PARADOJAS DE LA IDENTIDAD EN UNA
SINFONÍA
[Entrevista
a Zoila Vega Salvatierra[1]
sobre su libro Cantan al hablar]
Por Edward
Álvarez Yucra
Hay
seis puntos de vista en tu novela que están dirigidos por distintos pianos. Sin
embargo, las historias que entran a tallar terminan adoptando el protagonismo.
Entre ellas, está una que nos remite a la Orquestal de Arequipa y nos deja ver
su auge y decadencia. Si bien en otras entrevistas has mencionado que hay un
canto de nostalgia al rememorar este cambio de sensibilidad, el cual es notable
en dicha historia, ¿no crees que hay algo por rescatar de ese pasado para el
presente? Los tiempos no volverán a ser precisamente lo mismos, pero, ¿acaso
hay actitudes, hábitos o aportes de aquel pasado musical que cabe recobrar a
través de lo descrito en tu novela?
Claro que lo
creo y, por eso, todos los pianos cierran sus historias con un dejo de
esperanza y optimismo. Casi todos dicen la palabra «gracias» de alguna forma o se enfrentan
al futuro con entereza, con valentía o con una buena dosis de estoicismo. Salvo
el Yamaha, son pianos históricos y, a veces, el peso de su pasado determina su
visión. No son ingenuos. Aun así, se consideran afortunados.
¿Aquellos
tiempos eran mucho más duros que los actuales? ¿De esa situación les viene esa
forma de ser estoica?
Yo creo que, si vives una larga vida,
terminas por asumir algun tipo de posición filosófica ante la existencia. Unos
se ponen sibaritas, otros practican el estoicismo y otros predican el
epicureísmo. No sé si la vida de antes fue dura, pero la actual lo es. Quizás
por eso Marco Aurelio se ha puesto de moda.
Es
cuanto menos curiosa la conclusión del piano de la Orquestal, quien
históricamente fue un regalo del presidente Legía: «La paz política trajo decadencia artística. Terrible
paradoja». Y es que, muchas veces pareciera que la música está ligada netamente
al ocio o a los pasatiempos, pero aquí me parece que remarcas las implicancias
ideológicas que puede tener todo arte. Precisamente, los siguientes
presidentes, al no hallarse contrariados con Arequipa, dispensan del apoyo que
le puedan dar para su producción musical; no les resulta prioritario. ¿El
artista no solo necesita la paz para crear o interpretar? ¿También necesita la
guerra?
Solo una aclaración: el piano fue un regalo de
Odría, en la década de los 50. Fue una licencia que yo me tomé el darle a Odría
la iniciativa de regalar un piano. No sé exactamente a quién se le ocurrió,
pero sí es cierto que el auspicio a la ópera fue el pretexto para intentar
congraciarse con la ciudad. Es decir, fue un gesto político e interesado.
También fue licencia mía el sesgar lo suficiente la narración para hacer
parecer que ahí empezaba el abandono del Estado, pero, en realidad, la orquesta
por esas épocas era una organización privada y no se esperaba que recibiera
ayuda. Esta llegó diez años después, cuando el Estado aceptó gerenciarla y con
el paso del tiempo eso permitió su supervivencia.
No, no creo que los artistas necesiten de medios
estresantes para surgir. De hecho, en mis estudios históricos, encuentro una
constante: en el campo de la creación y la interpretación, cuando más estable y
próspera es la situación financiera, social, cultural y existe paz interna, se
da mayor diversidad y empuje en la música. Por ejemplo, en la etapa de la
prosperidad guanera, en la década de los 50 y en los últimos treinta años. Pero,
por supuesto, no puedo generalizar.
En una entrevista con Johnny Padilla, mencionaste que
cuando más estresada estás con tu lado musical, más escribes.
Ah, porque llevo una vida intelectual algo
embrollada. Recuerdo que, en los descansos de los ensayos de la orquesta,
llevaba mi cuaderno y me ponía a escribir mis novelas de aventuras espaciales o
de princesas a caballo ―era una adolescente muy inquieta―. Cuando estudiaba dirección orquestal en México, terminé
mi primera novela impublicable de 800 páginas y durante la redacción de mi
última tesis reescribí por completo otra novela imposible. Ahora que estoy más
dedicada a la musicología, se repite el patrón. Hasta he inventado dos
personajes: Musa ―la inspiración literaria― y Epifanía ―el rigor intelectual
de la investigación―, que se pelean por mi
tiempo. Algunas de sus aventuras las publiqué en Facebook en los días en que no
podía escribir mucho. Hay períodos en que Epifanía toma el control, pero
entonces me siento oprimida, vacía. Y cuando Musa funciona a todo vapor,
podrían echarme del trabajo.
Una
de las historias más trágicas fue la de Roberto, un muchacho de pocos recursos
que empezó a innovar la música en privado al unir melodías nativas y populares
con otras de la música clásica. Él encarna el genio romántico, tan apasionado y
destructivo, que incluso linda con la locura. Y, además, dicha locura también
tiene relación con el estatus social, ya que Roberto se enamora de una chica
que le resulta inalcanzable por su pobreza; por lo que entiendo que los caminos
de la música demandan ciertos sacrificios y riesgos que pueden sacar lo más
brillante y lo más desastroso de cada uno.
Pues lo has entendido mucho mejor que yo
misma. Los artistas también son seres humanos, así que tienen dentro de ellos
lados luminosos y ––parafraseando una novela mía–– cavernas tenebrosas en sus
maneras de ser.
Y
es un poco insólito cómo su piano aboga por él luego de cometer una locura. Se
aferra con mucho afecto a la figura de su amo, incluso cuando ya no puede estar
con él. Tanto la historia de Rönisch como la del Bechstein son las que más
resaltan por ese grado de fidelidad. ¿Diría que los objetos, en este caso los
pianos, más que tener una historia propia, son atravesados por las historias de
sus amos? ¿Su vida es, en realidad, la vida de los otros? Lo pregunto
considerando que son entes inmóviles y deben someterse a lo que suceda en su
alrededor, no operan de una forma que les permita escribir su propia historia
pese a tener consciencia.
Es verdad, no tienen «agencia», iniciativa. Y, aun así, resisten desde su silencioso
mundo interno —interesante paradoja, porque un piano
no es silencioso—. Reconstruyen su pasado, lo
verbalizan ante un entrevistador invisible que es el novelista. Pero su simple
presencia es un acto de resistencia, creo yo. Es más, ese piano acaba de ser
restaurado y se le ha asegurado varias décadas más de vida, así que su historia
continúa.
Mencioné
el caso de Roberto porque he notado un contraste con Elena, quien no se
encuentra en la misma situación económica y desarrolla un aprendizaje casi
ininterrumpido, salvo por ser una fugitiva del teclado. La música, hasta cierto
punto, está condicionada por esa capacidad de solvento. Para escribir, uno
puede comenzar con una pluma y un papel, pero para hacer música, primero es
indispensable adquirir un instrumento que cuesta mucho más de lo que cuestan
los materiales de trabajo de un escritor.
A menos que seas cantante y ya traigas
incorporado el instrumento contigo. Pero puedes hacer música con un par de
cucharas o un cajón de fruta, tus manos o cualquier cosa que se te ponga a
mano. Pero, en algunas formas de música, sí, se demanda cierto gasto y no es
solo por el instrumento. Los repuestos, el mantenimiento del instrumeno, los métodos
y partituras ––aún cuando existen las prácticas de pirateo y el PDF––, las
lecciones; son el gasto corriente de un músico y no hablo solo del que ejerce
música de tradición escrita.
No estoy segura si es menos onerosa la
escritura. El papel y la pluma también tienen un costo diferente, pero, si bien
leer es gratis, los libros no lo son; y ese es el insumo principal de un
escritor. Además, está el asunto de cuánto cuesta generar una idea original y
plasmarla por escrito. No me atrevo a presupuestar eso.
Es
curioso cómo pareciera que todos quieren tener un piano en el siglo XX pese a
su situación económica; de algún modo, deseaban acceder a ese cosmopolitismo y
modernidad que representaba. Hoy, parece inconcebible esa necesidad de producir
música para tenerla en casa. Pero, tal vez, más que solo reducir su uso al de
reproducir música y compararlo con la radio, ¿piensa que acceder al piano
también era acceder a profundizar en la música? ¿Comprenderla en su composición
y complejidad?
Sí, es verdad. El piano apareció en un
periodo de la historia en que las personas estaban más comprometidas con la
producción sonora, porque se veían obligadas a hacer música por sí mismas,
aunque no fueran músicos profesionales. La tecnificación, la grabación acabó
con esa necesidad y democratizó el acceso a la música. No obstante, veo un
regreso, en el sector educativo a un ideal renacentista sobre la importancia de
la música en la formación de niños y adolescentes, aunque no se vuelvan músicos
profesionales y el piano, al igual que otros instrumentos, sigue estando
presente.
También
hay cierto humor en los pasajes que relatas. Tanto en la ocasión en la que un
piano se escandaliza porque un desconocido del público lo empieza a tocar sin
consentimiento como en el encontronazo que tiene Don José con uno de sus
estudiantes en un año que lindan con los 80.
Pese a que José viene de la famosa revolución del 50 y simpatizó con
perspectivas afines a la ideología que parece promulgar su alumno en una década
diferente, su visión sobre el arte es radicalmente opuesta y eso produce una
suerte de persecución algo caricaturesca. ¿Por qué enfocar una situación tan
polémica con ese humor?
Porque no puedo evitarlo. En mi casa
siempre se contaba esa escena con un humor socarrón ―mi
padre fue testigo―. Con el tiempo, me di cuenta de que
esas pugnas partidarias que significaron tanto para sus protagonistas;
cincuenta o sesenta años después, no servían para nada. Las pasiones vertidas
en tales diatribas, vistas por alguien que ha vivido tantos años como el piano,
se vuelven meros episodios anecdóticos en la vorágine del tiempo y no queda más
que contarlos con un tono, en apariencia, indiferente. Admito que lo hice para
salpimentar un poco el relato de Rönisch que, de otra manera, se volvería un
poco antipático, con tanta amargura a cuestas.
¿Piensas
que la literatura peruana es muy seria? ¿No hemos cultivado mucho el humor?
Pues no lo sé. Los escritos de Felipe
Pardo y Aliaga, las Tradiciones (19872)
de Palma, el teatro de Manuel Ascensio Segura y de Yerovi, los cuentos de
Manuel Beingolea y hasta Pantaleón y las
Visitadoras (1973) de Vargas Llosa son ejemplos geniales de una visión
crítica del mundo en tono de humor. César Vega Herrera también ha escrito desde
el teatro en ese tono, y creo que ese es un rasgo de familia. La ironía, la
comedia y la sátira son muy serias; es necesario saber hacerlas.
En
cuanto a la historia de los alemanes que fueron deportados, la imagen de Óskar
mueve esa trama sentimental, resumida en la melancolía que expresa su piano al
extrañarlo a él y a su familia luego de ser deportados a causa de la Segunda guerra
mundial. Esta melancolía está arraigada
al origen, pues el piano reafirma muchas veces su estirpe germana y la de sus
dueños. Incluso, después, asume que tendría que alejarse de casa con la
seguridad de que estará bajo el cuidado de otros alemanes. ¿En él hay un
ejemplo del amor a las raíces? ¿O es acaso una suerte de retrato del
nacionalismo alemán?
Un poco de todo lo que mencionas, pero
tambien un desprecio soterrado a lo que lo rodea. Si no está con alemanes, no
está bien acompañado y eso también es un rasgo de sus dueños, que arrastran un
fuerte prejuicio y un sentimiento de superioridad que luego se estrella contra
la realidad. Son ciudadanos peruanos privilegiados, pertenecientes a la élite
comercial, con un claro poder económico y una posición de prestigio en una
sociedad que valora mucho al europeo. Pero todo eso se hace trizas ante una
arbitrariedad del país que es suyo. No se merecían de ninguna manera lo que les
pasó y esa ascendencia europea de la que tanto se jactaban fue la razón de su
caída.
En la segunda mitad del siglo XIX y la
primera mitad del XX llegaron al Perú ingenieros, profesores, intelectuales y
comerciantes alemanes que tuvieron una contribución innegable en la vida
peruana en muy diversos aspectos y que estaban muy orgullosos de sus orígenes,
lo cual es muy natural. En algunos, no digo que en todos, la necesidad de
alternar estrictamente dentro de su lengua y su comunidad de compatriotas los
llevó a formas exageradas de endogamia y exclusivismo en su trato y relaciones.
Confieso que reflejo algo de eso en la personalidad de Bechstein, pero también
es una forma de defender la identidad, sobre todo cuando esta se ve amenazada
por el trauma de haber sufrido una cirugía mayor, como la que le sucede a él.
No olvidemos que él narra sus recuerdos desde su presente, cuando ya es un «piano bipolar». Eso influye en
el tono de su discurso.
Sí,
esa me parece una analogía muy clara con la humanidad. El cuerpo nunca, o casi
nunca, permanece intacto a lo largo del tiempo, los achaques o cambios
radicales en él revelan cómo nos ha tratado la vida. Lo mismo sucede con este
piano, que se ve sometido a una suerte de operación para salvar su voz, pero
esta termina perdiendo su acento alemán. En él está la paradoja de la
identidad, algo siempre cambia y algo permanece. En tu caso, ¿cómo llevas tu
identidad arequipeña?
Pues soy una arequipeña muy atípica. No
cumplo con varios de los requisitos que se supone debe cumplir un «verdadero arequipeño»,
pero sí me siento orgullosa de haber nacido aquí. Me interesa todo lo que se
refiere a la ciudad, especialmente su historia. Corrección: una visión crítica
de su historia. Desde mi trabajo musicológico, me interesa adentrarme en los
mitos identitarios y analizarlos profundamente, especialmente para evitar que
ciertas taras, ciertas injusticias, se prolonguen en el tiempo. Cuando las
identidades se tornan excluyentes, es hora de explicar por qué el sentido de
pertenencia no puede ser empleado para dividir, o peor, para discriminar.
Juegan,
además, dos imágenes tutelares que contrastan mucho. Está la del viejo Nico y
su ayudante José, y está la del profesor Cecilio y la joven Elena. En el primer
caso, hay una enseñanza mezquina y agresiva acerca de cómo reparar los pianos;
en el segundo caso, si bien el maestro reafirma su autoridad varias veces de
manera estricta, no pierde la paciencia para sacar el máximo potencial de su
alumna. Y es curioso que tanto José como
Elena terminen profesionalizándose en la música, solo que uno lo hace
totalmente al romper su vínculo con el viejo Nico y la otra lo hace mostrándole
gratitud a Cecilio, al punto que retoma clases con él ya habiendo pasado muchos
años sin verlo.
Sí, es un paralelo interesante y refleja
dos formas de aprendizaje musical muy diferentes entre sí.
En
otras ocasiones, has mencionado que Elena es como tu alter ego, una creación
autoficcional. No es que quiera tomar tan en serio la ficción, pero ya que la
retratas de esa manera, ¿dirías que esa imagen estricta y paciente de un
profesor de música es el tipo de educación con la que te has formado?
Pues, si hablamos de lo musical, me formé
con todo tipo de ejemplos. Desde los que me hicieron amar mi trabajo hasta los
que me hacían temblar las piernas. Con el tiempo rechacé los estilos
autoritarios e impositivos y me incliné por los racionales y analíticos y he
tratado de construir mi propio discurso pedagógico desde esa perspectiva. Es lo
que mejor me ha funcionado para aprender y para enseñar.
Casi
al final, tal vez en uno de los pasajes más decisivos y dramáticos para la Orquestal,
el loco Guillermo reúne músicos para mantener vivo el ensamble y tratar de
conmover al presidente de la república tocando para él en persona. Es ahí
cuando interpretan el himno de Arequipa de modo inesperado y dejan una
sensación de arraigamiento que los ha salvado.
En una entrevista para Libros a mí,
dijiste que el que ama corrige y eso te lleva a poner las cosas de manera más
crítica, por lo que no idealizas tus raíces, pero, ¿la identidad, el saber de
dónde venimos, nos puede salvar a veces en la vida?
Existe un cuento de un escritor
norteamericano, creo que es Twain, no estoy segura, que habla de dos jóvenes
que viven en un pueblo pequeño y que se consideran enemigos a muerte. Para huir
de las rivalidades, uno de ellos se va a la gran ciudad a cambiar de vida y el
otro lo sigue para continuar la pelea, pero al segundo le pasan tantas cosas en
la urbe, se desorienta tanto y se confunde tanto, que, cuando encuentra a su
antiguo enemigo, lo saluda como a un hermano: lo único que conoce en ese
infierno de gente y modernidad. Ese ejemplo ilustra bien cómo cambiamos
nuestras afiliaciones y nuestro sentido de pertenencia según nuestras
necesidades y las demandas del entorno. Es una estrategia de adaptación.
Sin
identidad, uno no sobrevive.
Exactamente. La identidad te da un lugar
en un grupo. Somos seres sociales. Necesitamos del grupo para poder sobrevivir.
Justo
al final, hay un alegato de parte de uno de los pianos que se refiere a la
música como una de las formas de conquistar lo inmaterial y alcanzar la
inmortalidad por un breve instante. ¿Consideras que esto también es la
literatura? ¿O la defines de forma diferente?
Pues no lo sé, no lo había pensado. Para
mí, escribir o contar ––que a veces es casi lo mismo–– es una forma de sentir
absoluta libertad y abstraerme del mundo real, de problemas reales o de
procesarlos, de hacerlos solucionables. Independientemente de si guste o no lo
que escriba, el sumergirme en mi propio universo, en mi propio tiempo, ya sea
mientras escribo, o en la historia que he creado mientras releo y corrijo, es
una de mis más grandes alegrías, aunque debo dosificarlas porque a veces el
pozo se «seca» y me quedo sin
gasolina.
Cuando toco, puedo perder la noción del
tiempo porque debo tomar micro decisiones en cada segundo y eso vuelve la
interpretación, si no interminable, por lo menos, intensa. Cuando digo que cada
interpretación es «una Ilíada y una Odisea
juntas», estoy reflejando mis propios sentimientos cuando
ejecuto mi instrumento, aunque lo hago desde el violín y no desde el piano.
Además, la música solo existe cuando suena, y para eso debes tocar y tocar y
tocar. No es la misma interpretación repetida. Cada experiencia es única aún
cuando construyas una versión propia.
¿Escribir
es más que un pasatiempo? ¿No piensas mucho en el lector al hacerlo?
Nunca lo he visto como un pasatiempo. Es
algo que necesito hacer, como respirar o comer. Siempre tengo que usar la
palabra de alguna manera, o contar algo. Cuando enseño redacción a mis
estudiantes y les digo «ponte en el lugar del lector cuando
corrijas. Cerciórate de que él/ella entienda exactamente lo que quieres decir». Yo hago eso cuando corrijo. Al escribir solo es lo
que yo digo, pero después, me pongo en el lugar del lector y busco causar
determinada impresión. Si consigo el efecto deseado, entonces sé que voy por
buen camino. Pero, por supuesto, es como jugar tenis de mesa conmigo misma.
Encuentro
algo curioso en que representes la música con la narrativa. Usualmente, uno
creería que la música se lleva mejor con la poesía, pues tienen una relación
muy estrecha. Sin embargo, al ser tu primera novela sobre este tema, me parece
que aprovechaste la naturaleza sonora de la música clásica y sinfónica, a la
par que no te involucraste mucho con aspectos líricos de las composiciones. ¿Para
una próxima novela tienes en mente integrar el lado más poético de la música?
¿Tal vez con intertextualidades que remitan a la letra de canciones o citas
directas de ellas?
No lo sé. Yo soy
muy aficionada a la música lírica, a la ópera y al teatro musical, así que para
mí la música cantada tiene el doble valor de lo sonoro y de lo poético. El
tiempo dirá. Nunca digas nunca. De niña, mi padre se sentaba conmigo a leer
poemas y en mis trabajos musicológicos me ha tocado analizar los textos de
cantatas, tonadillas y villancicos. Así que es muy posible.
¿Qué opinas de la literatura local?
¿Qué escritores de Arequipa, del hoy y del ayer, te parecen destacables?
Mariano Ambrosio
Cateriano fue un fino escritor. María Nieves y Bustamante, no solo como
novelista, sino como articulista, tuvo una prosa muy elegante. Melgar me gusta
como poeta, especialmente en sus versos más sencillos, pero hay otros poetas
como César Atahualpa Rodríguez, Guillermo Mercado o mi papá, Alberto Vega; y no
porque sea mi papá, pero tiene una lírica muy sencilla, muy conmovedora —lo
siento, quizás sea porque lo he leído desde muy pequeña que me gusta tanto—.
25 de noviembre del 2025
[1] Zoila Vega Salvatierra (Arequipa,
1973). Música y musicóloga de profesión, ha publicado varios libros y artículos
sobre la música sur peruana de los siglos XVIII al XX, así como varias novelas
entre las que se cuentan Cápac Cocha (2006), Acuarelas (2013), Las
Saucedo (2015), El molle y el sauce (2017) y Cantan al Hablar (2025).
Actualmente es profesora de investigación
musical de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional San Agustín de
Arequipa y docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú en niveles de
pregrado y posgrado.




