lunes, 12 de enero de 2026

J. J. Maldonado. Desrealizando el realismo peruano

 

DESREALIZANDO EL REALISMO PERUANO

 

[Entrevista a J. J. Maldonado[1]
sobre su libro E-mails con Roberto Bolaño]

 

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 





 

Comencemos por deshilachar el asunto de la autoficción. Ciertamente, J. J. Maldonado aparece en cinco cuentos de diez en todo el libro. Sin embargo, al igual que Dante figura en la Divina comedia (1816) sin haber recorrido la geografía católica y al igual que Borges figura en «El Aleph» (1945) sin haber experimentado la omnisciencia; este J. J. Maldonado tiene experiencias directas con Enrique Vila-Matas, Alejandro Zambra, Antonio Cisneros, Han Kang y Pierre Michón sin haberlos conocido del modo narrado. En una entrevista para Infobae y otra para Diario Viral, ya mencionaste que este reflejo tuyo es concebido desde la exageración. ¿Esto lo haces solo para reírte con los autores y no de ellos?

 

En parte sí, en parte no. Me interesaba romper, en principio, la línea que divide la ficción de lo aparentemente real; es decir, difuminar ese espacio, ponerlo en tensión, aprovechando mi «yo» autobiográfico, quien aparece como un J. J. Maldonado con todos mis datos. Aunque, ciertamente, no soy yo, sino una exageración de mí mismo, al igual que exagerados son los perfiles de los escritores que aparecen en el libro. Esto, desde luego, es un artificio narrativo para despistar al lector. En E-mails con Roberto Bolaño, los personajes se están tomando el pelo todo el tiempo. Y supongo que esa es una forma en la que el tal J. J. Maldonado de la ficción se ríe junto a los escritores protagonistas. Pero también es una forma de poder politizar un poco el texto, porque yo estoy convencido de que el humor también es un artefacto político.

Y sí, mi intención iba un poco por allí. Deseaba quitarle la solemnidad a cierta literatura peruana, sobre todo a la literatura escrita por gente de mi edad que, a veces, parecen escribir muy serios y ceñudos, encorsetados incluso. Ya estaba un poco aburrido de eso. A veces la pretensión de escribir «libros que hablen del Perú» o «de nuestro tiempo» o «de las clases sociales» endurece mucho al escritor peruano y no le deja soltarse, jugar en paz. Ese es, sin duda, un lastre del realismo genérico, ese realismo que tanto mal le ha hecho a nuestra tradición y que, hasta el día de hoy, se sigue emulando. Una de las formas de atentar contra esa solemnidad literaria es a través del humor. Por eso, como dices, yo me río junto a los escritores que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño. Me burlo un poco de ellos, pero ellos también se burlan un poco de mí.

 

Goyo Torres Santillana, un narrador arequipeño, me dijo en una entrevista que: «Mientras haya algo que criticar, mientras la sociedad tenga deudas por saldar, el realismo seguirá vigente».

 

Pero no solo el realismo, también el fantasy, el western, el policial, lo fantástico o lo absurdo pueden hablar ―incluso mejor que el realismo― de los problemas de una sociedad, porque estas aproximaciones no se quedan en la foto, sino que trabajan con la deformación, con la alegoría, con el monstruo, con la paranoia, con la desmesura imaginativa como claves para entender los imaginarios de nuestro presente. En el Perú, de hecho, se está explorando cada vez más esa vía en los últimos años, pese a que el canon siga aferrado al realismo como si fuera la única forma «seria» de escribir. Por ejemplo, pienso en los cuentos de la antología lovecraftiana Nada humano sobrevive aquí (2025) que publicó Alexis Iparraguirre, o ese festejo imaginativo que es Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (2025) de Gianni Biffi, o Minimosca (2024) de Gustavo Faverón, o Fieras (2023) de Mariangela Ugarelli, o Criaturas virales (2025) de Dany Salvatierra. Son literaturas que hablan mejor de nuestra sociedad que propuestas inscritas en el calco o «retrato» de la realidad más plana e inmediata. Supongo que por eso me sorprende ver a tantos escritores de mi edad insistiendo aún en un realismo tradicional, casi de manual, cuando estamos en el siglo XXI y ya ha recorrido mucha agua debajo del puente de la literatura. Eso a veces delata estanco, falta de lecturas y una idea demasiado tímida de la escritura.

 

¿Qué autores de nuestra tradición literaria peruana nos ayudarían a sacudirnos un poco de las raíces tan hendidas del realismo?

 

Yo diría que con leer a los cronistas de indias, basta y sobra. ¿No te parece que mucho de lo que escriben Garcilaso o Guamán Poma atenta contra la idea de realismo? Agregaría también el Manuscrito de Huarochirí (1608) y la poesía de Eguren.

 

«Si no es usted capaz de exagerar, es improbable que pueda escribir ficciones» ¿Qué opinas de esta sentencia de John D. Fitzgerald?

 

Yo opino que estaba exagerando.

 

Rodrigo Fresán, Mario Vargas Llosa, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor y Roberto Bolaño ocupan los relatos del resto del libro. En ellos, hay una dosis mayor de humor negro y de humor violento a diferencia de los otros cinco relatos del conjunto, salvo quizá el de Pierre Michón. ¿Esta es la clave para salir del realismo biográfico que aparentemente sugieren? ¿Es a través de estos toques hiperbólicos que escapas de la crónica o la referencialidad?

 

Yo utilizo mucho la imaginación para escribir. Mi biografía o mi «mundo real» nunca me han aportado demasiado material para la literatura. En E-mails con Roberto Bolaño, aparece, sí, un tal J. J. Maldonado que, como yo, ha vivido en Europa, ha tenido una maestría en escritura creativa, ha publicado, se relaciona con escritores, tiene cierta edad y ciertas características parecidas a las mías; pero ese J. J. Maldonado es otro, totalmente otro. Solo me sirve como dispositivo narrativo para engañar o despistar mejor. El resto es imaginación. Un J. J. Maldonado que se transforma por completo en Zambra, por ejemplo, o que intenta asesinar a Han Kang tras haberla plagiado en quechua, o que se va en busca de Pierre Michon en Montauban, o que hace invocaciones vudú con Antonio Cisneros, es una verdadera joya. Y desde luego, ese J. J. no soy yo. Creo que ese J. J. Maldonado es más interesante, mucho más audaz, mejor lector y, sobre todo, más intuitivo. A veces también es más violento, aunque siempre termina de mal en peor. De modo que cuando llevo al máximo la imaginación, ese protagonista se hiperboliza y puede hacer cosas extraordinarias como escribir La clase de griego (2011) en quechua, por ejemplo. Cuando ese estado invade el texto, escapo definitivamente de las formas de la crónica y de toda suerte de autoreferencialidad.

 

¿Cómo defines la «imaginación»? Esta palabra es interesantísima, con ella has caracterizado a la oleada contemporánea de escritores que se apartan un poco de la tradición realista del país.

 

Lo defino como un espacio de libertad, el patio trasero en donde se puede hacer las travesuras más interesantes y desmesuradas que no se permiten en las zonas solemnes y aburridas. 

 

Al conversar con Giovanni Puccio Vega, mencionaste que te orientabas a una especie de metarrealismo pop. ¿Dirías que está presente también en este nuevo libro de cuentos? ¿O has decidido tomar distancia de esa tendencia?

 

La crítica ha dicho que mi libro es muy pop, así que creo que me ha sido imposible escapar de esa búsqueda, la cual es muy natural para mí, porque todo el rato estoy consumiendo contenido pop y basura digital como foros, creepypastas o videos absurdos. Más bien, me ha asombrado que algunos digan que E-mails con Roberto Bolaño es un libro elitista. Pero, para mí, escritores como Roberto Bolaño, Mario Vargas Llosa, Mariana Enriquez o Han Kang forman parte de la cultura pop. Además, yo he escrito dos libros de ensayo sobre temas que están fuera de toda élite como el anime y el manga. Me refiero a mis libros Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (2024) y Una galaxia pop llamada One Piece (2025). En ese sentido, creo que la cultura pop siempre estará presente en lo que yo escriba directa o indirectamente, porque lo pop está dentro de mi manera de vivir, dentro de mi manera de ver el mundo. ¿O no te parece muy pop que el fantasma de un Roberto Bolaño creepy mande e-mails y pida packs eróticos a una de sus groupies literarias?

 

Sí, por supuesto. En ese Bolaño noto más que nada una traducción de su concepto a través del estilo caricaturesco que manejas con base en el metarrealismo. Y es que, al igual que la metafísica habla de algo que está más allá de la física, noto que el realismo que esbozas va más allá de la realidad y trae a mi mente las series animadas, el anime y los videojuegos.

 

Es que yo no diría que lo mío es realismo. Pero si quieres ir por allí, y para darte el gusto, diría que entonces es un hiperralismo, es decir, un realismo exagerado, acelerado, llevado hasta sus extremos solo con la intención de deformarlo y crear, así, otra suerte de realidad, una realidad alterada y llena de tensión, con espacios por donde se cuela lo fantástico o lo absurdo, incluso, lo cósmico. Y, en efecto, eso se relaciona mucho con los animes, los mangas, el cómic, las creepypastas y los videojuegos que consumo. Creo que estas narrativas marginales me han enseñado más como escritor que los propios libros o talleres literarios.

 

En el relato de Vila-Matas y el de Rodrigo Fresán hay una cierta intención de ahondar en conceptos personales y literarios, digamos que ahondas en sus poéticas. En el caso de Vila-Matas, el punto de vista y, en el caso de Fresán, la idea de Big Crack.

 

Yo creo que Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán son escritores de estilo. Es decir, sus libros narran la búsqueda o la reverberación del estilo. Eso, desde luego, los vuelve conceptuales en muchos sentidos. Y yo, que los he leído muy bien, me aproveché de eso para escribir relatos sobre ellos a partir del estilo y del concepto. El lector atento se dará cuenta que ambos textos son homenajes directos no solo a sus personas, sino también a sus formas de escribir y a sus obsesiones literarias. Estoy muy contento de que la mayoría de los lectores hayan recibido muy bien los cuentos «¿A quién mira Enrique Vila-Matas?» y «Rodrigo Fresán en Big Crack». Aparecen mucho como los favoritos.

 

Y, en suma, ¿qué es el punto de vista? ¿Qué es la Big Crack?

 

Prefiero no dar una respuesta a eso. Que sea el lector quien saque sus propias conclusiones al respecto. 

 

¿Desde cuándo te apasiona la idea del doble? Los cuentos que aluden a Zambra y Kang trabajan esa idea de la duplicación, pues, en el caso del chileno, hay una suplantación del escritor por parte del protagonista. En el de la coreana, hay una coincidencia o una acusación de plagio por la publicación de La clase de griego, la cual, en la historia, ha sido escrita antes por el personaje central.

 

No estoy muy seguro desde cuándo. Pero me interesaba tener en E-mails con Roberto Bolaño un lado A y un lado B del concepto del doppelganger. Me refiero a ensayar un cuento sobre la manera física del doble, de un otro «yo», como en el caso de J. J. Maldonado y Zambra, por ejemplo; y sobre la manera artística y mental, que es el caso del doble textual, donde aparece un manuscrito titulado La clase de quechua, que es, digamos, un doppelganger de La clase de griego de Han Kang. De esa manera, fui trabajando ambos cuentos y quedaron muy bien. Recién ahora me doy cuenta de que también soy un escritor muy conceptual. Y la culpa de eso lo tiene la ingente cantidad de ensayos que trago a diario. Pero prometo cambiar la dieta pronto.  

 

¿Tus ensayistas favoritos? Compártenos un poco de esa dieta.

 

Son muchos. Pero te puedo dar los nombres y títulos de lo que estoy leyendo ahora mismo para evitar la ansiedad. Mito y archivo (1990) de Roberto González Echevarría; Metáfora y memoria (2016) de Cynthia Ozick y Las políticas de la nostalgia (2022) de Grafton Tanner, vía Alpha Decay.

 

Los peruanos que participan de estas biografías apócrifas son Antonio Cisneros y Mario Vargas Llosa. Presuntamente, buscas ventilar su vida privada en la ficción, pero, ¿lo que tratas de hacer, en realidad, es bajarlos a tierra para que recordemos que eran personas tan imperfectas como nosotros? ¿Tal vez enfocarlos desde el humor y la ironía para verlos más allá del olimpo literario?

 

Yo quería hacer una biografía alternativa de los escritores que aparecen en el libro. Una suerte de catálogo sobre sus vidas secretas.  Pero claro: «secretas» en el sentido literario, no en el sentido notarial. No me interesa ventilar la vida privada de los escritores como si esto fuera una columna de chismes; me interesa el efecto de verdad que produce el «chisme» cuando entra a la ficción, esa zona gris donde el lector dice «esto podría haber pasado» y, por lo mismo, se ilusiona un poco. Y sí, creo que el humor me ayudó a poder acercarme mejor a ellos, en especial a los escritores peruanos que aparecen en E-mails con Roberto Bolaño. Cisneros y Vargas Llosa por distintas razones han quedado convertidos en estatuas: uno, por el aura del poeta; el otro, por el aparato del Nobel. A mí me da más curiosidad la grieta que la estatua. En ese sentido, el humor y la ironía que aplico en los textos no los «rebajan», al contrario, creo yo que los devuelven a su condición más interesante, a su condición de personas, es decir, de seres contradictorios, brillantes a ratos, ridículos a ratos, y casi siempre demasiado humanos. 

 

Las historias se nutren de varias intertextualidades con las obras de los escritores. Es normal por el aura paródica de estos relatos, pero, tal vez, podrías comentar un poco de estos entrelazamientos narrativos con los casos de Mariana Enríquez y Fernanda Melchor.

 

En esos dos casos fui bastante explícito, casi descarado, y eso me gustaba. Con Mariana Enríquez tomé el personaje y el ambiente de su cuento «La casa de Adela» (2012) como si estuviera escribiendo un fanfic: entrar a esa atmósfera la casa como imán oscuro, el barrio en Lanús, la lógica de lo siniestro cotidiano— y hacerla trabajar para mi propio cuento con Mariana Enriquez como amiga de Adela, pero también de la narradora del relato. Algo parecido sucedió con mi relato sobre Fernanda Melchor. Fanfic en estado puro. La idea siempre fue meterlas a ellas dentro de su propio universo, junto a sus personajes, y encima aterrorizar con eso. La gracia es que. en E-mails con Roberto Bolaño, el homenaje parezca una travesura, y la travesura termine pareciendo una amenaza velada.

 

¿Dirías que esta forma de crear el fanfic es millennial?

 

Por supuesto que no. Existe la escritura del fanfic desde las épocas bíblicas. Es algo que siempre ha estado en la historia de la literatura. Por ejemplo, ¿qué es si no la versión fanfic de Don Quijote que hizo Alonso Fernández de Avellaneda y que obligó a Cervantes a escribir su segundo tomo? De millennial no tiene nada el fanfic.

 

¿En alguna ficción futura J. J. Maldonado conocerá a Diosito de El amor es un perro que ruge desde los abismos (2021)?

 

En la novela que estoy escribiendo ahora, en un capítulo que está en la página 453 del Word, J. J. Maldonado se topa con Diosito y se mandan una buena escena psicodélica donde uno de ellos empieza a interactuar con Cormac McCarthy. Pero Diosito solo aparece como un personaje MacGuffin, o sea, entra en escena un rato y luego, tras crear la excusa narrativa, ya deja de tener mayor protagonismo.

 

En el relato de Pierre Michon, hay una suerte de apadrinamiento que mueve la historia. Y claro, viene de la admiración que produce el escritor francés en J. J. Maldonado, pero lo que resulta de este vínculo es el contagio de la enfermedad literaria, de aquella locura que experimenta Michon y asume Maldonado en el cuento. ¿Piensas que hay actitudes rescatables o ejemplares de los escritores de tu libro que podríamos seguir?

 

Por el bien de todo joven escritor, yo espero que no sigan a ninguno de ellos. Al contrario, escapen, huyan, manténganse alejados con un cartel que diga: «Aquí no se permiten escritores».

 

En tu entrevista con Jaime Cabrera para Lee por Gusto, mencionaste que escribir es una excusa para capitalizar tiempo en soledad.

 

Bueno, eso lo dije yo porque a mí me gusta estar solo, me gusta la soledad y que me dejen en paz. Pero a veces la gente cree que eso es malo, que uno está loco; y la mejor manera para justificar esa búsqueda de soledad, es sofisticar el concepto a través del ejercicio de la escritura. Porque cuando uno escribe, el otro siente que estás haciendo algo, “produciendo algo”, y así trata de entenderte y dejarte en paz. De esa manera puedo ganar unas tres o cuatro horas sin que nadie me moleste o quedarme solo el fin de semana sin que parezca demasiado raro. Escribo para que nadie se meta con mis espacios de soledad. 

 

En el relato sobre Bolaño, hay una especie de catarsis sentimental, al mismo tiempo que una parodia de sus deseos morbosos. ¿Aquí intentas exhibir el lugar que adquiere la literatura como panacea emotiva, pero desde el humor negro?

 

Yo creo que Roberto Bolaño siempre tuvo mucho humor en su literatura, aunque mucha de ella no lo parezca a simple vista. Pero pienso que Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), incluso su poesía, su obra en general, está llena de un tóxico y terrible humor negro, donde se burla de todos a diestra y siniestra: de la literatura, de los lectores, de los escritores, de los editores, de todos; no queda títere con cabeza. Entonces, lo mínimo que tenía que hacer era devolverle el gesto: retratarlo como una fuerza oscura y juguetona, capaz de convertir la literatura en una broma incómoda. Porque Bolaño, al final, siempre supo que la literatura era una suerte de ajuste de cuentas. Y a mí me interesaba ese punto exacto donde una cosa se confunde con la otra, y lo único que queda es reírse para no ponerse solemne. Creo que a él le habría gustado mucho este libro. Estoy seguro que Roberto Bolaño se reirá alguna vez conmigo en el infierno.

 

Alberto Buendía Matamoros le dio una crítica a tu libro diferente de muchas otras. ¿Cómo sueles tomar la crítica en general? ¿Qué le aconsejarías a un escritor emergente sobre la recepción de la crítica?

 

Mi único consejo sería contarle una anécdota de Cormac McCarthy. Como muchos saben, el autor de Meridiano de sangre (1985) era muy ajeno al mundo mediático y le gustaba vivir como un ermitaño. Casi no daba entrevistas ni respondía a los correos de los periodistas. Pero un día leyó una reseña sobre un libro suyo en The New York Times y le pidió a su agente el correo de ese crítico literario para mandarle una carta. Según el crítico de The New York Times, esta carta solo tenía dos palabras: «FUCK YOU!»  

 

 

 

 

11 de enero de 2026











[1] J. J. Maldonado (Lima, Perú). Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Magíster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Es autor de  E-mails con Roberto Bolaño  (Seix Barral, 2025), El amor es un perro que ruge desde los abismos (Planeta, 2021) y del ensayo Narrativa mesiánica: animes al rescate de la ficción (Fondo Editorial UCV, 2024). También ha publicado el conjunto de cuentos Quien golpea primero golpea dos veces (2020) y el estudio Una galaxia pop llamada One Piece (2025). Libros suyos han sido editados en Chile, España y Argentina. Tiene publicaciones en revistas como Jot Down, Granta, Buensalvaje y Caretas. En 2015 ganó el Premio Narrador Joven del Perú.

J. J. Maldonado. Desrealizando el realismo peruano

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