viernes, 29 de diciembre de 2023

Un poema de Claudia Elisa Saquicela Novillo

 

MI LUCHA INTERIOR

 

Claudia Elisa Saquicela Novillo[1]

 

 

Tras la ilusión yace una fachada sigilosa,

donde el entramado de lo real y lo ficticio se enreda,

en ese vals intrincado del destino que nos destila.

Su alma, en susurros lánguidos, llora a lo lejos;

una guerrera emerge en campos infinitos y desolados,

donde el tiempo, verdugo esquivo, desangra sus ensueños.

Desde el epicentro de su combate interno,

entona epopeyas de triunfo, llegando al ocaso sin final.

 

Pues la vida, doblegada entre la crueldad y la sabiduría,

no la ha vencido; la ha forjado en acero y versos.

Permanece erguida ante la adversidad que la atenaza,

con el alma y el deseo intactos, perseverando en su lucha.

Esta batalla es su narrativa, su esencia, su existencia;

la vida es un reflejo, una sombra en el rincón del aprendiz.







[1] Escritora, poeta, psicóloga y abogada, con un postgrado en educación y un postgrado en ciencias políticas. Se desempeña en diversos trabajos tales como importaciones de sustancias químicas, perita del consejo de la judicatura como traductora y perita en psicología.

Actualmente trabaja en su propia app de literatura iberoamericana, a través de la cual consigue cada vez más autores. Esta app de audiolibros de literatura ha sido motivo ciertos premios de la UNESCO y de la dirección de cultura de la ciudad Cuenca de Ecuador.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Selección de «Selva cercada» y algunos poemas inéditos de Percy Prado

 

SELECCIÓN DEL POEMARIO
SELVA CERCADA[1]

 

 

 

Percy Prado[2]

 

 

 

PRESAS

A semejanza del búho

el corazón humano

acecha a su presa

a oscuras

y en silencio

 

 

 

CUESTAS

Los caracoles marchan cansados

porque llevan a cuestas

todos los rumores del mar

 

 

 

CRONOS

El último bocadillo de Saturno

será la tortuga

 

 

 

RUGIDOS

Si por azar

se silencia unos segundos la brisa

aquellos que se tarden

en las habitaciones donde dormita el tigre

oirán 

cálido y contundente

el hilo del rugido de un sueño

donde se desnuca a un ciervo

 

 

 

TROPOS

La naturaleza abunda en recursos retóricos

El tigre blanco es su mejor oxímoron

 

 

 

CENIZAS

Tras cada incendio

descubrimos nuevamente

que las cenizas

igual que las alas del tordo

son todas

de un mismo color

 

 

 

ASTILLAS

La joven del perrito pequinés

tiene en los brazos

una astilla de león

 

 

 

SUEÑOS

Nadie puede soñar con pavos reales

 

 

 

RELOJES

Las serpientes de las horas

se deslizan como sombras

silentes

veloces

ominosas

 

 

 

AMANTES

Amantes y verdes lagartijas

entregan partes de su cuerpo

antes de huir para siempre

 

 

 


 

 

 

 

 

EXPULSADOS DE LA SELVA[3]

 

 

 

ODISEAS

Una vez preñada

toda oveja sueña

un héroe en la panza

 

 

 

PEDRADAS

Vaya mundo

Que a los pájaros

los maten con un canto

 

 

 

RECUERDOS

Taruquita

creíste acaso que no abandonarías nunca

las comarcas alucinadas y apetecibles

 

Taruquita

pensaron tus ojos que se cuajarían tanto

en un horizonte de mecánicos rugidos

 

Taruquita

esta es la estepa cercada que han alzado

para los nervios de tus patas

estos los pastos sin rocío que han traído

para tu fino hocico

 

Taruquita

ya no beberás las aguas congeladas pensando/ prevenida del en el puma

ya jamás oirás el viento que rompen los gansos silvestres

 

Taruquita

es inútil que tu nombre

nos recuerde el miedo

el frío

la llanura

 

 

 






[1] Poemas tomados de Selva cercada. Lima; Arequipa: La Apacheta Editores / khuyanaeditora, 2021, pp. 13, 17, 25, 33, 39, 43, 49, 55, 63 y 71.

[2] Percy Prado (Camaná, 1982). Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA). Ha sido columnista de opinión y cultura, además de editor y corrector en varios diarios y revistas. Un cuento suyo mereció el primer premio en los Juegos Florales 2009 de la UNSA. Formó parte del equipo editorial de la Biblioteca Juvenil Arequipa (2009) y de la Biblioteca Infantil Arequipa (2013) y ha producido el programa cultural, artístico y educativo Palma Mater en radio Filarmonía.

[3] Poemas inéditos.

Seis poemas de «La sombra del camino» de Hélard Fuentes

SEIS POEMAS DE
LA SOMBRA DEL CAMINO[1]

 

 

Hélard Fuentes[2]

 

 

 

9

 

Soy un PÁJARO pequeño que dejó las alas en el mar

el atardecer y los astros celestes girando lento

el graznido de un pájarociego detrás del monte

Un bosque telúrico inclinado a las rocas

Sueño tímido y errante

 

Soy un pájaro pequeño durmiendo en tu vientre

A veces despierto con la noche y migro a tus piernas

Siento el susurro de la arena escondida en los dedos

Transformado en remo me devuelvo al mar.

 

 

 

19

 

Mi familia es un nombre de largo aliento

Retazo de la noche con su sombra violenta

Su golpe queriendo desfigurar mi rostro

Un retrato que respira en las corazas

Mi familia es la fuente de la misma vida

El ermitaño patriarca de todas las familias

de la menos tallada al azar en una roca

de la más incierta en los lunares del cuerpo

Su palma inclinada sosteniendo la luz

Mi familia es el rosario de mi madre

sus aguas repletas de peces y olas

sus aletas que cruzan los océanos

Una multitud abriendo la aurora

La brisa desmemoriada

retornando al mar.

 

 

 

30

 

Tengo la sonrisa inalterable en una piedra

Una barca piquicorta en el muelle Marginal

Te vi partir –ya sabes– en aguas torrentosas

Hinchabas las liras de un viejo continente

Somos islas ajenas sumergidas en el suelo

No hace falta humedecer las pupilas

que guardo enlutadas en la popa

Las velas se tienden en los mares

y los peces rodean mi hechura.

 

 

 

31

 

Intento despojarme de las cosas

Matar, después de todo, es humano

Tengo las manos fugitivas

y los ojos bien abiertos

Un picaflor que me delata

y un lagarto en el fémur

Morir, después de todo, es pecado

Serás tú, junto a los tulipanes

arrancados de la losa,

el encanto de los nichos

exhumados en mi patria.

 

 

 

38

 

Olivia ¡Despierta!

La tierra te aclama en los bosques

te llora en los montes lejanos

te espera en las rocas profundas

Mi pueblo te busca en las ramas

Olivia, ¡Despierta!

¡Despierta!

En un roble que zurce tu rostro

con el canto ancestral de tus flores

Mi pueblo clama justicia

¡Justicia para Olivia!

¡Despierta! Olivia, ¡Despierta!

con tu noche pantanosa

y tus troncos macizos.

 

 

 

ALFIL EN LA BATALLA

 

He perdido la batalla, combatiente

la he perdido con un ronquido de rosas

abrazando otros ronquidos

En un desierto hueco o un bosque ojeroso

La pestaña maquillada por la guerra

Aquí me quedo con el halo gris

la mirada juguetona del otoño

No quise vencer ni ser vencido

solo el silencio tendido en el silencio

Rescato para mí esas palabras

Una mueca llena de rostros

Aquí me quedo, combatiente

con el pecho abierto en dos

y tus palabras de aliento.

 

 


 



[1] Textos tomados del poemario La sombra del camino. Arequipa: Cascahuesos Editores y Municipalidad Provincial de Arequipa, 2022, pp. 23, 35, 51, 52, 63 y 86.

[2] Hélard Fuentes Pastor (Arequipa, 1990) es historiador, escritor y docente, Columnista del diario Correo y El Pueblo de Arequipa. Autor de diferentes libros de carácter histórico y narrativo: Viaje al interior: cuentos y relatos (2014), Diccionario biográfico de escritoras, maestras y escritoras (investigación, 2019), Voces de la poesía peruana: antología poética (2021), La noche de los mil carajos (relato, 2021), Mis días con Raúl (novela, 2022), entre otros. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Municipalidad Provincial de Arequipa, la Alianza Francesa de Arequipa, el Colegio Nacional de la Independencia Americana, el Congreso de la República del Perú y el Gobierno Regional de Puno.

miércoles, 15 de noviembre de 2023

Palabras de Oswaldo Chanove a propósito del tercer número de «Nuveliel»

 

PARA LA REVISTA NUVELIEL[1]

 

Oswaldo Chanove[2]

 

Parece que cada persona se pone una meta en la vida. La más popular de todas es sobrevivir. La más romántica es alcanzar la felicidad. La más prestigiosa es contribuir a hacer del mundo un lugar mejor. ¿Cuál es la misión del poeta? Escribir un texto que sea algo más que una suma de palabras, de imágenes, de ideas. La ambición del poeta es escribir algo que tenga el poder de transformar el contenido del lenguaje en algo abierto hacia las zonas que solo se vislumbran. La ambición del poeta es parecida a la del mago. El lenguaje es el instrumento más importante de la civilización. Usamos el lenguaje no solo para establecer conexiones que nos permitan agruparnos, cazar, recolectar, trazar los parámetros de algún imperio, sino para algo verdaderamente sustancial como conversar con nosotros mismos. Vivimos a través del lenguaje, con el lenguaje vamos tallando la imagen con la que navegamos las horas, la imagen que vemos cuando nos imaginamos a nosotros mismos. Clarice Lispector aseguraba que el lenguaje sirve para iluminar el Yo. El problema es que el lenguaje se desgasta con facilidad y pierde potencia. Decimos te amo a diestra y siniestra hasta que las palabras son solo palabras, hasta que las palabras son llaves que no abren ninguna puerta. Hacemos ruido, lanzamos signos que son como una marea de células muertas. La misión de los poetas es encontrar combinaciones que convoquen a la sorpresa, a la revelación, que despierten zonas dormidas del alma, que restauren las rutas entre lo que decimos y lo que queremos decir. Aunque no son buenos tiempos para la lírica, aunque mucha gente no logra entender para qué sirve la poesía, sin ella estamos condenados a ser solo la versión esponjosa de nosotros mismos.

Quisiera expresar mi profundo agradecimiento al equipo de la revista Nuveliel por su generosa iniciativa. En estos tiempos de inmediatez de las redes sociales resulta imprescindible una revista sólida y meditada. El esfuerzo de sus jóvenes editores sin duda calará hondo. Muchas gracias.

 

 

Oswaldo Chanove
en la portada del tercer número de Nuveliel[3]



[1] Discurso leído el sábado 28 de octubre de 2023 en la primera presentación del tercer número de la revista Nuveliel, el cual se llevó a cabo en el marco del festival En octubre sí hay milagros.

[2] Nació en Arequipa, Perú, en 1953. Estudió en el colegio La Salle y la Universidad Nacional de San Agustín. En 1976 participó en la revista Roña y también formó parte de las revistas Ómnibus y Macho Cabrío. En 1979 ganó el premio de poesía José María Arguedas por su primer libro, El héroe y su relación con la heroína (1983), al que siguieron otros como Estudio sobre la acción y la pasión (1987) y El jinete pálido (1994). En 1991 fundó la Sala de audiovisuales del Centro Cultural de la UNSA. En 1996 se instaló en Cusco para escribir su novela Inka Trail, publicada en 1998. A fines de los noventa se trasladó a vivir en El Paso, Texas. En el 2002 publicó Canción de amor de un capitán de caballería para una prostituta pelirroja y colgó en la red un recetario de comida arequipeña. Destacan también los títulos: Cosas infames (2009) y Plexo Solar (2010). Su Obra reunida fue editada en 2012 por el Gobierno Regional de Arequipa. En el 2018 publicó El motor de combustión interna, en el 2020, Una doméstica impugnación del infinito y, recientemente en el 2022, su primer libro fue reeditado por Álbum del Universo Bakterial.

[3] Fotografía tomada por Juan Carlos Belon Lemoine y Oswaldo Chanove. Diseño de tapa hecho por Leslie Arellán.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Editorial del tercer número

 PRESENTACIÓN

 

[ Editorial]

 

«Cada hombre es el centro del universo
y cada hombre no significa nada
»

Oswaldo Chanove

 

Canonizar un escritor implica otorgarle presencia en, por lo menos, una de las tres esferas que conforman el capital simbólico de una sociedad: la académica, la pedagógica y la cultural. Cada una de ellas está en constante relación con las otras, pero sin perder su función específica ni vedar los aportes que puedan brindarse entre sí. Bajo estos parámetros, el ingreso de un poeta en el imaginario social es posible a través de los consensos académicos, las clases impartidas en instituciones educativas y la difusión hecha por los medios de comunicación y los eventos culturales.

Esto es posible, siempre que el autor supere el juicio del crítico más duro: el tiempo. Existen obras que se imponen por sí mismas, resuenan desde su simple aparición hasta convertirse en clásicos. Sin embargo, también existen otras que necesitan reivindicarse tras quedar incólumes por limitaciones en el rango de su difusión o las controversias estético-ideológicas de su época. Por ello, el rescate de un autor es una apuesta por su trascendencia, un desafío a las zonas inexploradas de la cartografía literaria, cual desafío de un arqueólogo que incursiona en territorio desconocido hasta encontrar nuevas maravillas para la historia.

En el contexto peruano, los nombres en el canon literario continúan en constante revisión y Oswaldo Chanove, a nuestro modo de ver, resulta ser uno de los primeros en la lista. El talante irónico de la parodia, la voz dramática al modo de un filme, la perspectiva desmitificadora del infinito, entre otros matices, definen algunas de sus virtudes. Podríamos decir, sin un tono pesimista, que cualquiera de sus libros más relevantes es el centro de los 80 en la poesía peruana y que, al mismo tiempo, no significa nada en un panorama tan heterogéneo. En efecto, posee una singularidad tan resaltable como la de los integrantes más populares de los grupos limeños. Es todo un poeta y es nada entre los más memorables, en tanto no tiene nada que envidiar a ninguno de sus contemporáneos.

Esperamos que las páginas siguientes, dedicadas tanto a su obra como al campo literario de su década, abran paso a mayores esfuerzos de canonización, tal cual fue el II Coloquio de Estudiantes de Literatura UNSA en los días 11, 12 y 13 de noviembre del 2021. Asimismo, esperamos que rindan tributo a dicha etapa tan álgida en la historia de la literatura arequipeña. Piénsese, especialmente, en el furor de los grupos poéticos que se formaron, el apasionado movimiento de las publicaciones y las antologías destacables que testimonian de toda esa revuelta. Volvamos, una vez más, a escuchar la viva voz de los 80.

 

 

Arequipa, Abril de 2023





Así se fundó el grupo y la revista «Ómnibus». Crónica de Charo Núñez Brito

 

EL MIMEÓGRAFO, EL FAR WEST Y EL PUENTE DEL DIABLO[1]

 

Charo Núñez Brito[2]

 

Recuerdo que conocí a Oswaldo una buena noche del verano de 1976, en casa del poeta mayor José Ruiz Rosas. Estaba sentado Oswaldo, vestido de azul marino, con una copa y algo más (in­descifrable) entre las manos. Era muy joven, parecía flotar, pero a todas luces ya se podía ver que contenía infinidad de preguntas (ecuaciones) de todos los colores (entonces) a medio responder. Y tenía ya la misma media sonrisa conspiradora. En otras pala­bras (casi) igualito a hoy.

Generoso como siempre, don Pepe había invitado esa noche con motivo de cierre de un curso para profesores de Literatura que había concluido ese día. Tal curso fue dedicado a los pro­fesores locales de literatura y fue dictado por importantes pro­fesores de Literatura llegados todos desde afuera de la cuidad, entre ellos estaban Antonio Cornejo Polar, Washington Delgado y Antonio Cisneros. Yo no era profesora de literatura ni de nada, apenas había empezado a estudiar medicina en la Universidad Nacional de San Agustín. Pero por cosas del destino y por ra­zones de ociosidad, ya que mi universidad estaba una vez más de huelga general e indefinida, me anoté y atendí tal curso para profesores en calidad de falsa maestra o estudiante clandestina.

El curso duró un par de brillantes semanas y, como para coronar ese extraordinario tiempo, sin saber cómo ni por qué o por similares sinrazones, el día final, acepté jubilosa una muy elegante invitación del poeta Cisneros a almorzar. Y almorza­mos en la entonces novísima y muy cosmopolita Pizzería de la calle Mercaderes, pero en verdad más que almorzar hablamos sin cesar, de todo lo vivido y por vivir. Al almuerzo le siguieron una caminata y unos postres y unos tés en el café de la Suiza, al cual Toño nombró el Far West, y a los tés les siguieron unas guindas con pisco (primeros licores de mi parte); y después de las guindas, la urgencia de Toño de asistir a la tertulia en casa del entrañable (y para mi desconocido) Pepe, ya mismo, esa noche. Entonces corrimos y llegamos a la bella casa de la calle Villalba 426. Yo en calidad de inocente paracaidista o reverenda intrusa caída del palto; pero eso sí, traída de la mano del muy alto Toño, quien era el invitado de honor. Nunca en mi vida había estado yo en medio de tan peculiar y amable compañía, de tantos poetas juntos. «Casi todos vestidos de colores oscuros», subrayó Toño.

Felizmente no tuve que hablar, todos me acogieron como si fuera una más de la partida, nadie me preguntó nada y pude darme el gusto de permanecer muda. Hasta que, misma cenicienta, al notar el avance de la noche (oscura) pregunté: «¿y ahora cómo vuelvo a casa?» Algunos se miraron entre ellos. No respondieron. Ninguno tenía apuro, ni se preocupaba en lo más mínimo por el transporte. Se hizo un pozo de silencio, penumbroso, en mi corazón. Pero no duró mucho, ya que, desde algún rincón inesperado, cuál ángel guardián (o exterminador), Oswaldo se levantó y dijo: «yo los llevo, ¡a donde quieran!» Puedo ver todavía al joven artista muy avispado al volante de un automóvil sedán del cual no recuerdo la marca, a su lado iba de copiloto el codirector de la revista Roña y, estoy segura, éramos varios más; pero fue él, Oswaldo, también llamado el Mago de Oz, el que de entre todos los poetas me devolvió sana y salva, entre risas, despedidas y muy dichosa comarca, hasta la mismísima puerta de mi casa (donde mis padres me esperaban despiertos, aterrados).

Alonso no estuvo presente esa noche. Poco tiempo después me enteré que Alonso existía y que se había perdido el evento por haber estado en Puno, en misión de carnaval y entrevistando a la Virgen de la Candelaria. Alonso apareció por primera vez en mi horizonte una tarde tocando la puerta con muy particular ímpetu y trayéndome cual embajador de los países fríos, un encargo, unas flores y unas disculpas en nombre del novelista Edmundo de los Ríos; quien se había portado muy mal los días anteriores.

Una vez medio aceptadas las disculpas, procedimos a caminar. Charlamos de todo lo humano y lo divino desde la casa de mis padres que quedaba al final de la Avenida Ejército, pasando el Puente del Diablo, hasta la Plaza de Armas, y tomamos algo en el Far West. Alonso tenía los ojos enormes, el pelo largo, una irreverente y a la vez ceremonial actitud que encubría una inteligencia aguda, portentosa, resbaladiza, peligrosa, de niño bravo y al mismo tiempo de anciano socarrón, que a su escasa edad había vuelto ya de dar la vuelta al mundo y tenía miles de ideas, proyectos y más viajes por plasmar; además de unos cuantos nuevos poemas bajo el brazo, siempre reposando junto a sus muy queridas y bien despiertas musas. No solo todo eso tenía Alonso, sino además un vozarrón que llenaba las calles vacías de nuestra gran ciudad con las notas y las líricas de la Marcha de Morán o el himno de la Alegría en las noches de ronda. Era, para más datos, el mejor amigo de Oswaldo, y viceversa. Por donde andaba uno solía aparecer el otro.

A Misael Ramos lo conocí aparte. Al otro lado del espectro entre la ciencia y la metafísica. En plena facultad de medicina. Un día cualquiera de clases en el que yo había tenido sumergida la nariz en formol por largas horas buscando el nervio vago y el plexo solar (y el alma) en los fondos de mi designado cadáver. A la salida de tan encomiable como insulsa práctica, tras las puertas del anfiteatro de anatomía, me interceptó como un aparecido o un resucitado silente, pálido, muy delgado; aunque en comparación a mi experiencia anterior, lleno de vida. Se presentó y pasó de inmediato a informarme que habíamos ganado los juegos florales de poesía de la facultad. Los dos. Yo, el primer puesto, y él, el segundo. Y que, como no asistí a la ceremonia de entrega de los premios, él tuvo que recibir ambos y traer el mío. «Muy merecido», me dijo. Y solemnemente me hizo entrega del primer premio, era un libro: Así se templó el acero de Nikolai Ostrovsky. Yo ya lo había leído, pero igual me alegré y, una vez cumplidos los agradecimientos, procedimos los dos premiados a caminar desde la Facultad de Medicina hasta el Far West. Hablamos de todas las injusticias, de todas las intrigas del espacio y de la relatividad coyuntural del tiempo.

Para entonces ya los dos, Oswaldo y Alonso, más el recién premiado Misael, poseían intenciones de fundar y publicar una revista de poesía propia. Una revista que (a diferencia de otras) no cargara manifiestos literarios, fuera y libre de toda trampa, sin argucias ni sesgos ni venias a movimientos ni escuela alguna, sin fundamentalismo de grupo ni agenda ni presunciones ni nada más que la destilada verdad, la valentía, la belleza desnuda del lenguaje; una revista arco, flecha, dardo, vehículo que lleve lejos no a los poetas, sino a los poemas. Y tenían, Oswaldo, Alonso y Misael, todo lo necesario para hacerlo ya mismo: la ilusión, el mimeógrafo, el nombre, el formato, el día en que saldría a luz, todo listo; solo les faltaba dinero para el papel.

Ahí es donde, cual cirujana, intervine y, con una filosa mentira, le dije a mi padre que necesitaba comprar urgentemente un libro más de medicina, otro, de texto, sin el cual sería imposible avanzar. Mi padre cedió. Y así conseguí y traje el dinero en efectivo. No sé en qué exacto lugar fue que nos reunimos, pero sí que Misael se puso de pie, calló, me pagó con un muy leve asentimiento de cabeza y una mirada profunda, interminable. Alonso se echó a andar, a dar vueltas como un místico iluminado, se detuvo por un instante y proclamó que cada quién defendería a muerte sus propios textos para incluirlos en el escaso espacio del Ómnibus. Oswaldo registró cada detalle, respiró hondo, cuadró los anchos hombros, torció el cuello, extendió completa la sonrisa y sacudió un puño hacia el infinito.


 


Mauricio Maldonado, Misael Ramos, Oscar Malca, Oswaldo Chanove, Patricia Alba, Eliana Llosa, Dino Jurado y Alonso Ruiz Rosas, de Ómnibus[3]



[1] Publicado por primera vez en Nuveliel. Revista de literatura y humanidades. Año 3. Nro. 3, pp. 161-164.

[2] Nació en Arequipa en 1955. Estudió los primeros cuatro años de la carrera de medicina en la Universidad Nacional de San Agustín, a la que ingresó con el primer puesto. El resto de su carrera la completó en la Universidad Cayetano Heredia, donde se graduó como médica cirujana. Más adelante, se formó como psiquiatra en el hospital Washington D. C. En 1993 publicó el libro de poesía Asuntos pendientes en Argentina y colaboró con la revista Diario de Poesía, en la que difundió poetas peruanos, cuyos nombres eran desconocidos entonces en Buenos Aires; entre ellos, Oswaldo Chanove.

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