencia es una forma de apego. A mi parecer, Arequipa se cuenta a sí misma con un relato muy cómodo de pureza y de linaje, el de la ciudad blanca, orgullosa y autosuficiente, y ese relato deja fuera mucho de lo que la compone, la herencia andina, la lengua quechua, la diversidad que casi nunca se menciona. Es el mismo mecanismo que cuestiono en el libro cuando hablo del mestizaje. Una ciudad que se resuelve en una imagen tranquilizadora pierde, en esa resolución, a buena parte de su gente.

¿Por qué Arequipa pese a todo? Porque la crítica sin pertenencia se vuelve desdén, y prefiero la crítica que se queda a vivir en el sitio que cuestiona. Además, la ciudad tiene una historia que todavía no hemos terminado de leer.

 

Hay unos versos en el cuarto poema que me dejan pensando en la presencia gravitante del dolor en la obra de todo artista. Naturalmente, es una obviedad, creo yo, imaginar toda una trayectoria poética que esté ajena al dolor, es parte de nuestra naturaleza humana. En los últimos versos de aquel poema figura lo siguiente: «Cristo no tiene cicatrices/ pienso/ y es en la cicatriz/ donde reside la memoria del dolor:/ azul de marruecos/ caoba/ hueso». ¿Qué lugar ocupa el dolor en Malecón Missouri? ¿Qué es aquella cicatriz que motiva la memoria?

 

El dolor es inherente al ser humano y atraviesa el libro, pero lo que me importa es lo que deja: la cicatriz. En el poema de los cuadros pienso en un Cristo que sangra, que tiene las llamas y las espinas, pero que no tiene cicatrices. Sangra, pero no recuerda, porque la memoria del dolor vive en la cicatriz y no en la herida. Una herida abierta todavía es presente. La cicatriz, en cambio, es lo que cerró y sigue diciendo que pasó.

Mi cicatriz es la identidad no resuelta. Crecí escuchando que el mestizaje era una síntesis feliz, una reconciliación de las partes en algo nuevo y coherente. Hoy creo que esa idea es una ficción cómoda, promete una identidad resuelta y produce lo contrario, porque anula las identidades que lo componen sin darnos ninguna a cambio. Una identidad lisa, reconciliada, sin cicatrices, es una identidad falsa, y por eso preferí quedarme con las marcas.

De ahí vienen los últimos versos. Azul de marruecos, caoba y hueso son los colores de las paredes de mi infancia. Esa es mi cicatriz. Ahí está guardada mi memoria.

 

Entonces, el Cristo más análogo sería el que ha resucitado y les pide a los apóstoles que toquen las cicatrices en cada palma.

 

Exacto, y creo que esa imagen completa el poema mejor que yo. El Cristo del cuadro que cuelga en la casa de mi infancia es el del corazón en llamas, rodeado de espinas y de sangre, un Cristo anterior a la cicatriz.

El que resucita vuelve con las heridas a la vista y le pide a Tomás que meta la mano en su costado. La resurrección no le borra las marcas, las conserva como prueba de que lo vivido ocurrió. Ahí aparece también el tacto, que para mí es el sentido de la memoria. Tomás necesita tocar para creer, y tocar una cicatriz es leer una historia que su portador ya no necesita contar.

 

¿Cómo describirías la relación con tu abuela y tus padres? Cuesta trabajo no aludir a tu vida personal después de leer el libro.

 

Con mi abuela, la relación es de ausencia. Ella falleció antes de que yo naciera. Nunca la conocí. De ella me queda una radiola y la vajilla, y entre sus piezas una fuente de porcelana que se estrelló contra el piso durante la mudanza, quizás una de las pocas herencias tangibles que tengo. Por eso en el poema le hablo como a alguien que no está: «quizás si estuvieras aquí para enseñarme qué es un hogar». Escribo desde la nostalgia de algo que no viví, y quizás esa sea la forma más pura de herencia.

Con mis padres hay amor y también una brecha que el libro registra sin acusar. Mi madre aparece con las rodillas que ya no la sostienen, y mi padre esquiva las huellas de una tierra que nunca llegó a ser suya. Ninguno de los dos tiene la llave de la casa, y eso en el libro significa que ninguno pudo darme un hogar. Vengo de orígenes distintos, y esa mezcla no se resolvió en mí como una síntesis sino como un panteón, donde cada historia queda junto a la otra sin fundirse del todo.

 

Claro, entiendo que no se funden absolutamente porque siempre hay un grado de singularidad en cada uno. Pero. ¿qué dirías que heredaste del lado materno y del lado paterno?

 

Son dos linajes que cruzaron la distancia y que en mí se quedaron lado a lado. De mi madre heredé la vasija remendada. En el libro, ella me lleva nueve meses dentro de una vasija cuyos bordes fueron arreglados con lo que pudo alcanzar, cenizas, cal, restos tibios de antiguas intenciones. De ella heredé la resiliencia, y quizás de ahí viene el oficio de reparar con lo que hay, que con los años se volvió también mi profesión.

De mi padre heredé la extranjería. Él avanza con pasos calculados sobre una tierra que nunca llegó a ser suya y esquiva las huellas que intentaron anclarse. De ahí me viene la sensación de estar siempre de visita y quizás también el italiano, esa lengua a la que he vuelto una y otra vez, como quien regresa a una casa que apenas conoció.

En el libro hablo de una retama que envejeció mal porque el miedo calcinó sus raíces, y un abuelo que hilaba lana de alpaca recordando un credo que ya nadie nombra. Heredé de ambos lo que se dijo y también lo que se calló, que pesa más. Lo que me tocó fue decidir qué hacer con ese tejido, y elegí no alisarlo.

 

En Mínima celeste (2016) hay una pareja que toma un viaje espiritual. En este último libro hay un poema en el que resurge la imagen del viaje en compañía de alguien; ese acompañante es Vasilich, si no me equivoco. Y. además, hay una alusión directa a La Paz (Bolivia) y al Illimani. ¿El viaje, en este caso, sirve para confrontar las cicatrices en la memoria? ¿Este viaje es análogo al viaje espiritual de tu tercer poemario?

 

En ambos poemarios aparece un viaje, pero cada uno responde a una pregunta distinta. Mínima celeste está escrito en un lenguaje marino. El viaje es espiritual, cierto, y se hace como una travesía que busca una elevación. En Malecón Missouri la breve alusión al viaje sirve para medir distancias y también para tomar distancia. Se mide la que hay entre el altiplano y un departamento en el piso dieciséis, entre Malecón Missouri y La Paz. Y se toma la que hace falta para mirar las cicatrices sin quedar dentro de ellas, que es la misma distancia que Jabès nombra en el epígrafe.

En Malecón Missouri, el viaje no confronta las cicatrices en el sentido de curarlas. Lo que hace es cambiar el ángulo desde el que las miro. En el autobús, con Vasilich a mi lado, el paisaje andino se detiene: el chofer frena, yo freno, y ese movimiento nos devuelve la línea del horizonte. Pero el horizonte recuperado no lo resuelve todo, porque «nadie puede ver la luz por sí mismo». Él ve algo que yo no puedo ver, y esa distancia entre dos miradas, que el viaje no cierra, también es una cicatriz.

Frente al Illimani encuentro por un instante mi rostro «renaciendo en el espejo del mundo». Pero es un instante y no una respuesta, y por eso el viaje no cierra la pregunta del libro, solo la mueve de lugar.

 

¿Si hubiese respuesta, la poesía se termina? ¿No crees que hay un punto en el que la poesía se acaba?

 

Un poema sí se termina, y lo hace cuando el lenguaje sucumbe. La poesía, en cambio, no se agota con una respuesta, porque las respuestas en poesía duran lo que dura un poema. Un gorrión, una chispa, un instante. Después hay que volver a preguntar.

Si hubiera una respuesta definitiva, creo que no habría poesía. Por eso las certezas demasiado limpias me hacen desconfiar, porque en un libro de poemas suenan a cierre de cuentas. Y aun así hay un final que me interesa, el del silencio.

 

En una entrevista con Bruno Pólack, allá en el 2018, suscribiste que los nuevos poetas son voces absolutamente insulares y muchas veces desconocidas. ¿Todavía lo ves así?

 

Sí, aunque ahora la insularidad es menos de desconocimiento y más de circuito. Hay más visibilidad, pero eso no es lo mismo que lectura, y muchas voces valiosas de las regiones siguen quedando fuera de Lima, de los fondos y de la crítica. Sigo pensando que Lima no es el Perú y que necesitamos fondos para que publiquen los jóvenes, no solo en narrativa sino también en poesía y ensayo, géneros que no se someten al sistema como lo hace la novela.

Lo que sí cambió es que hay más refugios. Casas editoriales como Alastor, colecciones como Música Ficta y lectores atentos como mi editor hacen que la isla no esté tan sola.

 

¿Te consideras una poeta insular? ¿Hay algún parentesco con tus contemporáneos?

 

Soy insular por temperamento y por la pregunta que me ocupa. Una identidad que no se funde en una sola cosa es una isla, y mi libro trata de eso. Pero ser insular no es ser solitaria. Presenté este libro acompañada por escritoras que admiro, y fue también un acto conjunto. Kadir Kevin y Jasmín Carmina le dieron cuerpo visual, y mi editor, Julio Isla, lo sostuvo con su lectura atenta.

Mi parentesco con mis contemporáneos no es de escuela sino de preguntas. Con varios comparto la sospecha de que el lenguaje no alcanza y la obstinación de usarlo igual. Por eso prefiero pensar que formamos un archipiélago, islas distintas que se miran de lejos.

 

Esa sospecha cae en una paradoja mística: usar el lenguaje para comunicar una revelación pese a lo equívoco o inane de este para referirla. Casi un acto de fe. Por supuesto, en este caso no es una revelación divina, es una revelación vital que singulariza la voz de cada poeta.

 

Sí, es un acto de fe. Escribir supone creer en un instrumento que uno sabe insuficiente. Sabemos que la palabra no alcanza y de todos modos la usamos para decir lo que no se deja decir. Si hubiera certeza de que alcanza, no haría falta la fe, y si no hubiera esperanza de que alcanza, no escribiríamos.

El poema «Anoche, mientras el sueño» lo muestra bien. Un verso aparece en sueños, se pierde al despertar y de él queda una anotación en papel de liar, «3B». Sigo creyendo en esa huella mínima. Confío en que un rastro tan pequeño puede conducirme a la revelación y, de hecho, me conduce a una dirección, a un lugar donde vivir.

Coincido contigo en que la revelación es vital y no divina. Lo que se me revela es un modo de estar en el mundo, y por eso singulariza la voz. Cada poeta da testimonio de una luz distinta y nadie puede ver la luz por sí mismo, como digo en el poema del autobús. Hace falta que otro la lea.

 

Por lo menos en cinco entrevistas diferentes has acudido a Tzvetan Todorov para plantear un holismo que te ha llevado a enlazar tu quehacer creativo con diferentes campos artísticos. Y, por otro lado, al menos en dos entrevistas, también has retomado el pensamiento de Ana Rossetti para recalcar la indispensable relación entre el poeta y el lenguaje. El parentesco que me viene entre ambos autores es cierta idea de libertad que hay en la poesía. ¿Dirías que siempre has buscado la libertad en la poesía? ¿Para dónde nos lleva dicha libertad?

 

Sí, aunque no siempre supe nombrarlo. De Todorov tomo la idea de que la poética abarca todo lo que el ser humano crea, y por eso mi trabajo no se queda en el poema. Mantengo una relación estrecha con las artes visuales, hace poco inauguré en la Alianza Francesa de Cusco mi primera individual de grabado, Cuerpos indóciles: instintos y deseos. También conjugo la restauración de arte con la escritura, porque restaurar es otra manera de leer, ya que exige la misma paciencia ante lo que el tiempo dañó y la misma ética de no borrar la huella de lo vivido. Por eso Malecón Missouri vive entre el poema y la imagen, con el trabajo visual de Jasmín y Kevin. Y de Rossetti tomo la idea de que el poeta deja que el lenguaje hable en él, que es otra forma de entender la creación como algo que nos excede.

La libertad que busco es la de plantear preguntas incómodas. Eso supone no obedecer al discurso de la síntesis armoniosa, ni al mercado, ni a mi antigua voz. Esa libertad me llevó a un lugar donde no hay respuestas cerradas.

 

Es ahí cuando sabemos que la poesía siempre está en una constante búsqueda de la verdad.

 

Búsqueda, sí, aunque creo que la poesía busca una verdad que no se deja poseer. Cuando un poema cree haberla encontrado se vuelve consigna. Lo más que logra es una verdad provisional, la que cabe en una línea y dura un segundo, y precisamente por eso hay que seguir escribiendo.

 

En una entrevista con Úrsula Alvarado, precisamente cuando trajo a colación las ideas del daimon de William Blake y el inconsciente colectivo de Carl Jung para pedirte que definas la procedencia creativa de Papiros mágicos, declaraste que su lugar de origen «es como una gran conciencia universal donde la belleza y la verdad están hermanadas, donde el placer estético se funde con el poeta, entonces no hay como distinguir si el poeta es instrumento del lenguaje». ¿Hasta qué punto esta idea puede o no considerarse metafísica o mística?

 

Es metafísica, pero es una metafísica con una tensión que el libro hace visible. En la conciencia universal de la que hablé a propósito de Papiros mágicos, la belleza y la verdad se hermanan y el poeta se disuelve en el lenguaje, hasta que ya no se distingue quién es instrumento de quién. Esa es una lógica de la fusión.

En Malecón Missouri me ocurre lo contrario con mi identidad, porque me niego a esa misma lógica. Mi rostro es «un panteón de historia, quebrado, desigual», no un crisol, y un panteón conserva la diferencia de lo que reúne sin reducirla a unidad.

Por eso puedo fundirme con el lenguaje sin fundirme conmigo. El lenguaje me recibe, pero no me borra, y el poema es el lugar donde me sostengo, mi única unión posible. Dudo en llamarla mística, porque la mística, en su sentido clásico, aspira a una revelación y a una reconciliación con lo absoluto, y yo no busco ninguna de las dos. Lo mío es una metafísica de lo mínimo, sin trascendencia que me redima ni síntesis que me absuelva, donde durante un segundo la belleza y la verdad coinciden en una línea, como en el poema «Podría empezar la vida»: «una chispa, un instante, apenas un gorrión».

 

¿Esta metafísica de lo mínimo se asemeja a un panteísmo en interminable dialéctica? ¿Una energía en movimiento perpetuo que excede la materia?

 

Hay algo de eso, aunque con matices. Mis poemas están llenos de elementos que ejercen de cuerpo del mundo, el polvo que somos, la brisa, el río, el Illimani, el ande que describo como la piel de la tierra. Hay un sentimiento de continuidad entre lo humano y lo que lo rodea, y creo que me llega tanto de la lectura como de vivir en un territorio donde la montaña y los volcanes todavía se nombran como a alguien sintiente.

Interminable dialéctica también, pero con una condición. Mi dialéctica no desemboca en síntesis. Hay tesis y antítesis, la casa y la mudanza, la pertenencia y la distancia, y ninguna se resuelve en un tercer término feliz. Es el mismo rechazo al mestizaje como reconciliación que recorre el libro, llevado a la metafísica. Todo se rompe, se remienda y vuelve a romperse, y ese vaivén es lo único perpetuo que reconozco.

Sobre una energía que excede la materia, dudo. Mi libro es terco con lo material. Hay porcelana, lana de alpaca, tela, una vasija remendada con cal y cenizas. La memoria vive en la cicatriz, y la cicatriz es un hecho de la carne. Si algo excede la materia, lo reconozco en ella, en la grieta de la fuente y en el tejido que quema al tacto. Quizás por mi oficio de restauradora de arte creo que lo invisible deja huellas físicas y que el trabajo consiste en leerlas con paciencia.

 

Antes de terminar, quisiera saber tu opinión sobre la tradición de poetas mujeres que tiene Arequipa desde el siglo XX. ¿Qué piensas de Blanca del Prado, Adela Montesinos, Carmela Núñez Ureta, Brunilda Joyce, Mercedes Delgado, Esther Villafuerte, Luz Vilca o Mirtha Núñez? Puedes mencionar otros nombres, desde luego; solo estoy tanteando algunos del siglo anterior.

 

Siento gratitud y también cierta deuda. Gratitud, porque sin ellas yo no tendría una genealogía donde apoyarme. Deuda, porque muchas fueron leídas con descuido, reducidas a «poesía femenina» o dejadas fuera de las antologías, y a mi generación le toca editarlas, estudiarlas y volver a leerlas.

De todas, quizás la que más ha calado en mí es Rosa del Carpio. Llegó a mí por las manos de su sobrino, a quien llevo entre mis afectos y con quien me unen lustros de amistad, de esos que no se miden en años sino en lo que hemos sobrevivido juntos. Él fue la mano tendida cuando la noche ocupaba toda la casa, y ella vino con él, como llegan las cosas que amamos, sin ruido y para quedarse. Por eso su poesía nunca fue para mí solo un objeto de estudio. La recibí primero como un regalo y solo después la leí con la atención de la crítica, desde lo biopolítico y lo decolonial, y esa lectura me confirmó lo que ya intuía, que Rosa del Carpio hace poesía social, una poesía que mira de frente lo colectivo y entiende que la palabra poética también es una forma de intervenir en el mundo. Eso me importa porque me recuerda que la poesía puede ser a la vez íntima y política, y que no tiene que elegir entre ambas. De ahí que estudiarla me enseñara que la deuda con una poeta no se paga solo con la admiración ni con la lectura atenta, sino también devolviéndole el lugar que siempre debió tener.

 

¿Hay un próximo libro en ciernes? ¿O acaso viene otra pausa antes del canto?

 

No hay poemario nuevo en ciernes. Sin embargo, en cuanto a la pausa, creo que esta vez no serán siete años. Esos años me enseñaron que el silencio también trabaja, pero ahora tengo varios frentes abiertos a la vez. Me encuentro preparando la traducción de Senso, de Camillo Boito, y continúo con la labor académica, pronto publicaré un libro sobre los autorretratos del pintor Jaime Antillaque. Como ha sido habitual, mis libros maduran en otras voces antes de volver a la mía.

El siguiente llegará cuando se agoten los otros lenguajes. Por ahora he vuelto a las artes visuales y preparo una nueva exposición que espero ver montada en esta ciudad. Aunque, propensa como soy a los cambios inesperados, quizá el próximo año me instale por unos buenos meses en Almería, en Marruecos y en La Paz.

 

 

 

 

5 de octubre del 2026











[1] Katherine Medina Rondón (Arequipa, 1994) es Magíster en Ciencias de la Educación con mención en Educación Superior por la Universidad Nacional de San Agustín, institución en la que también obtuvo la Licenciatura en Literatura y Lingüística. Es Licenciada en Conservación y Restauración de Arte por la Escuela Nacional de Arte Carlos Baca Flor y especialista en Lenguaje Fotográfico por el Centro de la Imagen de Lima.
Su práctica abarca la investigación, la escritura creativa y las artes visuales. En el campo de la investigación y la crítica, ha publicado Identidad: Una representación de "Mujeres de Abya Yala" de Duina Rodríguez (Editorial UNSA, 2024), obra que articula su reflexión sobre el arte contemporáneo peruano y sus vínculos con la identidad, el cuerpo y el territorio. Como poeta, es autora de Murmullos y volantes (Aletheya, 2012), Amor en cuatro actos y otros cortejos (Casatomada, 2013), Mínima celeste (Transtierros, 2016), Disidencia (Cascahuesos, 2018), Papiros mágicos (Vallejo & Co. / Sol Negro, 2019) y Malecón Missouri (Alastor, 2026), junto al libro infantil Coraje (Jukucha, 2023). Su obra ha sido incluida en festivales y antologías internacionales como el 28° Festival Internacional de Poesía de Medellín (Prometeo, 2018), el 5° Festival Caravana de Poesía (Amarti, 2018), Tea Party III. Muestra dinámica de poesía latinoamericana (Cinosargo, 2014), Aliados, dosis de poesía para tiempos inciertos (Dendro Ediciones, 2020) y Voces de la poesía peruana (Parihuana, 2021). Como traductora, ha llevado al español las antologías de dos poetas italianas: Flores al borde de los abismos de Vittoria Aganoor (Sol Negro, 2022) y Canto salvaje de Antonia Pozzi (Alastor, 2025). Su trayectoria en las artes visuales incluye diversas muestras colectivas, la muestra bipersonal Comisura (Centro Cultural Casa Blanca, 2016) y la muestra personal Cuerpos indóciles: instintos y deseos (Galería Blanco y Negro, Alianza Francesa de Cusco, 2026).

miércoles, 1 de abril de 2026

Cinco poemas de «Mudarse es un verbo de movimiento» de Adriana Maza Ríos

 



CINCO POEMAS DE MUDARSE
ES UN VERBO DE MOVIMIENTO[1]

 

 

 

Adriana Maza Ríos[2]

 

 

 



el mar siguió ahí

 

el mar siguió ahí

con sus infecciones urinarias

y sus algas revoloteando la orilla

 

me planté ante él y me cuestionó tajantemente tu ausencia

gruñendo con las rocas

 

¿cómo confesarle

que la tabla nuestra

sufrió el accidente

de mi maduración?

 

que yo causé la inundación y ahora

otros pies mojan mi cama

con pretensiones de casas arenosas

y conchas que desde el cielo oyen otra voz

 

que cobré conciencia

y abandoné la incertidumbre de flotar desnuda en altamar

por unir mi dedo eternamente

en la cueva de la madre tierra.







int. casa

 

inmóvil, los desayunos, almuerzos y cenas son el único indicio del tiempo.

el perro echado sobre los almohadones

con la luz de las 5 pm.

qué hace la tele si no es aplacar la infinitud de la soledad,

de la vejez.

las llantas de la inmovilización

conviritiéndose en reliquias del cuadro

¿jugaba carnavales?

rasgo del mes del retorno al abandono constante.

 

la abnegación que permea este viaje intercity en los márgenes de mi realidad

¿se notará?

 

he querido toda la vida que alguien (¡quien sea!) al que le importe

mire por la escotilla

me desconozca,

aterrorizado vea en mis ojos el gris

de aquello que lleva apagándose con cada soplo de vela,

se asuste de mi mudez selectivamente impuesta

de los ropajes secretos fuera de personaje

la ausencia

de mi anillo

 y decida

(¡rompa la puerta, mire al fantasma corpóreo y estatuicamente súbalo a sus cuestas!)

finalmente salvarme

y se encuentre, sin embargo,

con que aquel asiento en la esquina del antiguo sillón

me envuelve con las inquebrantables

raíces de la generación.






camino como tú, papá

 

camino como tú, papá

 

uso tus zapatos de cuero, los que usaste toda mi vida en tu trabajo

los bolsos souvenirs de tus eventos

los lapiceros que los acompañaban dentro, 

 

peregrino el mundo regida por una máxima de avance

de no quedarme atrás, de reconocer lo que he hecho solo y únicamente para mejorar

 

trabajo, trabajo, trabajo por un trabajo mejor

dejando de lado aquello(s) que pondría(n)

el sol en la punta de la piel.

 

manejando por las avenidas que no apruebas, me pregunto

si alguna vez podré usar mis zapatitos de charol,

la falda negra de mamá

y mi bividí blanco

sin ocultarme ante tu ausente presencia.

 

¿cuándo podré

darte fe de mis propios deseos

y jugar finalmente

a construir mi propia vida?

 


 



de tu única hija

 

mi mamá soltera

será hija única

alguna vez.

 

mirará a las familias numerosas y pensará

—erróneamente —

que me hizo falta un hermano.

 

que me divertiría más.

que él lucharía en el frente de mi campaña para ser adulta

que gratamente tendría a alguien eternamente atado a mí, siempre listo para oír mis penas, ser un apoyo,

tal un clon de compañía que comprende

aquello que pienso, que lloro

 

que sea aquel que fastidie a mi esposo en las cenas de Navidades

o quien llame cuando aquel esté de viaje y yo no pueda arreglar alguna fuga del inodoro

que le haga regalos chistosos a sus dos o cuatro sobrinos

después de saltar de alegría cuando aprenda que se ha vuelto tío

 

que eventualmente no tenga opción otra

que acompañarme en los ritos

que las madres, sin jamás haber querido,

abandonan para los hijos.

 

¡mamá, no!

tú me has enseñado

yo te he visto

 

sé que puedo tan sola como tú has podido.


 




tal vez le pertenezco a la neblina

 

tal vez le pertenezco a la neblina

el lugar del tacto puro de invisibilidades

o la enorme fricción de la tiniebla

 

los entes de las nubes me preguntan:

¿has visto alguna vez a una niña pequeña

con zapatos de charol

un chupetón

un cuerpo en formación

implorando un cuarto propio

una posición para dormir

un oso de peluche

y unas pantuflas para vivir?

 

no respondo

me cuentan que se ha construido una habitación en el fondo de las nubes.

es de ahí es de donde surge

el rocío que apresura la llovizna.

 










[1] Poemas tomas de Mudarse es un verbo de movimiento. Lima: Alastor Editores, 2025, pp. 61, 11, 45, 17 y 35.

[2] Poeta, literata, gestora cultural, bordadora y docente. Adriana Maza Rios, nacida en Lima (2003), se interesa por el arte relacionado a la sensibilidad afectiva de los vínculos familiares, el crecimiento y la relación con la naturaleza. Publicó su primer poemario Mudarse es un verbo de movimiento en 2024 con Alastor Editores. Ha participado como ponente en distintos coloquios y seminarios desde su experiencia académica de estudiante de Literatura de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en donde también enseña cursos de redacción académica. Tiene un gato que cree que sueña.

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