martes, 25 de noviembre de 2025

Zoila Vega Salvatierra. Paradojas de la identidad en una sinfonía

 

PARADOJAS DE LA IDENTIDAD EN UNA SINFONÍA

 


[Entrevista a Zoila Vega Salvatierra[1]
sobre su libro Cantan al hablar]

 

 

 

Por Edward Álvarez Yucra

 




 


Hay seis puntos de vista en tu novela que están dirigidos por distintos pianos. Sin embargo, las historias que entran a tallar terminan adoptando el protagonismo. Entre ellas, está una que nos remite a la Orquestal de Arequipa y nos deja ver su auge y decadencia. Si bien en otras entrevistas has mencionado que hay un canto de nostalgia al rememorar este cambio de sensibilidad, el cual es notable en dicha historia, ¿no crees que hay algo por rescatar de ese pasado para el presente? Los tiempos no volverán a ser precisamente lo mismos, pero, ¿acaso hay actitudes, hábitos o aportes de aquel pasado musical que cabe recobrar a través de lo descrito en tu novela?

 

Claro que lo creo y, por eso, todos los pianos cierran sus historias con un dejo de esperanza y optimismo. Casi todos dicen la palabra «gracias» de alguna forma o se enfrentan al futuro con entereza, con valentía o con una buena dosis de estoicismo. Salvo el Yamaha, son pianos históricos y, a veces, el peso de su pasado determina su visión. No son ingenuos. Aun así, se consideran afortunados.

 

¿Aquellos tiempos eran mucho más duros que los actuales? ¿De esa situación les viene esa forma de ser estoica?

 

Yo creo que, si vives una larga vida, terminas por asumir algun tipo de posición filosófica ante la existencia. Unos se ponen sibaritas, otros practican el estoicismo y otros predican el epicureísmo. No sé si la vida de antes fue dura, pero la actual lo es. Quizás por eso Marco Aurelio se ha puesto de moda.

 

Es cuanto menos curiosa la conclusión del piano de la Orquestal, quien históricamente fue un regalo del presidente Legía: «La paz política trajo decadencia artística. Terrible paradoja». Y es que, muchas veces pareciera que la música está ligada netamente al ocio o a los pasatiempos, pero aquí me parece que remarcas las implicancias ideológicas que puede tener todo arte. Precisamente, los siguientes presidentes, al no hallarse contrariados con Arequipa, dispensan del apoyo que le puedan dar para su producción musical; no les resulta prioritario. ¿El artista no solo necesita la paz para crear o interpretar? ¿También necesita la guerra?

 

Solo una aclaración: el piano fue un regalo de Odría, en la década de los 50. Fue una licencia que yo me tomé el darle a Odría la iniciativa de regalar un piano. No sé exactamente a quién se le ocurrió, pero sí es cierto que el auspicio a la ópera fue el pretexto para intentar congraciarse con la ciudad. Es decir, fue un gesto político e interesado. También fue licencia mía el sesgar lo suficiente la narración para hacer parecer que ahí empezaba el abandono del Estado, pero, en realidad, la orquesta por esas épocas era una organización privada y no se esperaba que recibiera ayuda. Esta llegó diez años después, cuando el Estado aceptó gerenciarla y con el paso del tiempo eso permitió su supervivencia.

No, no creo que los artistas necesiten de medios estresantes para surgir. De hecho, en mis estudios históricos, encuentro una constante: en el campo de la creación y la interpretación, cuando más estable y próspera es la situación financiera, social, cultural y existe paz interna, se da mayor diversidad y empuje en la música. Por ejemplo, en la etapa de la prosperidad guanera, en la década de los 50 y en los últimos treinta años. Pero, por supuesto, no puedo generalizar.

 

En una entrevista con Johnny Padilla, mencionaste que cuando más estresada estás con tu lado musical, más escribes.

 

Ah, porque llevo una vida intelectual algo embrollada. Recuerdo que, en los descansos de los ensayos de la orquesta, llevaba mi cuaderno y me ponía a escribir mis novelas de aventuras espaciales o de princesas a caballo era una adolescente muy inquieta. Cuando estudiaba dirección orquestal en México, terminé mi primera novela impublicable de 800 páginas y durante la redacción de mi última tesis reescribí por completo otra novela imposible. Ahora que estoy más dedicada a la musicología, se repite el patrón. Hasta he inventado dos personajes: Musa la inspiración literaria y Epifanía el rigor intelectual de la investigación―, que se pelean por mi tiempo. Algunas de sus aventuras las publiqué en Facebook en los días en que no podía escribir mucho. Hay períodos en que Epifanía toma el control, pero entonces me siento oprimida, vacía. Y cuando Musa funciona a todo vapor, podrían echarme del trabajo.

 

Una de las historias más trágicas fue la de Roberto, un muchacho de pocos recursos que empezó a innovar la música en privado al unir melodías nativas y populares con otras de la música clásica. Él encarna el genio romántico, tan apasionado y destructivo, que incluso linda con la locura. Y, además, dicha locura también tiene relación con el estatus social, ya que Roberto se enamora de una chica que le resulta inalcanzable por su pobreza; por lo que entiendo que los caminos de la música demandan ciertos sacrificios y riesgos que pueden sacar lo más brillante y lo más desastroso de cada uno.

 

Pues lo has entendido mucho mejor que yo misma. Los artistas también son seres humanos, así que tienen dentro de ellos lados luminosos y ––parafraseando una novela mía–– cavernas tenebrosas en sus maneras de ser.

 

Y es un poco insólito cómo su piano aboga por él luego de cometer una locura. Se aferra con mucho afecto a la figura de su amo, incluso cuando ya no puede estar con él. Tanto la historia de Rönisch como la del Bechstein son las que más resaltan por ese grado de fidelidad. ¿Diría que los objetos, en este caso los pianos, más que tener una historia propia, son atravesados por las historias de sus amos? ¿Su vida es, en realidad, la vida de los otros? Lo pregunto considerando que son entes inmóviles y deben someterse a lo que suceda en su alrededor, no operan de una forma que les permita escribir su propia historia pese a tener consciencia.

 

Es verdad, no tienen «agencia», iniciativa. Y, aun así, resisten desde su silencioso mundo interno interesante paradoja, porque un piano no es silencioso. Reconstruyen su pasado, lo verbalizan ante un entrevistador invisible que es el novelista. Pero su simple presencia es un acto de resistencia, creo yo. Es más, ese piano acaba de ser restaurado y se le ha asegurado varias décadas más de vida, así que su historia continúa.

 

Mencioné el caso de Roberto porque he notado un contraste con Elena, quien no se encuentra en la misma situación económica y desarrolla un aprendizaje casi ininterrumpido, salvo por ser una fugitiva del teclado. La música, hasta cierto punto, está condicionada por esa capacidad de solvento. Para escribir, uno puede comenzar con una pluma y un papel, pero para hacer música, primero es indispensable adquirir un instrumento que cuesta mucho más de lo que cuestan los materiales de trabajo de un escritor.

 

A menos que seas cantante y ya traigas incorporado el instrumento contigo. Pero puedes hacer música con un par de cucharas o un cajón de fruta, tus manos o cualquier cosa que se te ponga a mano. Pero, en algunas formas de música, sí, se demanda cierto gasto y no es solo por el instrumento. Los repuestos, el mantenimiento del instrumeno, los métodos y partituras ––aún cuando existen las prácticas de pirateo y el PDF––, las lecciones; son el gasto corriente de un músico y no hablo solo del que ejerce música de tradición escrita.

No estoy segura si es menos onerosa la escritura. El papel y la pluma también tienen un costo diferente, pero, si bien leer es gratis, los libros no lo son; y ese es el insumo principal de un escritor. Además, está el asunto de cuánto cuesta generar una idea original y plasmarla por escrito. No me atrevo a presupuestar eso.

 

Es curioso cómo pareciera que todos quieren tener un piano en el siglo XX pese a su situación económica; de algún modo, deseaban acceder a ese cosmopolitismo y modernidad que representaba. Hoy, parece inconcebible esa necesidad de producir música para tenerla en casa. Pero, tal vez, más que solo reducir su uso al de reproducir música y compararlo con la radio, ¿piensa que acceder al piano también era acceder a profundizar en la música? ¿Comprenderla en su composición y complejidad?

 

Sí, es verdad. El piano apareció en un periodo de la historia en que las personas estaban más comprometidas con la producción sonora, porque se veían obligadas a hacer música por sí mismas, aunque no fueran músicos profesionales. La tecnificación, la grabación acabó con esa necesidad y democratizó el acceso a la música. No obstante, veo un regreso, en el sector educativo a un ideal renacentista sobre la importancia de la música en la formación de niños y adolescentes, aunque no se vuelvan músicos profesionales y el piano, al igual que otros instrumentos, sigue estando presente.

 

También hay cierto humor en los pasajes que relatas. Tanto en la ocasión en la que un piano se escandaliza porque un desconocido del público lo empieza a tocar sin consentimiento como en el encontronazo que tiene Don José con uno de sus estudiantes en un año que lindan con los 80.  Pese a que José viene de la famosa revolución del 50 y simpatizó con perspectivas afines a la ideología que parece promulgar su alumno en una década diferente, su visión sobre el arte es radicalmente opuesta y eso produce una suerte de persecución algo caricaturesca. ¿Por qué enfocar una situación tan polémica con ese humor?

 

Porque no puedo evitarlo. En mi casa siempre se contaba esa escena con un humor socarrón mi padre fue testigo. Con el tiempo, me di cuenta de que esas pugnas partidarias que significaron tanto para sus protagonistas; cincuenta o sesenta años después, no servían para nada. Las pasiones vertidas en tales diatribas, vistas por alguien que ha vivido tantos años como el piano, se vuelven meros episodios anecdóticos en la vorágine del tiempo y no queda más que contarlos con un tono, en apariencia, indiferente. Admito que lo hice para salpimentar un poco el relato de Rönisch que, de otra manera, se volvería un poco antipático, con tanta amargura a cuestas.

 

¿Piensas que la literatura peruana es muy seria? ¿No hemos cultivado mucho el humor?

 

Pues no lo sé. Los escritos de Felipe Pardo y Aliaga, las Tradiciones (19872) de Palma, el teatro de Manuel Ascensio Segura y de Yerovi, los cuentos de Manuel Beingolea y hasta Pantaleón y las Visitadoras (1973) de Vargas Llosa son ejemplos geniales de una visión crítica del mundo en tono de humor. César Vega Herrera también ha escrito desde el teatro en ese tono, y creo que ese es un rasgo de familia. La ironía, la comedia y la sátira son muy serias; es necesario saber hacerlas.

 

En cuanto a la historia de los alemanes que fueron deportados, la imagen de Óskar mueve esa trama sentimental, resumida en la melancolía que expresa su piano al extrañarlo a él y a su familia luego de ser deportados a causa de la Segunda guerra mundial.  Esta melancolía está arraigada al origen, pues el piano reafirma muchas veces su estirpe germana y la de sus dueños. Incluso, después, asume que tendría que alejarse de casa con la seguridad de que estará bajo el cuidado de otros alemanes. ¿En él hay un ejemplo del amor a las raíces? ¿O es acaso una suerte de retrato del nacionalismo alemán?

 

Un poco de todo lo que mencionas, pero tambien un desprecio soterrado a lo que lo rodea. Si no está con alemanes, no está bien acompañado y eso también es un rasgo de sus dueños, que arrastran un fuerte prejuicio y un sentimiento de superioridad que luego se estrella contra la realidad. Son ciudadanos peruanos privilegiados, pertenecientes a la élite comercial, con un claro poder económico y una posición de prestigio en una sociedad que valora mucho al europeo. Pero todo eso se hace trizas ante una arbitrariedad del país que es suyo. No se merecían de ninguna manera lo que les pasó y esa ascendencia europea de la que tanto se jactaban fue la razón de su caída.

En la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX llegaron al Perú ingenieros, profesores, intelectuales y comerciantes alemanes que tuvieron una contribución innegable en la vida peruana en muy diversos aspectos y que estaban muy orgullosos de sus orígenes, lo cual es muy natural. En algunos, no digo que en todos, la necesidad de alternar estrictamente dentro de su lengua y su comunidad de compatriotas los llevó a formas exageradas de endogamia y exclusivismo en su trato y relaciones. Confieso que reflejo algo de eso en la personalidad de Bechstein, pero también es una forma de defender la identidad, sobre todo cuando esta se ve amenazada por el trauma de haber sufrido una cirugía mayor, como la que le sucede a él. No olvidemos que él narra sus recuerdos desde su presente, cuando ya es un «piano bipolar». Eso influye en el tono de su discurso.

 

Sí, esa me parece una analogía muy clara con la humanidad. El cuerpo nunca, o casi nunca, permanece intacto a lo largo del tiempo, los achaques o cambios radicales en él revelan cómo nos ha tratado la vida. Lo mismo sucede con este piano, que se ve sometido a una suerte de operación para salvar su voz, pero esta termina perdiendo su acento alemán. En él está la paradoja de la identidad, algo siempre cambia y algo permanece. En tu caso, ¿cómo llevas tu identidad arequipeña?

 

Pues soy una arequipeña muy atípica. No cumplo con varios de los requisitos que se supone debe cumplir un «verdadero arequipeño», pero sí me siento orgullosa de haber nacido aquí. Me interesa todo lo que se refiere a la ciudad, especialmente su historia. Corrección: una visión crítica de su historia. Desde mi trabajo musicológico, me interesa adentrarme en los mitos identitarios y analizarlos profundamente, especialmente para evitar que ciertas taras, ciertas injusticias, se prolonguen en el tiempo. Cuando las identidades se tornan excluyentes, es hora de explicar por qué el sentido de pertenencia no puede ser empleado para dividir, o peor, para discriminar. 

 

Juegan, además, dos imágenes tutelares que contrastan mucho. Está la del viejo Nico y su ayudante José, y está la del profesor Cecilio y la joven Elena. En el primer caso, hay una enseñanza mezquina y agresiva acerca de cómo reparar los pianos; en el segundo caso, si bien el maestro reafirma su autoridad varias veces de manera estricta, no pierde la paciencia para sacar el máximo potencial de su alumna.  Y es curioso que tanto José como Elena terminen profesionalizándose en la música, solo que uno lo hace totalmente al romper su vínculo con el viejo Nico y la otra lo hace mostrándole gratitud a Cecilio, al punto que retoma clases con él ya habiendo pasado muchos años sin verlo.

 

Sí, es un paralelo interesante y refleja dos formas de aprendizaje musical muy diferentes entre sí.

 

En otras ocasiones, has mencionado que Elena es como tu alter ego, una creación autoficcional. No es que quiera tomar tan en serio la ficción, pero ya que la retratas de esa manera, ¿dirías que esa imagen estricta y paciente de un profesor de música es el tipo de educación con la que te has formado?

 

Pues, si hablamos de lo musical, me formé con todo tipo de ejemplos. Desde los que me hicieron amar mi trabajo hasta los que me hacían temblar las piernas. Con el tiempo rechacé los estilos autoritarios e impositivos y me incliné por los racionales y analíticos y he tratado de construir mi propio discurso pedagógico desde esa perspectiva. Es lo que mejor me ha funcionado para aprender y para enseñar.

 

Casi al final, tal vez en uno de los pasajes más decisivos y dramáticos para la Orquestal, el loco Guillermo reúne músicos para mantener vivo el ensamble y tratar de conmover al presidente de la república tocando para él en persona. Es ahí cuando interpretan el himno de Arequipa de modo inesperado y dejan una sensación de arraigamiento que los ha salvado.  En una entrevista para Libros a mí, dijiste que el que ama corrige y eso te lleva a poner las cosas de manera más crítica, por lo que no idealizas tus raíces, pero, ¿la identidad, el saber de dónde venimos, nos puede salvar a veces en la vida?

 

Existe un cuento de un escritor norteamericano, creo que es Twain, no estoy segura, que habla de dos jóvenes que viven en un pueblo pequeño y que se consideran enemigos a muerte. Para huir de las rivalidades, uno de ellos se va a la gran ciudad a cambiar de vida y el otro lo sigue para continuar la pelea, pero al segundo le pasan tantas cosas en la urbe, se desorienta tanto y se confunde tanto, que, cuando encuentra a su antiguo enemigo, lo saluda como a un hermano: lo único que conoce en ese infierno de gente y modernidad. Ese ejemplo ilustra bien cómo cambiamos nuestras afiliaciones y nuestro sentido de pertenencia según nuestras necesidades y las demandas del entorno. Es una estrategia de adaptación.

 

Sin identidad, uno no sobrevive.

 

Exactamente. La identidad te da un lugar en un grupo. Somos seres sociales. Necesitamos del grupo para poder sobrevivir.

 

Justo al final, hay un alegato de parte de uno de los pianos que se refiere a la música como una de las formas de conquistar lo inmaterial y alcanzar la inmortalidad por un breve instante. ¿Consideras que esto también es la literatura? ¿O la defines de forma diferente?

 

Pues no lo sé, no lo había pensado. Para mí, escribir o contar ––que a veces es casi lo mismo–– es una forma de sentir absoluta libertad y abstraerme del mundo real, de problemas reales o de procesarlos, de hacerlos solucionables. Independientemente de si guste o no lo que escriba, el sumergirme en mi propio universo, en mi propio tiempo, ya sea mientras escribo, o en la historia que he creado mientras releo y corrijo, es una de mis más grandes alegrías, aunque debo dosificarlas porque a veces el pozo se «seca» y me quedo sin gasolina.

Cuando toco, puedo perder la noción del tiempo porque debo tomar micro decisiones en cada segundo y eso vuelve la interpretación, si no interminable, por lo menos, intensa. Cuando digo que cada interpretación es «una Ilíada y una Odisea juntas», estoy reflejando mis propios sentimientos cuando ejecuto mi instrumento, aunque lo hago desde el violín y no desde el piano. Además, la música solo existe cuando suena, y para eso debes tocar y tocar y tocar. No es la misma interpretación repetida. Cada experiencia es única aún cuando construyas una versión propia.

 

¿Escribir es más que un pasatiempo? ¿No piensas mucho en el lector al hacerlo?

 

Nunca lo he visto como un pasatiempo. Es algo que necesito hacer, como respirar o comer. Siempre tengo que usar la palabra de alguna manera, o contar algo. Cuando enseño redacción a mis estudiantes y les digo «ponte en el lugar del lector cuando corrijas. Cerciórate de que él/ella entienda exactamente lo que quieres decir». Yo hago eso cuando corrijo. Al escribir solo es lo que yo digo, pero después, me pongo en el lugar del lector y busco causar determinada impresión. Si consigo el efecto deseado, entonces sé que voy por buen camino. Pero, por supuesto, es como jugar tenis de mesa conmigo misma.

 

Encuentro algo curioso en que representes la música con la narrativa. Usualmente, uno creería que la música se lleva mejor con la poesía, pues tienen una relación muy estrecha. Sin embargo, al ser tu primera novela sobre este tema, me parece que aprovechaste la naturaleza sonora de la música clásica y sinfónica, a la par que no te involucraste mucho con aspectos líricos de las composiciones. ¿Para una próxima novela tienes en mente integrar el lado más poético de la música? ¿Tal vez con intertextualidades que remitan a la letra de canciones o citas directas de ellas?

 

No lo sé. Yo soy muy aficionada a la música lírica, a la ópera y al teatro musical, así que para mí la música cantada tiene el doble valor de lo sonoro y de lo poético. El tiempo dirá. Nunca digas nunca. De niña, mi padre se sentaba conmigo a leer poemas y en mis trabajos musicológicos me ha tocado analizar los textos de cantatas, tonadillas y villancicos. Así que es muy posible.

 

¿Qué opinas de la literatura local? ¿Qué escritores de Arequipa, del hoy y del ayer, te parecen destacables?

 

Mariano Ambrosio Cateriano fue un fino escritor. María Nieves y Bustamante, no solo como novelista, sino como articulista, tuvo una prosa muy elegante. Melgar me gusta como poeta, especialmente en sus versos más sencillos, pero hay otros poetas como César Atahualpa Rodríguez, Guillermo Mercado o mi papá, Alberto Vega; y no porque sea mi papá, pero tiene una lírica muy sencilla, muy conmovedora lo siento, quizás sea porque lo he leído desde muy pequeña que me gusta tanto.

 

 

 

 

 

25 de noviembre del 2025











[1] Zoila Vega Salvatierra (Arequipa, 1973). Música y musicóloga de profesión, ha publicado varios libros y artículos sobre la música sur peruana de los siglos XVIII al XX, así como varias novelas entre las que se cuentan Cápac Cocha (2006), Acuarelas (2013), Las Saucedo (2015), El molle y el sauce (2017) y Cantan al Hablar (2025).   Actualmente es profesora de investigación musical de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa y docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú en niveles de pregrado y posgrado.


martes, 18 de noviembre de 2025

«Festival de la mora azul». Un cuento de Angélica Salazar Lazo

 

FESTIVAL DE LA MORA AZUL[1]

 


Angélica Salazar Lazo[2]







 

Iba con Irene manejando de noche, habíamos hecho un recorrido impulsivo más allá de las chacras, nos habíamos perdido en una carretera inacabable y ella empezaba a temblar. Yo la había obligado a tomar ese viaje y el tormento de que todo haya sido mi culpa me mortificaba un poco. Ella me dijo para llenar el tanque, para buscar un mapa, para esperar a que se hiciera de día. La única voz de la razón yacía a mi lado con el gesto contraído y los muslos inquietos. Yo por mi cuenta, quería ignorar que empezaba a sentir sueño, cuando un lejano ruido de música nos sacó de nuestro silencio de sepulcro.

—¿Será de una fiesta?

Nuestra situación era desesperada. Salí de la carretera y manejé sobre la trocha hasta ver un atisbo de luz.

—No tiene sentido —musitaba ella—, estamos en medio de la nada.

Lentamente se nos develó una carpa blanca e inmensa, estacionamos junto a algunos otros vehículos.

—¿Por qué? —preguntaba muy incómoda— ¿Qué hace una fiesta aquí?

—Deben ser unos gitanos.

—Pero mira, el piso está asfaltado...

Asomó a la entrada una pareja elegante. Ambos ataviados en prendas lujosas y apompadas. El vestido de ella era verde y muy brillante, esta mujer reparó en nosotros, sorprendida.

—Vaya, ¿son invitados?

—No, no. Perdonen la intrusión. Solo nos hemos perdido.

—Queríamos saber si saben de algún lugar donde podamos...

Una risa refinada emergió de la mujer que se tapaba el rostro con su guantecito.

—Entiendo, señores, su fiesta es por ahí.

Y apuntó detrás de la carpa. Su acompañante se quejó y ella lo tomó del brazo para alejarse, ambos se despidieron cordialmente. Caminamos rodeando la extensión de ese domo, la mano de Irene no paraba de sudar y yo intentaba calmarla diciéndole que la gente adinerada tiende a hacer las cosas más extrañas.

Al dar la vuelta encontramos una fiesta normal. Habían enredado un cordón de focos blancos entre los árboles y apilaban bidones de vino, la gente bailaba a ritmos de bajo y se embriagaba gustosa. Buscando con quién hablar, encontramos a un muchacho de mirada somnolienta.

—Disculpa ¿Sabes si hay un hotel por aquí cerca?

—¿De qué hablas? ¿Cómo va a haber uno?

—Si hay una fiesta, pensamos que quizá...

—¡Pasen la noche aquí! Siéntanse cómodos, el Festival es para todos.

—¿Festival?

—¡El Festival de la Mora Azul, desde luego! nos reunimos junto al acantilado a beber y bailar.

Mientras él seguía hablando, Irene me jaló del brazo para comprobar lo que decía. Ambos nos petrificamos al notar que estaban al lado, escandalosamente cerca, de un abismo negro y absoluto.

—¿Por qué? —repetía Irene, quien ya no disimulaba su pánico.

—¡Es gente rara y ya! Tú tranquila, has visto que podemos quedarnos. Mira, estaremos aquí un rato y luego volveremos a dormir al carro. Para mañana alguien nos indicará la ruta. Ya viste lo amables que son.

—No lo sé...

—Anda, ven. Mira, hay bocadillos.

Pasteles, gelatinas, cócteles, sánguches o incluso tazones llenos de moras, absolutamente todo era de moras. Tenían un sabor tan foráneo como delicioso.

—Es extraño —dijo ella con la boca llena, aún deleitada de su bocanada—. Las moras ni siquiera crecen en este país.

—Empiezo a pensar que hemos viajado a otra dimensión, ¿sabes? Como que podría aparecer un elefante de la nada y no me sorprendería.

Ambos miramos hacia la dirección a la que señalé aleatoriamente, el elefante no aparecía.

—Chicos, sería bueno que se presentaran con el coronel —el muchacho con el que habíamos hablado volvía a acercarse, canturreando.

—¿Cuál coronel?

—Coronel Sanders, es el creador de este evento. Sí, tiene un nombre repetido. Nada tiene de coronel, en realidad.

Se perdió entre la muchedumbre y decidimos seguirlo, íbamos empujando gente abstraída en su baile mientras contemplábamos las guirnaldas regadas por el suelo. Los bailarines excéntricos se regocijaban en el centro, los malhumorados se entretenían caminando en grupos. Pronto llegamos ante una silla, y en ella, el único hombre sentado de todo el lugar. Después de rodearlo, pues nos estaba dando la espalda, notamos que en realidad era un anciano de pantalones grises y chaleco de lana. Nos miró sonriente y se puso de pie.

—¿Cómo la están pasando?

—Muy bien —apresuró Irene, se notaba que algo en la actitud o el aspecto de ese anciano la había tranquilizado mucho—, este festival es hermoso.

—¡Oh, hermoso! —el señor soltó unas risotadas carismáticas— ¿Cómo se llaman?

—Isaac e Irene, señor.

—¡Un gusto! —y nos estrechó las manos— Siéntanse cómodos, pronto traerán muchos litros de nuestro exquisito té de moras.

—¡Genial! ¿Y por qué todo es de moras? —inquirió Irene.

Al coronel se le ensombreció el gesto por un instante casi imperceptible, Irene no lo notó pero a mí me provocó un espasmo de miedo. Al segundo espabiló y respondió sonriente.

—¿Yo qué sé? ¡Es lo que hay!

            —¿Y por qué…

—Soy un viejo egoísta, no ha habido una sola ocasión en que no hiciera el festival para mí mismo. Hace muchos años vine y encendí una radio a pilas. Cuando me di cuenta, la gente iba llegando porque escuchaba la música desde la carretera. Les gustó el lugar e incluso lo decoraron como lo ven ahora. ¿Increíble, no?

—¿Y nadie se ha caído del acantilado? —pregunté, aún cuando era claro que no quería saber eso.

—Oh, sí, a veces pasa. Mi esposa, por ejemplo —y miró hacia abajo— pero ella se cayó mucho antes y yo solo venía a recordarla. Todas estas canciones que aún suenan le gustaban mucho. A veces siento que bailo con ella, yo de este lado, ella allí abajo. ¡No se apiaden! —añadió al instante— Si vamos a hablar de sentir lástima por el otro, entonces todos deberíamos compadecernos de haber venido a parar aquí.

—¿Qué es de esa carpa de allá?

—¡Ah! —hizo un gesto de ahuyentar una mosca con el antebrazo— Los novicios. No les presten atención, son muy aburridos. También les atrajo la música, pero vinieron con maquinarias y orquestas para tener su propia versión del festival. Una que los tenga más tranquilos, imagino. ¡Oh, llegó el té!

Y el coronel los abandonó para recibir alegremente a otros ancianos. Desapareció detrás de una ronda de baile que se iba formando de a pocos, la gente se tomaba de las manos y giraba armando un gran círculo. Irene reía mientras corría a incorporarse, y de repente se me dificultó distinguir a mi propia novia en medio de esa enorme figura de elipse, demasiado infantil para ser mórbida. Mientras me sentía mareado solo de verlos, tuve que reconocer que todo eso no era más que la celebración de muchas personas tranquilas y felices.

—¿Por qué no te uniste? —dijo después jadeando, ventilándose con la mano.

—No se me había ocurrido, debe ser por el sueño. Descuida, me gustó verte.

—¿Quieres que vayamos a dormir?

Se sujetó de mí mientras retornábamos al carro. Luego nos acostamos ahí, acurrucados, bastante contentos.

—Perdona, —le dije— no sé a dónde te he traído.

—Y está bien —me respondió con dulzura—. Me gusta mucho este lugar. El coronel me recuerda a mi abuelo. Y a pesar de todo el jolgorio, veo tanta paz... ¿No sientes como si el abismo se estuviera tragando todo lo malvado y nos dejara solos, expuestos, reales?

—Es una interpretación muy optimista —objeté, negando que yo también lo reconocía—. pero si así lo sientes, entonces está bien.

—Si yo me muriera, ¿vendrías a relegar al coronel?

Me quedé helado.

—¿Cómo puedes pensar en eso?

—Es solo curiosidad. Si por alguna razón me lanzara al abismo, ¿vendrías a poner mis canciones favoritas y a acompañarme?

—¡Sí, claro que lo haría!

Y bruscamente cerré los ojos. Algo en ella había cambiado en esta fiesta. Solo en ese momento entendí que teníamos que salir de ahí cuanto antes.

Tras la ventana caminó el elefante, pisoteando las moras en estallidos viscerales. No había forma de que yo me pudiera quedar dormido.









[1] Publicado por primera vez en Onírico Naranja (2024). Arequipa: Parque Vacío Ediciones, pp. 55-61.

[2] Angélica Salazar Lazo nació el 15 de agosto del 2001 en una casita de puerto, semanas después empezó a radicar en Arequipa, se embadurnó en la tradición chacarera y se acogió al seno de la cultura andina de los suburbios. Debido a enfermedades diversas y desde muy niña, vivió tres operaciones quirúrgicas que la acercaron a la experiencia del delirio y del dolor, las cuales haría patentes en su primer libro Onírico Naranja, publicado el 2024. Actualmente estudia Literatura en la Universidad Nacional de San Agustín, dirigió dos negocios de importación y venta de papelería y es partícipe de varios proyectos de protección, difusión e interpretación de la cultura, siendo uno de ellos el club de lectura y podcast Arrebol. También es parte de la editorial El Pasto Verde Records. Su afinidad al feminismo surgió de un preocupante desprecio a la suerte de su género y una frustración constante que, en dado momento, afloró como la crítica acérrima, ambigua y desdichada que desprende su más reciente obra.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Orlando Mazeyra. Historias de una biografía ficticia


HISTORIAS DE UNA BIOGRAFÍA FICTICIA

 


[Entrevista a Orlando Mazeyra[1]
sobre su libro El mar que nos espera]




Por Edward Álvarez Yucra

 





 

En una entrevista que te hizo Jorge Malpartida Tabuchi el año anterior, mencionaste que, de entrar al mundo de la novela, te gustaría hacerlo como Edgardo Rivera Martínez y su famosa novela País de Jauja (1993); con esa sencillez, claridad y belleza que admiras de aquella obra. ¿Dirías que lo has logrado con El mar que nos espera?

 

País de Jauja de Rivera Martínez me parece una novela total. Creo que estoy todavía muy lejos de conseguir algo de semejante envergadura. Sin embargo, he intentado con sencillez, claridad y ojalá― con belleza, contar una historia que tiene muchas historias. Quiero agregar que, al momento de escribir El mar que nos espera, no me he comparado ni he tomado como modelo a algún autor o autora, sino que he rendido un homenaje corrijo, varios homenajes a todos los que, de alguna u otra manera, me han enseñado a narrar. Por ejemplo: Leonardo Padura, Michael Cunningham, Lucia Berlin, Clarice Lispector, Javier Cercas, Edmundo de los Ríos y, obviamente, Oswaldo Reynoso y Mario Vargas Llosa.

 

¿Por qué prefieres esa expresión diáfana, esa belleza más comprensible y no una de lenguaje barroco o una al estilo novelístico de James Joyce?

 

Porque me seduce me sigue seduciendo el estilo seco y directo, es decir, minimalista, que he aprendido de autores como Raymond Carver, Ernest Hemingway, Charles Bukowski, Richard Ford, entre otros.

 

También has mencionado en una entrevista para Lima gris que tu novela es, en realidad, una antinovela.  Entiendo que esto responde a la estructura tan fragmentada y al orden de las historias como si fueran cajas chinas. Por un momento estamos en un relato con tintes de suspenso policial y sobrenatural, pero luego ingresamos a lo que podría ser una suerte de mundo real, donde el personaje central es el escritor, quien conecta todas las historias habiéndolas creado o habiéndolas vivido.  ¿Te sientes muy cómodo en este estilo narrativo? ¿Piensas, en algún momento, escribir una novela con una estructura más clásica o convencional?

 

Creo, como Javier Cercas, que la novela es un género degenerado y que la única regla para escribir una es que no hay reglas. Es decir, cada uno establece sus propias reglas. Oswaldo Reynoso me hablaba de una pulsión interior y agregaba que la creación es una especie de goce fáustico personalísimo. A la hora de escribir no suelo guiarme por las convenciones, pues huyo de ellas como de la peste. Creo que no escribo cuentos a secas, sino «articuentos», como Juan José Millás, a quien también admiro desde hace varios años. Lo mismo aplica para mi novela El mar que nos espera y, seguramente, para las próximas que escriba. Aunque, la ficción es como la vida, es decir, uno nunca sabe.

 

¿Te parece que no has podido distanciarte de tu faceta de cuentista al hacer esta novela? ¿Te consideras más cuentista que novelista?

 

Me parece que la novela que he escrito es como una muñeca rusa o un cajón de sastre: hay una nouvelle, hay cartas, correos electrónicos, leyendas urbanas, reseñas literarias, entrevistas y, además, otro libro que trae relatos. Sería más preciso decir que en mi novela hay espacio para mis relatos autobiográficos. He publicado más libros de relatos breves, algunos de ellos se podrían leer como novelas episódicas… eso ya depende de cada lector. Si alguien me dice que no es mi primera novela, quizá tenga razón.

 

Creo que eres un cuentista disfrazado de cronista.

 

Yo soy un contador de historias a secas. No me interesa ser cuentista, cronista o novelista, sino simplemente contar historias.

 

 

 

Orlando Mazeyra con Alberto Fuget

 

 

 

Lo primero que me viene a la mente con el símbolo del mar es la vida y uno de los capítulos que engloba la novela titula «Aprender a nadar, aprender a sanar». Y, además, recuerdo el epígrafe de Bruce D. Perry que colocaste al principio del libro y la explicación que le diste a Tabuchi este año sobre la necesidad de revisitar las ruinas de la infancia o el pasado personal para alcanzar esa sanación. ¿Piensas que sanar es un proceso abierto y constante? ¿Uno nunca termina de sanar? ¿Es por eso que el mar nos espera y nos seguirá esperando siempre?

 

Yo, desde hace un buen tiempo, hago terapia de grupo y estoy convencido de que uno nunca termina de sanar: pienso, como bien señalas, que se trata de un proceso abierto y constante. Y estoy hablando de las heridas interiores o las heridas del alma que uno tiene que reconocer y explorar a la hora de escribir, como recomienda el escritor turco Orhan Pamuk. El mar puede ser un infierno o un paraíso, un punto de llegada o de partida. Revisito el mar de Mollendo, donde Reynoso se reconoció como un ateo sexual y también el mar de Camaná, donde el niño Marito fue picado por un cangrejo. Mollendo y Camaná, por distintas razones, son fundamentales en mi formación sentimental.

Además, en la novela se habla mucho de la ficción narrativa y de la ficción audiovisual. Te pongo un ejemplo: no soy un gran lector de Stephen King. He leído Mientras escribo (2000) para tomar nota de sus consejos literarios y ojear algunas de sus novelas. Sin embargo, no me pierdo las adaptaciones cinematográficas sobre su obra: Cementerio de mascotas (1989), El resplandor (1980), It (1990), La niebla (2007), Cuenta conmigo (1986) y, sobre todo, Sueños de fuga (1994); The Shawshank Redemption en inglés: muchas escenas de esa película se han impregnado en mi memoria y me han ayudado a escribir libros tan distintos como La prosperidad reclusa (2009), Mi familia y otras miserias (2013) donde aparece el germen de mi último libro, una historia brevísima titulada «Elvis y el mar», esto lo notó el agudo lector y excelente escritor Álex Rivera de los Ríos― El mar que nos espera.

 

Imagino que sí, después de todo, la narrativa es tan afín a la cinematografía como la poesía lo es a la música. Y me sorprende que hables de los filmes que han adaptado de King, ya que has mencionado en otras ocasiones que te fascinaron películas como El padrino (1972) de Coppola y Todo sobre mi madre (1999) de Almodóvar. A tu modo de ver, ¿qué le aporta el cine a un narrador? ¿Cómo encuentras esos puntos análogos entre la palabra y la imagen audiovisual cuando recibes esa influencia de un arte externo a la escritura?

 

Mira, El padrino para mí es como la Biblia (1455): encuentras todo y para todos. Es la mejor película de todos los tiempos y punto. En lo que se refiere a series me quedo con Breaking Bad (2008) y Los Soprano (1999), entendiendo que la primera es una hija de la segunda. Almodóvar es otro artista que me ha cambiado la vida y me ha influenciado en mi visión melodramática de la existencia. Carlos Caballero ha dicho que escribí El mar que nos espera de una forma que sería muy fácil llevarla al cine. Algo de eso he intentado: es mi primera novela, pero también mi primera «película». La he rodado en mi mente, por supuesto. La experiencia es intransferible. Única como las películas de Bergman.

 

Retomando un poco la idea de la sanación. No dejo de notar que suena a escritura terapéutica, pero no me sorprendería, en el fondo, que se plantee así. Juan Manuel Robles dijo en la presentación de El niño de la arboleda (2021) que dosificas lo patético y lo tierno, y que produces un encanto que evita lindar con la lástima.  Eso me hace pensar que hay respiros de esperanza, un lado enternecedor que conviene con esta terapia escritural. Y, en vista de que, para ti, la literatura es un modo de vengarte de la realidad, de transformarla; ¿crees que la terapia es parte de la venganza? ¿La sanación coincide con esta transformación de la realidad?

 

La sanación cabal siempre es esquiva. La ficción, en mi caso, suplanta a la biografía, se apodera de ella.

 

Entre los personajes, vuelve a figurar el nombre de Micaela, aquella musa tan evocada en varios de tus relatos; pero esta vez es una disrupción entre el protagonista y su pareja. ¿Te parece que esta musa ya llegó a su límite? ¿La volveremos a ver nuevamente? ¿O acaso ya ha cumplido con su deber?

 

Ese personaje aparece en el anexo titulado «Dos años en medio del infinito», que evoca los años de la pandemia del covid-19 y parece ser un encargo del personaje Orlando Mazeyra Guillén para Octavio Mayorga Gutiérrez; quien lea la novela, me entenderá, porque me refiero a un juego de espejos. Micaela es una creatura muy recurrente en mis libros y no tiene un correlato con la realidad real. Hace mucho cumplió con su deber.

 

¿Qué otras musas prevalecen o llegarán posteriormente?

 

Las únicas mujeres que prevalecen son mi hija, su madre, mi madre y mis hermanas. Hay un personaje muy llamativo que ha asomado desde el fin de la pandemia: se llama Nancy y aparecerá seguramente en mi próximo libro.

 

Otra vez aparece el tema de la familia, tan trascendental en tus libros, pero me llama la atención el capítulo que lleva por título «El secreto de un ancestro». Ahí es cuando citas a Hemingway, quién afirma que un libro terminado es como un león muerto. A mi modo de ver, perfilas un punto crucial de tu escritura porque también sucede que la voz de un antepasado, en ese mismo capítulo, confiesa que es como un león muerto. Sin embargo, tú corregiste a Hemingway en la entrevista de este año que tuviste con Tabuchi y dijiste que un libro terminado es como un león dormido; por lo que entiendo que la memoria no se detiene, el pasado personal exige revisitarse y esa es la pulsión de la escritura íntima; es la que despierta al león para ahondar en las riquezas y las miserias que familiarizan a uno mismo.

 

Quisiera citar a Martin Scorsese citando a William Faulkner: «El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado». Y citar también al narrador de la novela Historia de Mayta (1984), que es otro manual para escribir ficciones: «Lo que no queda en la memoria no sirve para la ficción». El pasado es un cantera formidable con sus atrocidades y bellezas, con sus días chatos y con sus jornadas inolvidables. Yo soy el resultado de aciertos y errores de muchas generaciones. No me cabe la menor duda: cuando veo a mi hija, veo también a mi abuelo César Augusto Mazeyra, veo a mis padres y también a mis hermanos. Creo que también escribo para sanar a mi niño interior Rilke dijo que la verdadera patria del hombre es la infancia, para hacer las paces con mis demonios o fantasmas, para poder amar a mi hija. No para darle lo que yo no tuve, sino para darme por entero como lo hago cuando escribo. Y cuando escribo abro puertas, vuelvo a lugares, momentos, presencias. Lo explica mejor Fito Páez en «Brillante sobre el mic» (1992).

 

Sí, es una canción muy bella que recuerdo con nostalgia. Me haces pensar en otro tema de Páez: «El amor después del amor» (1992), y lo recuerdo por lo que has dicho sobre tu hija. ¿Cómo concibes el amor en tu narrativa? En una entrevista para El Búho, afirmaste que el amor en exceso puede hacer daño.

 

El amor es el punto de partida para todo: el amor a la vida, el amor a mi equipo de fútbol, el amor a mi hija, a mi novia, a las historias… «El amor después del amor» es una melodía que me remite a mi hija y a su madre… y el exceso de amor me remite a mi mamá. El amor también invita a la gratitud: sin mi padre no sería hincha del Melgar, sin mi hermana nunca hubiera leído a Benedetti, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Reynoso, Reinaldo Arenas y… ¡hasta Paulo Coelho!

 

«Apéndice I: Recepción de la crítica y la prensa» sirve como nexo entre las historias y comprende dos reseñas y una entrevista que parecieran ir más allá de la ficción. ¿Por qué te animaste a usar estos elementos periodísticos? ¿Simplemente deseabas crear ilusiones de realidad? ¿O era una forma de sorprender al lector?

 

La crítica literaria arequipeña es un páramo y, como mi novela es arequipeña en el mejor y quizá también en el peor de los sentidos, tenía que reflejar algo de eso:  los lugares comunes, los elogios típicos y a veces programados y las lecturas que nada tienen que ver con lo que el autor pudo imaginar. También es un homenaje a aquellos autores que escriben, publican y no reciben ni una sola reseña, ni un comentario positivo en alguna red social o gacetilla literaria. Sabemos quiénes acaparan la crítica libresca de los grandes medios y también de qué editoriales estamos hablando. Mi novela tiene, en su interior, una novela titulada «Pacto con el diablo» de Tadeo Urioste Goyeneche, una película llamada «La verdadera historia del Degolladito de Las Cuevas» de Ulises Peña Bastidas, otra novela homónima, es decir, «El mar que nos espera» de Octavio Mayorga Gutiérrez y, un bonus track, el siguiente libro del autor: «Dos años en medio del infinito». En ese aspecto, si me lo permites, sí podría decir que la intención era totalizante: abarcar la realidad real, intentar apresarla: el germen de un libro, su escritura, su publicación, su versión cinematográfica, la repercusión tanto del libro como de la película y la aparición de la siguiente obra literaria.

 

Esa ambición tuya de salir al mundo real ha caracterizado varios de tus relatos. El primer libro apareció con tu número telefónico en la portada y la forma en la que escribes tiene un aura de no-ficción.

 

Vuelvo otra vez a Javier Cercas: la mejor literatura no es la que suena a literatura, sino a verdad. Tengo un aura de no-ficción porque busco que mis historias suenen a verdad ante todo. La anécdota del número telefónico de la casa de mis padres en la portada de mi primer libro tiene varias otras anécdotas, pues algunos lectores se animaron a llamar para solicitar un retazo de felicidad. Otra prueba más de que la realidad supera a la ficción.

 

En la última sección de la novela, usas un narrador en segunda persona, ¿qué encontraste atractivo en esta forma de dirigirte a los hechos? Usualmente, el «tú» podría remitirnos a un «yo» que puede estar monologando o haciendo memoria de sus vivencias particulares.

 

Me familiaricé con el narrador en segunda persona con una bella y brevísima novela de Carlos Fuentes llamada Aura (1962). No obstante, leyendo a un genio como J. M. Coetzee me terminé de enamorar del narrador en segunda persona. Por eso recomiendo siempre sus Escenas de una vida de provincias (2006) que tiene tres libros dentro de uno solo: «Infancia»«Juventud» «Verano». El «» tan recurrente en mis relatos hace referencia a ese Pepe Grillo interior al que no le puedes mentir ni sorprender, al juez inexpugnable. Esto me hace traer a la memoria a don Pedro Mansilla, mi temido profesor de matemática en La Salle. Él, antes de entregarnos los exámenes, nos decía: «Que su juez sea su propia conciencia». Diego Correa, un joven cineasta que a pesar de nacer en el Callao se siente profundamente provinciano, me dijo que mi novela es sobre la conciencia del dolor y la maldad, y estoy de acuerdo con él.

 

Y todo escritor es consciente y responsable de lo que escribe, ¿no?

 

Yo soy, muchas veces, inconsciente e irresponsable. Si no lo fuera, no escribiría ficciones. Pero siempre me he hecho cargo de todo lo que he escrito y nunca me he arrepentido de ninguna de mis historias.

 

En la entrevista para Lima gris dijiste que Arequipa es tu patria chica, ¿Cuáles son esas cosas que te arraigan a este lugar? ¿Qué te mueve a permanecer en la periferia?

 

Ser arequipeño no es algo sencillo. Supongo que lo mismo podría decir un tacneño de sí mismo o un piurano. No lo sé. Siempre me ha parecido un privilegio nacer acá, a pesar de todo lo que nos falta y de nuestra montaña de defectos y contradicciones. Mi equipo de futbol lleva el nombre de un poeta enamorado e independentista: Melgar. El mejor contador de historias del Perú es arequipeño. Tenemos un himno hermoso, una forma de hablar única y una comida incomparable. Yo no le llamo «Tierra santa», como lo hacen mis amigos, porque me muevo entre la fe y el agnosticismo. Sin embargo, Arequipa me parece incomparable. Y cuando el Misti se vuelve a ornar con nieve, siento un privilegio, insisto, que no se puede explicar. Además, he vivido en Lima y la detesto, eso se nota en algún relato de «Dos años en medio del infinito», cuando recuerdo al Arguedas de El sexto (1961): «Es mejor no probar Lima; si se prueba una vez ya tienes el veneno».


En el relato más largo de tu primer libro, me refiero a «Todo comenzó en la universidad» (2007), hay una parte en la que aludes a Arequipa como «La ciudad de los extremos». ¿Sigues viéndola así?

 

Sí, como te decía: es una ciudad contradictoria. Una ciudad que ha gestado lo mejor y también lo peor.

 

¿Qué tan ejemplares deberían ser Mario Vargas Llosa y Oswaldo Reynoso para los narradores de Arequipa?

 

Me parece que uno no puede ser narrador en el Perú sin pasar por Mario Vargas Llosa. Su obra y su legado son inconmensurables… a tal punto que aparece como personaje en mi libro. Reynoso, por su parte, fue mi amigo y mi mentor, mi cómplice en muchos sentidos. Me daba lecciones de vida que yo tardé en entender: él nunca se traicionó como sí lo hizo Vargas Llosa cuando apoyó a la hija del asesino y ladrón: «deseo ardientemente que Keiko Fujimori gane la elección», llegó a decir, ¡putamadre! ¿Eso mancilla sus grandes novelas? De ninguna manera. Yo creo que cualquier narrador arequipeño o peruano tiene que conocer a Reynoso y Vargas Llosa, es lo justo y necesario.

 

¿Cómo ves la obra de narradores contemporáneos de Arequipa? Hablo de Teresa Ruiz Rosas, Yuri Vásquez, Dennis Arias, Jorge Monteza, Alex Rivera de los Ríos y otros en los que puedas pensar ahora.

 

Teresa Ruiz Rosas es una novelista consolidada y ha ganado merecidamente el Premio Nacional de Literatura. Yuri Vásquez es uno de nuestros novelistas más prolíficos y comprometidos con su trabajo. Me gustó mucho el primer libro de relatos de Dennis Arias, Ciudad lineal (2013), sobre todo el cuento «Reunión familiar» que suelo utilizar en talleres. Lo mismo ocurre con algunos cuentos de Jorge Monteza y Álex Rivera de los Ríos. No me cabe la menor duda de que todos ellos seguirán dando mucho de qué hablar.

 

¿Cuándo nos obsequiarás una recopilación de todos tus relatos breves? Estoy seguro de que no soy el único que ansía ver un volumen así.

 

Verás, son muchísimos relatos cortos. Tantos que, la verdad, algunos ya ni los recuerdo. Me entusiasma la idea de recopilarlos. El libro sería inmenso, ojalá alguien se anime.

 

 

 

 

 

11 de noviembre del 2025









[1] Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980). Enseña Literatura Peruana y dicta talleres de Escritura Creativa en la Universidad La Salle de Arequipa. Desde el año 2012 escribe historias en la prestigiosa revista peruana Hildebrandt en sus trece. Ha publicado ocho libros de narrativa breve, entre los más importantes: Mi familia y otras miserias (Tribal, 2013), Inmunidad de rebaño (Aletheya, 2021) y El niño de La Arboleda (Pesopluma, 2021). Representó a Arequipa en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del año 2021, donde Perú fue invitado de honor. Oswaldo Reynoso, uno de los más importantes escritores peruanos, lo consideró un «alucinado y auténtico cuentista». Con su primera novela, El mar que nos espera, ganó el Premio Internacional de Novela de la FILAY 2025.

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